El Comercio De La República - Canadá desafía a Trump

Lima -

Canadá desafía a Trump




Ottawa responde a la presión comercial de Washington con aranceles, apoyo a sus empresas y una apuesta por Europa. El objetivo no es cerrar la frontera, sino demostrar que castigar a Canadá también tiene consecuencias dentro de Estados Unidos.

Canadá ha dejado de tratar las amenazas comerciales de Donald Trump como un episodio que pueda resolverse únicamente con paciencia diplomática. La respuesta del Gobierno de Mark Carney combina represalias sobre productos estadounidenses, protección de sectores nacionales y búsqueda de socios alternativos. La disputa ya no gira solo en torno a cuánto cuesta atravesar una aduana: también se juega la capacidad de Ottawa para decidir con quién comercia y bajo qué condiciones.

Hablar de una ruptura completa con Estados Unidos, sin embargo, sería exagerado. No se han cortado las relaciones diplomáticas ni se ha clausurado el intercambio entre ambos países. Lo que se está quebrando es una expectativa que durante décadas facilitó inversiones y decisiones empresariales: que la proximidad geográfica vendría acompañada de unas reglas razonablemente estables.

La respuesta canadiense tiene una lógica distinta a la de una competición por anunciar el arancel más alto. Busca encarecer políticamente la confrontación para Washington y reducir, con el tiempo, la vulnerabilidad de Canadá. Es una estrategia de resistencia y diversificación, no una demostración de que el país pueda prescindir de su principal mercado.

De la amenaza a las medidas concretas
El 8 de septiembre entraron en vigor contraranceles canadienses del 15 %, el 25 % y el 50 % sobre una selección de productos originarios de Estados Unidos. El paquete afecta a importaciones valoradas en 27.600 millones de dólares canadienses y comprende sectores como el acero, los lácteos, los electrodomésticos, la maquinaria agrícola, el papel y la electrónica. Esa cifra corresponde al comercio alcanzado por las medidas, no a una recaudación fiscal ya obtenida.
La decisión respondió a los gravámenes estadounidenses del 50 % aplicados desde el 22 de agosto a determinados productos canadienses. El fracaso de las conversaciones había dejado al descubierto un desacuerdo que iba más allá de los porcentajes. Carney sostuvo que Washington había introducido condiciones de última hora que limitaban la libertad canadiense para establecer acuerdos comerciales con otros países.

Esa es la posición de Ottawa, no una descripción neutral de lo que ambas partes consideran aceptable. Pero explica por qué el Gobierno canadiense presenta el conflicto como una cuestión de autonomía económica, además de acceso a mercados. Aceptar una rebaja arancelaria a cambio de restringir futuras asociaciones podría aliviar a algunos exportadores y, al mismo tiempo, aumentar la dependencia que Canadá pretende reducir.

Washington anunció el 8 de septiembre nuevas restricciones de importación sobre determinadas bebidas alcohólicas, motocicletas y productos lácteos canadienses, con entrada en vigor prevista para el 29 de septiembre. Conviene mantener la distinción temporal: al cierre de este artículo, esas prohibiciones habían sido anunciadas, pero la fecha prevista para su aplicación todavía no había llegado.

El punto débil está en la política local
El tamaño de la economía estadounidense no impide que determinadas empresas dependan de clientes canadienses. Esa diferencia entre la fortaleza agregada de un país y la exposición concreta de sus productores es el espacio que Ottawa intenta aprovechar. Un mercado puede parecer pequeño en las estadísticas nacionales y resultar decisivo para una fábrica, un distribuidor o una comunidad industrial.

La ministra canadiense de Industria, Mélanie Joly, explicó al presentar la respuesta que también se buscaba ejercer presión política sobre determinados estados estadounidenses. Sectores de Michigan y Ohio figuran entre los expuestos a las contramedidas. Con las elecciones legislativas de noviembre en el horizonte, la pérdida de ventas puede adquirir una relevancia que no refleja por sí solo el valor total de los bienes afectados.

