El Comercio De La República - La Alemania de Alice Weidel

Lima -

La Alemania de Alice Weidel




El avance de la AfD acerca a Alemania a un escenario que ya no puede despacharse como una hipótesis marginal. Su proyecto combina una política migratoria mucho más restrictiva, rebajas fiscales, una ruptura con la estrategia climática y una revisión profunda del vínculo con Europa. Pero entre ese programa y su aplicación existen límites políticos, económicos y constitucionales.

La pregunta sobre cómo sería Alemania bajo un Gobierno de Alice Weidel ha adquirido una urgencia distinta después de las elecciones de Sajonia-Anhalt del 6 de septiembre. Alternativa para Alemania obtuvo el 43,8 % de los votos, según el resultado provisional, y dejó a la CDU en el 17,2 %. Sin embargo, sus 39 escaños en una cámara de 83 no le proporcionaron la mayoría absoluta. El salto electoral es indiscutible; la capacidad para gobernar, una cuestión diferente.

La distinción importa también en Berlín. Friedrich Merz continúa al frente del Gobierno federal y una elección regional no modifica por sí misma la composición del Bundestag. En las elecciones federales de febrero de 2025, la AfD consiguió el 20,8 % de los votos y 152 escaños. Es una fuerza parlamentaria de primer orden, pero no dispone de una mayoría nacional para ejecutar su programa.

Por eso, describir una Alemania dirigida por Weidel exige separar tres planos: las medidas que su partido defiende, las consecuencias que razonablemente podrían derivarse de ellas y los obstáculos que encontraría para llevarlas a la práctica. Confundirlos convertiría el análisis en propaganda, tanto a favor como en contra.

Ganar elecciones no equivale a controlar el Estado
La principal barrera de la AfD sigue siendo convertir sus votos en apoyos suficientes para gobernar. Tras el resultado de Sajonia-Anhalt, Merz reiteró su rechazo a colaborar con el partido. La AfD, por su parte, ha buscado apoyos entre diputados conservadores. Esa disputa muestra que el llamado cordón sanitario depende de decisiones políticas concretas y no de un mecanismo que impida automáticamente a una formación acceder al poder.

Incluso una llegada de Weidel a la Cancillería no colocaría todas las instituciones bajo su autoridad. Alemania es una federación: el Gobierno central no dirige cada escuela, cada cuerpo policial ni cada administración regional. Los estados federados intervienen además en la legislación federal a través del Bundesrat.

Un Ejecutivo de la AfD podría cambiar prioridades presupuestarias, impulsar leyes y orientar la actuación de sus ministerios. No podría convertir unilateralmente todas sus promesas en normas. La diferencia entre dirigir un Gobierno y disponer de poder ilimitado sería decisiva para entender sus primeros pasos.

La inmigración sería el primer frente
El giro más visible estaría en la política migratoria. El programa federal de la AfD propone intensificar las expulsiones de personas obligadas a abandonar el país, ampliar los incentivos al retorno voluntario y revisar la protección cuando considere desaparecidas las circunstancias que la justificaron. El partido agrupa estas medidas bajo el término «remigración» y sostiene que pueden ejecutarse dentro del orden constitucional.

La controversia no se limita a cuántas expulsiones se realizarían. Afecta a quién quedaría incluido, qué garantías conservaría y cómo se distinguiría entre residencia irregular, protección internacional e inmigración laboral. Son situaciones jurídicas diferentes, aunque a menudo se mezclen en el debate político.

El enfrentamiento quedó expuesto el 9 de septiembre: Merz equiparó la remigración que atribuye a la AfD con una limpieza étnica; el partido rechazó esa acusación y defendió la legalidad de sus propuestas. Weidel había asegurado que las personas de origen migrante que trabajan, contribuyen y respetan la ley no debían temer a un Gobierno suyo. La prueba estaría en las decisiones administrativas y legislativas, no en las declaraciones tranquilizadoras ni en las acusaciones de sus adversarios. Acelerar una expulsión legal y retirar garantías de forma indiscriminada no son políticas equivalentes. Tampoco lo son endurecer los requisitos de entrada y tratar el origen familiar como criterio de pertenencia nacional.

La promesa de control y el problema del empleo
Un Gobierno que quisiera reducir la inmigración tendría que responder también a una cuestión práctica: cómo cubriría las necesidades de personal de empresas y servicios. No basta con anunciar menos entradas; es necesario distinguir entre personas sin autorización de residencia, trabajadores establecidos y profesionales que estudian dónde desarrollar su carrera.
En Sajonia-Anhalt, la AfD ha planteado fomentar la digitalización y la inteligencia artificial en las pequeñas y medianas empresas como alternativa a recurrir a determinados trabajadores extranjeros. La automatización puede reducir algunas necesidades laborales, pero no demuestra por sí sola que todas las tareas puedan sustituirse, ni que esa sustitución vaya a producirse con la rapidez necesaria.

