El Comercio De La República - Crisis laboral en EE.UU.

Lima -

Crisis laboral en EE.UU.




A finales de 2025 la economía estadounidense empezó a detenerse. En un país acostumbrado a crear cientos de miles de empleos al mes, los informes de otoño hablaban de solo unos 64 000 puestos nuevos en noviembre y de meses en los que el empleo total cayó. Aun así, el número de vacantes supera con creces al de personas disponibles: las empresas ofrecían unos 7,7 millones de puestos de trabajo y existían alrededor de 1,1 vacantes por cada persona desempleada. Este desajuste ha hecho que cada vez más titulares se pregunten: ¿Y ahora qué?

Una demografía que exprime el mercado laboral
El primer factor que explica la escasez de trabajadores es el envejecimiento de la población. Más de una quinta parte de los habitantes de EE. UU. ya tiene 65 años o más y la población jubilada alcanzó los 52,8 millones en 2025, casi 13 millones más que diez años antes. Esta oleada de jubilaciones obligaría a contratar alrededor de 142 000 trabajadores adicionales al mes sólo para mantener las plantillas actuales. La tasa de actividad global se mantiene en torno al 62,5 %, porque el aumento entre la población en edad productiva (83,4 %, cerca de su máximo histórico) no compensa el retiro de los “baby boomers”.

Las empresas no pueden recurrir a los parados de larga duración como en anteriores recesiones: se calcula que hay solo 381 000 trabajadores desanimados y el 94 % de las personas fuera de la fuerza laboral afirma no querer un trabajo. Además, 28 millones de adultos en edad productiva tienen algún tipo de discapacidad que limita su incorporación al empleo. El resultado es un mercado muy tenso: por cada jubilado que abandona su puesto hay tres desocupados dispuestos a sustituirle.

Menos inmigrantes, más escasez
Otro pilar del crecimiento laboral estadounidense ha sido la inmigración. Entre 2020 y 2024 los recién llegados explicaron el 83 % del crecimiento de la población. Inmigrantes y trabajadores extranjeros ocupan cerca del 29 % de los empleos en la construcción y al menos uno de cada cinco puestos en sectores como la hostelería, el transporte, la manufactura y los servicios profesionales.

Sin embargo, las políticas de 2025 redujeron drásticamente estas entradas. Los servicios migratorios calculan que en 2025 llegarían unos 500 000 inmigrantes, frente a 2,2 millones el año anterior. Planes gubernamentales prevén deportaciones masivas de hasta un millón de personas al año, redadas en centros de trabajo y recortes en visados. Bajo uno de los escenarios modelizados por economistas, la fuerza laboral dejaría de crecer y empezaría a reducirse si se materializan estos planes. Una tercera parte de las empresas constructoras ya afirma que las medidas federales en materia migratoria han provocado retrasos en sus proyectos.

Sectores bajo presión
La falta de mano de obra no afecta por igual a todas las industrias. Algunos de los sectores más críticos son:
Salud: el envejecimiento de la población multiplica la demanda de cuidados, pero se espera una carencia de casi 700 000 médicos, enfermeras tituladas y auxiliares antes de 2037. Las encuestas muestran que más de la mitad de los trabajadores sanitarios planean buscar otro empleo en los próximos años.

Manufactura: esta industria debe cubrir 3,8 millones de puestos en la próxima década; hasta 1,9 millones podrían quedar vacantes si no se corrige la tendencia. Los trabajadores fabriles, que ganan de media más de 102 000 dólares al año entre salario y prestaciones, están envejeciendo y las nuevas generaciones no se sienten atraídas por estas carreras.

Construcción: nueve de cada diez contratistas tienen vacantes sin cubrir y se necesitarían unos 723 000 trabajadores adicionales al año para responder a la demanda. Uno de cada cinco trabajadores del sector tiene más de 55 años y la edad media de un oficio cualificado se aproxima a los 43. Además, se estima que los costes laborales subirán entre un 6 % y un 8 % anual de aquí a 2026 debido a esta escasez.

Hostelería y ocio: aunque los hoteles prevén contratar 14 000 empleados más en 2025, más del 64 % aún se enfrenta a problemas de personal. Para atraer trabajadores, más del 47 % ha aumentado salarios y otros ofrecen horarios flexibles o descuentos en alojamientos.

Ciberseguridad y tecnología: cerca del 75 % de las empresas reconocen que no encuentran talento cualificado y el 40 % de los adultos carece de competencias digitales básicas. La demanda de especialistas en ciberseguridad, microelectrónica, construcción naval, inteligencia artificial y energías renovables supera con creces la oferta; por ejemplo, se necesitan 265 000 expertos en ciberseguridad y más de 300 000 soldadores adicionales para 2030.