La lógica es trasladar el conflicto desde las declaraciones presidenciales hasta las preocupaciones de empresarios, trabajadores y representantes políticos. Para una compañía que vende al otro lado de la frontera, la promesa de una victoria comercial futura puede pesar menos que un pedido cancelado hoy. Si esas empresas reclaman previsibilidad, la presión sobre Washington deja de proceder exclusivamente del Gobierno canadiense. Eso no permite anticipar un resultado electoral ni demostrar que los aranceles hayan cambiado ya suficientes votos. La represalia crea incentivos para reclamar una salida negociada; no garantiza que esos incentivos se traduzcan en decisiones políticas. Confundir ambas cosas convertiría un análisis económico en propaganda.

Bombardier y los límites de la presión
La amenaza de Trump contra Bombardier ilustra las dificultades de tratar las cadenas industriales como compartimentos nacionales. El 7 de septiembre, el presidente exigió que la empresa fabricara en Estados Unidos para conservar el acceso a ese mercado. La compañía ya contaba con unos 3.500 trabajadores estadounidenses y una red de aproximadamente 2.800 proveedores en el país.

Una amenaza de exclusión, por tanto, no afecta únicamente a la sede de una empresa extranjera. Puede alcanzar a proveedores locales, instalaciones de mantenimiento, clientes y trabajadores que participan en el mismo negocio. La nacionalidad de la marca no basta para identificar dónde se genera el valor ni quién asumiría las consecuencias de una restricción.

También importa distinguir una declaración presidencial de una prohibición comercial efectivamente implantada. Anunciar que una empresa no podrá vender en un mercado no aclara por sí solo el alcance, las excepciones o el mecanismo de aplicación. Para las compañías, sin embargo, la incertidumbre comienza antes: una amenaza creíble puede retrasar decisiones de inversión aunque nunca llegue a ejecutarse en todos sus términos.

Ahí reside una debilidad del uso reiterado del acceso al mercado como instrumento de presión. Puede conseguir concesiones puntuales, pero también animar a socios y proveedores a buscar alternativas. El resultado depende tanto de la respuesta inmediata del afectado como de las decisiones que tome para no encontrarse otra vez en la misma situación.

Canadá también paga por resistir
La respuesta de Ottawa tiene costes internos. Un arancel canadiense no es un pago que el Gobierno estadounidense transfiera automáticamente a Canadá. El gravamen recae inicialmente sobre la importación y su impacto puede repartirse entre proveedores, importadores, distribuidores y consumidores, según los márgenes y las alternativas disponibles. Proteger a un fabricante puede encarecer los insumos de otro. Una empresa capaz de sustituir proveedores tendrá más margen que otra vinculada a componentes específicos. Por eso, el desafío no consiste únicamente en elegir productos políticamente sensibles al sur de la frontera, sino en evitar que la represalia debilite a demasiadas compañías canadienses.

Ottawa acompañó sus medidas con un paquete de apoyo de 7.500 millones de dólares canadienses para empresas y trabajadores. La existencia de esa ayuda revela que la resistencia necesita financiación: liquidez para atravesar la caída de pedidos, tiempo para encontrar compradores y recursos para adaptar la producción. No convierte las pérdidas en beneficios ni elimina el coste de oportunidad de destinar dinero público a compensarlas.

La dependencia comercial sigue siendo considerable. En el acumulado del año hasta julio, Estados Unidos recibió alrededor del 68 % de las exportaciones canadienses de mercancías. Reducir esa concentración no equivale a reemplazar de inmediato al cliente principal. La distancia, el transporte y la integración de las cadenas de suministro siguen condicionando lo que cada empresa puede hacer.

Carney afronta así una prueba que no se resuelve con firmeza retórica. Su estrategia deberá medirse por la capacidad de preservar actividad y empleo mientras aparecen alternativas viables. Resistir puede reforzar la posición negociadora; resistir sin un horizonte económico creíble también puede agotarla.

Europa como alternativa, no como reemplazo
La búsqueda de otros socios ha situado a Europa en un lugar destacado. Carney tiene previsto viajar a Estrasburgo y Liverpool entre el 15 y el 17 de septiembre, con una intervención ante el Parlamento Europeo y conversaciones sobre comercio, inversión, seguridad, energía, inteligencia artificial y minerales críticos. Se trata de una agenda anunciada, no de acuerdos que puedan darse por firmados de antemano.