El posible coste económico de una política migratoria no dependería exclusivamente de las expulsiones efectivamente ejecutadas. También podría manifestarse si trabajadores cualificados descartaran Alemania por incertidumbre sobre su futuro o el de sus familias. Ese es un riesgo que debe evaluarse, no un resultado que pueda darse por inevitable.

Menos impuestos, pero con una factura pendiente
La oferta económica de la AfD combina desregulación, alivio fiscal y recortes de gasto. Su programa de 2025 propone elevar a 15.000 euros el mínimo exento del impuesto sobre la renta, eliminar el impuesto sobre sucesiones y suprimir los gravámenes sobre el CO₂. También defiende reducir determinadas aportaciones y subvenciones, especialmente las vinculadas al clima, a organizaciones no gubernamentales y a la Unión Europea.

Para un contribuyente que soporta una carga elevada, la promesa resulta comprensible: conservar una mayor parte de sus ingresos. Para una empresa, una reducción de costes y trámites podría liberar recursos. Pero una rebaja fiscal no se financia por el mero hecho de anunciarla. Su alcance depende de qué ingresos se pierden, qué gastos se eliminan y qué efectos tiene el conjunto sobre la actividad.

La distribución de los beneficios tampoco sería uniforme. Suprimir un impuesto sobre las herencias favorece directamente a quienes recibirían transmisiones gravadas; elevar un mínimo exento actúa sobre otro grupo de contribuyentes. Una familia apenas sujeta al impuesto sobre la renta no obtiene necesariamente el mismo alivio que otra con ingresos superiores. El balance exigiría sumar ambas caras: lo que se ahorra en impuestos y lo que podría cambiar en prestaciones, infraestructuras o servicios. Prometer simultáneamente menos recaudación, más capacidad estatal en áreas prioritarias y disciplina presupuestaria obliga a presentar cuentas compatibles entre sí.

El euro, la apuesta de mayor alcance
La transformación más profunda no se produciría necesariamente en una frontera, sino en la relación con Europa. La AfD propone abandonar el sistema del euro y recuperar una moneda nacional. También plantea sustituir la actual Unión Europea por una asociación de naciones soberanas que conserve ámbitos de cooperación, entre ellos un mercado común. Ese proyecto va mucho más allá de discutir una directiva o negociar una contribución presupuestaria. Su aplicación obligaría a resolver cuestiones sobre contratos, depósitos, deudas, pagos y relaciones comerciales. Que una nueva arquitectura mantuviera todas las ventajas actuales no dependería exclusivamente de la voluntad del Gobierno alemán: requeriría acuerdos con los demás países.

El problema para una empresa no sería únicamente qué moneda aparece en su factura. Tendría que saber en qué divisa paga a sus proveedores, cómo se liquidan sus préstamos y qué riesgo de cambio asume. Para un ahorrador, importaría conocer el tratamiento de sus depósitos y el poder adquisitivo de la moneda resultante.
No existe fundamento para presentar de antemano una cifra exacta de pérdida o ganancia sin definir ese proceso. Sí existe una diferencia esencial entre reclamar mayor autonomía monetaria y demostrar que la transición sería estable. El mayor riesgo del proyecto europeo de la AfD reside en prometer continuidad económica mientras plantea alterar parte de las reglas que la sostienen.

Energía más barata no significa energía inmediata
En energía, la AfD defiende volver a la nuclear, mantener un papel relevante para el carbón y el gas, recuperar las conexiones de Nord Stream y abandonar el Acuerdo de París. Su argumento político es que la estrategia climática encarece la producción y perjudica la competitividad.
El atractivo de una factura menor no elimina las dificultades de ejecución. Reanudar la producción de una central requeriría verificar su estado, obtener autorizaciones y asegurar recursos técnicos y financieros. Una decisión gubernamental puede modificar el marco jurídico, pero no sustituye una instalación, un contrato o una evaluación de seguridad.

La misma cautela debe aplicarse a la promesa de recuperar suministros rusos baratos. El precio dependería de las condiciones comerciales y del contexto político, no únicamente de la preferencia del comprador. Una dependencia renovada tendría que valorarse junto con el eventual ahorro.

Además, cambiar las reglas afecta tanto a quienes consideran excesivo el coste de la transición como a quienes ya han invertido siguiendo esas reglas. La cuestión económica no es solo cuánto cuesta una tecnología, sino cuánto cuesta también interrumpir inversiones, redefinir incentivos y volver a modificar las expectativas de hogares y empresas.