Un mercado sin margen de maniobra
Esta combinación de factores genera un mercado anómalo. Los empresarios tienen dificultades para encontrar candidatos cualificados a pesar de que la creación de empleo se está ralentizando. Un sondeo entre pequeñas empresas señala que el 89 % de los propietarios que intentaba contratar en noviembre de 2025 recibía pocos o ningún solicitante adecuado, y una tercera parte tenía puestos vacantes sin cubrir. No obstante, el 19 % planea crear nuevos empleos en los próximos meses, lo que denota confianza en la economía. Los directivos de grandes empresas también miran hacia 2026 con optimismo: dos tercios de los responsables de contratación prevén aumentar plantilla en la primera mitad del año y más de una cuarta parte planea recurrir a trabajadores temporales o contratistas para adaptarse a la demanda.

Al mismo tiempo, la falta de habilidades es el principal obstáculo. El 36 % de las compañías admite tener vacantes imposibles de cubrir y la mitad de los candidatos no reúne la experiencia necesaria. Esto provoca que la competencia por el talento se encarezca y que las empresas tengan que invertir en formación o contratación internacional. Otro factor emergente es la automatización: casi el 39 % de las empresas que planea reducir personal lo hace porque adoptará inteligencia artificial. Aun así, los expertos señalan que la IA no destruirá empleo de forma masiva de inmediato; más bien modificará las tareas y exigirá nuevas competencias.

Consecuencias económicas
Las repercusiones de este desequilibrio no se limitan a las empresas. La escasez de mano de obra y la subida de sueldos presionan la inflación y elevan los costes de proyectos públicos y privados. En la construcción, se recomienda añadir cláusulas de ajuste salarial en los contratos y ampliar los plazos de entrega, ya que incluso tareas sencillas pueden tardar hasta un 15 % más por falta de personal. Para las pequeñas empresas, la combinación de salarios en ascenso (el salario medio por hora creció un 3,5 % interanual en noviembre de 2025) e incertidumbre regulatoria complica la planificación y la contratación.

La política comercial también pesa. La imposición de aranceles globales en 2025 redujo drásticamente el ritmo de creación de empleo: de 147 000 puestos al mes antes de los aranceles a apenas 38 600 después. Los economistas señalan que la falta de claridad sobre los costes de importación frena inversiones y contrataciones. Con una política arancelaria más estable y recortes fiscales previstos para finales de 2026, algunos analistas prevén un repunte de la actividad en la segunda mitad del año. No obstante, la previsión dominante es que el desempleo pueda alcanzar el 4,5 % a comienzos de 2026 antes de descender.

¿Y ahora qué?
La escasez de trabajadores en Estados Unidos no es un fenómeno pasajero ni se resolverá sola. Su raíz se halla en tendencias demográficas inevitables, en políticas que restringen la inmigración y en una transición tecnológica que exige habilidades distintas a las disponibles. Para evitar que la falta de mano de obra frene el crecimiento económico se plantean varias líneas de actuación:

1) Fomentar la formación y el reciclaje profesional: se necesitan programas de capacitación a gran escala en oficios técnicos, cuidados de la salud, tecnologías de la información y energías limpias. La colaboración entre empresas, centros educativos y administraciones es clave para generar la mano de obra cualificada que demandan sectores estratégicos.

2) Atraer a más jóvenes a sectores esenciales: la construcción, la manufactura y la sanidad deben mejorar su imagen y ofrecer itinerarios claros de carrera para seducir a la generación Z. Aprender oficios a través de programas de aprendizaje remunerado puede ser una vía atractiva.

3) Revisar las políticas migratorias: la economía necesita trabajadores extranjeros. Un marco legal que combine seguridad fronteriza con vías de acceso ágiles para cubrir vacantes en agricultura, construcción, hostelería, alta tecnología y cuidado de mayores puede aliviar la presión del mercado laboral.

4) Aprovechar la tecnología de forma humana: la automatización y la inteligencia artificial pueden mejorar la productividad y compensar la falta de mano de obra. Sin embargo, deben implementarse con planes de transición que protejan a los trabajadores y actualicen sus competencias.

El interrogante “¿y ahora qué?” invita a reflexionar sobre la sostenibilidad de un modelo basado en el crecimiento continuo del consumo y del empleo. La respuesta pasa por reconciliar economía y demografía, innovación y equidad. En la próxima década, la mayor economía del mundo tendrá que reinventar su mercado laboral para evitar quedarse sin manos que hagan funcionar la maquinaria del progreso.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Iran se ahoga sin Agua