El acercamiento cuenta con resultados concretos en defensa. El 15 de junio, el Consejo de la Unión Europea formalizó la conclusión del acuerdo que permite la participación de empresas y productos canadienses en adquisiciones realizadas mediante el instrumento SAFE. Esa cooperación abre oportunidades industriales, pero no concede a Canadá acceso irrestricto a todos los mercados europeos.

La posibilidad de una asociación todavía más estrecha, descrita como una fórmula de miembro asociado, permanece en el terreno exploratorio. No equivale a una adhesión canadiense a la Unión Europea, a la incorporación automática al mercado único ni a un derecho ya vigente de libre circulación. Presentarla como una ruptura consumada con Norteamérica exageraría tanto su alcance como su grado de desarrollo. Su importancia estratégica es otra. Cuantas más opciones de inversión, financiación y exportación tenga Canadá, menor será el peso de una amenaza dirigida contra un único mercado. Pero convertir una afinidad política en contratos exige competitividad, capacidad logística y compradores dispuestos a comprometerse a largo plazo.

Europa tampoco puede absorber de forma instantánea toda la actividad orientada a Estados Unidos. Una empresa que reorganiza sus ventas necesita tiempo para adaptar productos, encontrar distribuidores y asumir nuevos costes. La diversificación es una forma de reducir riesgos; no una operación sin fricciones ni una garantía de rentabilidad.

Comprar distinto puede durar más
La confrontación también ha reforzado los llamamientos a consumir productos canadienses. Joly ha alentado esa elección como una manera de sostener empleos nacionales y aumentar la presión sobre Estados Unidos. Sin embargo, una campaña de consumo y una transformación duradera del comercio son fenómenos distintos.

Para que una preferencia se consolide, el producto alternativo debe competir en precio, calidad y disponibilidad. El entusiasmo inicial no basta para garantizar que un consumidor mantenga una compra o que un minorista conserve a un nuevo proveedor. Tampoco debe atribuirse automáticamente cualquier variación de ventas a un boicot político: pueden intervenir otros factores. El riesgo para los exportadores estadounidenses aparece cuando una sustitución temporal funciona bien. Si un comprador encuentra una alternativa fiable, el levantamiento del arancel no asegura el regreso del contrato. El daño comercial más persistente podría ser, por tanto, la pérdida de relaciones que antes se daban por seguras, no únicamente el coste de las medidas mientras estén vigentes.

Firmeza sin cerrar la negociación
Los últimos movimientos de Carney no apuntan a una escalada automática. El 10 de septiembre calificó las nuevas medidas estadounidenses de relativamente modestas frente a acciones anteriores y dejó abierta la posibilidad de no responder de inmediato. También confirmó que mantenía contacto con Trump sobre asuntos internacionales, algo que no significaba una reanudación de las negociaciones comerciales.

Esta distinción es esencial. Mantener canales diplomáticos no supone aceptar las exigencias del otro Gobierno, del mismo modo que imponer represalias no obliga a rechazar cualquier compromiso posterior. Para Canadá, el resultado deseable no sería acumular el mayor número de restricciones, sino conseguir condiciones suficientemente estables para que las empresas puedan volver a planificar.

La misma interdependencia que ofrece instrumentos de presión impone límites a su uso. Cada nueva barrera puede aumentar el coste de sostener el conflicto y reducir el beneficio de prolongarlo. El problema aparece cuando la necesidad de exhibir dureza pesa más que la disposición a negociar una salida aceptable. Canadá no ha demostrado que pueda derrotar económicamente a Estados Unidos, ni existe una separación comercial completa. Lo que está intentando demostrar es que la asimetría entre ambos países no obliga al menor a aceptar cualquier condición. Su respuesta combina la defensa del mercado propio con la búsqueda de opciones que hagan menos decisiva la próxima amenaza.

Para Trump, el peligro no se limita a una represalia concreta. Una estrategia diseñada para obtener ventajas del vecino puede acabar debilitando la confianza que convierte a ese vecino en un cliente y socio estable. Los aranceles pueden modificarse con una decisión política. Recuperar una relación comercial que ha empezado a reorganizarse exige bastante más.



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.