Una relación distinta con Rusia y Ucrania
La política exterior experimentaría otro giro importante. La AfD reclama levantar las sanciones económicas contra Rusia, restablecer las relaciones comerciales y orientar a Ucrania hacia una posición neutral, fuera de la OTAN y de la Unión Europea. También se opone a mantener el apoyo militar a Kiev. Sus defensores presentan ese enfoque como una vía para reducir tensiones y recuperar margen económico. La objeción central es que reducir la presión sobre Moscú no demuestra, por sí mismo, que vaya a obtenerse una paz duradera o una mayor seguridad para los países europeos.

Un Gobierno alemán que modificara sustancialmente su posición alteraría las negociaciones entre aliados. Podría dificultar acuerdos comunes y obligar a otros socios a revisar sus compromisos. La magnitud de ese efecto dependería de las decisiones concretas, de la evolución de la guerra y de las respuestas del resto de Europa.

Buscar una negociación es un instrumento diplomático; dar por garantizado su éxito es otra cosa. La evaluación de la propuesta de la AfD tendría que centrarse en las condiciones exigidas, las garantías ofrecidas a Ucrania y los mecanismos previstos para hacerlas cumplir.

El cambio también llegaría a las aulas
La agenda de la AfD no se reduce a impuestos, fronteras y energía. Su programa regional en Sajonia-Anhalt propone clases separadas para los hijos de refugiados, una presencia reforzada de los símbolos nacionales en las escuelas y cambios profundos en la radiotelevisión pública. Es un ejemplo concreto de la transformación cultural que pretende impulsar desde las instituciones.

No todas esas decisiones corresponden al Gobierno federal. Precisamente por eso, una participación regional podría ofrecer al partido un espacio de actuación antes de alcanzar la Cancillería. La educación, la cultura y la financiación de determinadas entidades son ámbitos donde las prioridades políticas pueden adquirir una expresión cotidiana.

La cuestión de fondo sería cómo compatibilizar una identidad nacional promovida por el poder público con el pluralismo de la sociedad. Un currículo escolar, una ayuda cultural o una decisión sobre integración no son simples símbolos: influyen en las oportunidades de las personas y en la manera en que se relacionan con las instituciones. El análisis debe distinguir entre las propuestas efectivamente publicadas y cualquier medida adicional que todavía no exista. Tampoco cabe convertir automáticamente un programa regional en una decisión ya adoptada para toda Alemania.

Los límites constitucionales seguirían existiendo
Una mayoría parlamentaria no permite cualquier reforma. Cambiar la Ley Fundamental exige mayorías de dos tercios en el Bundestag y el Bundesrat. Además, su cláusula de intangibilidad protege principios esenciales, entre ellos la dignidad humana y las bases del orden democrático y federal. La situación judicial de la AfD requiere la misma precisión. El Tribunal Administrativo de Colonia dictó el 26 de febrero de 2026 una resolución cautelar que impide provisionalmente al servicio federal de inteligencia interior clasificar al partido como una organización de extremismo acreditado. No fue una sentencia definitiva sobre el fondo ni una anulación general de las evaluaciones relativas a sus organizaciones regionales. La rama de Sajonia-Anhalt está clasificada como extremista de derechas por la autoridad competente del estado.

Por tanto, ni una caracterización política sustituye una resolución judicial ni una medida cautelar equivale a una absolución global. También sería incorrecto confundir vigilancia de inteligencia, clasificación administrativa y prohibición de un partido: son actuaciones diferentes.

Los contrapesos limitarían las decisiones de cualquier Gobierno de Weidel, pero no harían irrelevante su llegada al poder. Dentro del marco vigente existe un margen considerable para cambiar prioridades, asignar recursos y orientar la administración. Ahí se mediría buena parte de su capacidad real de transformación.

Una ruptura posible, no un futuro escrito
La Alemania que propone la AfD sería más restrictiva en inmigración, menos comprometida con la política climática actual, favorable a rebajas fiscales y partidaria de revisar profundamente sus relaciones con la Unión Europea y Rusia. La dirección general está expresada en sus programas; sus resultados no están demostrados. El desenlace dependería de las mayorías que consiguiera, de las concesiones que tuviera que aceptar, de las resoluciones judiciales y de la respuesta de empresas, trabajadores y socios internacionales. Una victoria regional no permite anticipar todo ese recorrido.

La pregunta decisiva ya no es únicamente cuánto puede crecer Alice Weidel en las urnas. Es qué partes de su proyecto podrían convertirse en políticas sostenibles, quién asumiría sus costes y qué quedaría de sus promesas al confrontarlas con la responsabilidad de gobernar. Ese examen exige algo más que entusiasmo o alarma: exige distinguir el cambio anunciado del cambio que realmente sería posible.



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.