En Irán, el agua se ha convertido en el bien más escaso y disputado. Tras varias sequías consecutivas, el país vive la peor crisis hídrica en décadas. Las lluvias han caído a niveles mínimos y las estadísticas oficiales indican que la temperatura media nacional ha subido casi dos grados en los últimos años. La Organización Meteorológica Nacional reconoce que 2025 fue uno de los años más secos de la historia reciente, con precipitaciones en algunas regiones 45 % por debajo de la media y más de 80 % de déficit en varias provincias del sur. El resultado es que diecinueve provincias están catalogadas en situación de sequía severa y los embalses que abastecen a Teherán y otras ciudades importantes están al 10 % de su capacidad, lo que ha obligado a reducir la presión nocturna y planear racionamientos. La capital depende de cinco grandes presas —Lar, Latian, Karaj, Taleqan y Mamloo— que reciben cada vez menos agua de los ríos de las montañas. En noviembre, el presidente Masud Pezeshkian llegó a advertir que, si no llueve, Teherán podría quedar deshabitada y sus diez millones de habitantes tendrían que ser evacuados. No se trata de una hipérbole: las reservas de la ciudad han caído a menos de la mitad respecto del año anterior y algunos embalses, incluido el Amir Kabir, apenas contienen un 8 % de su capacidad. En Mashhad, segunda ciudad del país, las reservas están por debajo del 3 %.Sequía y mala gestión: una combinación explosivaEl régimen atribuye la escasez a la falta de lluvias y al cambio climático, pero los propios expertos iraníes señalan que la crisis no se debe solo al cielo. Décadas de mala planificación, perforación descontrolada de pozos, creación de centenares de presas sin estudios ambientales y una política agrícola insostenible han agotado acuíferos y humedales. Irán destina más del 80 % del agua disponible a la agricultura, a menudo con una eficiencia inferior al 40 %. Aun así, el gobierno insiste en la autosuficiencia alimentaria mediante cultivos como el trigo o el arroz, que consumen enormes cantidades de agua. Mientras tanto, el consumo doméstico representa menos del 10 % del total y los ciudadanos son responsabilizados por un despilfarro que en realidad proviene de un modelo productivo ineficiente. Desde los años noventa, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y su filial constructora Khatam al‑Anbiah han liderado un frenesí de presas y canales que muchas veces desvían el agua hacia industrias afines y zonas favorecidas políticamente. El exministro de Agricultura Isa Kalantarí ya advirtió en 2013 que la escasez de agua era un peligro mayor para el país que cualquier enemigo externo. La expresión “mafia del agua” se ha popularizado para describir a los conglomerados que obtienen contratos millonarios a costa de ecosistemas como el lago Urmia, que ha perdido 90 % de su volumen desde la década de 1970. Más del 60 % de los humedales se han secado y más de la mitad de las grandes presas funcionan por debajo del 50 % de su capacidad.Protestas y descontento socialLa falta de agua no solo afecta a los cultivos; también enciende la mecha de un descontento que amenaza la estabilidad del régimen. Desde 2021, las provincias de Juzestán, Sistan‑Baluchistán e Isfahán han sido escenario de manifestaciones contra los cortes de suministro. Agricultores que ven secarse el río Zayandeh Rud han bloqueado carreteras y exigido que se detengan los desvíos hacia industrias asociadas a los guardianes de la revolución. En 2025 las protestas se extendieron a 31 provincias: camioneros, panaderos, estudiantes y funcionarios se unieron bajo consignas que denunciaban la corrupción, los apagones y la falta de agua potable. Las autoridades respondieron con represión y ocasionalmente cerraron escuelas, bancos y oficinas para ahorrar energía y agua, una medida que solo evidenció la falta de soluciones a largo plazo. La ausencia de transparencia alimenta la indignación. Muchos pueblos del interior dependen de camiones cisterna para abastecerse y algunas zonas de Teherán y Mashhad pasan horas sin agua. Los ciudadanos se ven obligados a comprar depósitos y bombas para almacenar lo que puedan, mientras pagan facturas cada vez más altas. Para una población que ya sufre inflación y sanciones internacionales, esta “sed forzada” se siente como un nuevo ataque a su dignidad.Tensiones regionales y consecuencias geopolíticasLa escasez también tiene un componente internacional. Gran parte del agua de las provincias orientales proviene de ríos compartidos con Afganistán, como el Helmand y el Harirud. La construcción de presas por los talibanes ha reducido el caudal que llega a Irán, secando los humedales de Hamun y agudizando la pobreza en Sistan‑Baluchistán. A su vez, Turquía ha construido numerosas presas en los ríos Tigris y Éufrates, disminuyendo el flujo hacia Irak e Irán. Estas tensiones transfronterizas se suman a una población ya resentida por la falta de agua y han originado disputas diplomáticas que el gobierno iraní utiliza para desviar la responsabilidad interna.Una amenaza existencial para los ayatolásLa crisis hídrica se ha convertido en el mayor desafío para el poder de los ayatolás. La legitimidad del régimen, construida sobre promesas de justicia social y autosuficiencia, se resquebraja a medida que millones de iraníes pierden el acceso a un recurso básico. Las fallas en la gestión del agua son perceptibles en todo el país y ya no pueden atribuirse solo a sanciones externas o a enemigos imaginarios. El propio líder supremo, Alí Jameneí, ha reconocido que el país se enfrenta a una “guerra del agua”. La posibilidad de una evacuación de Teherán o de que grandes zonas queden inhabitables plantea escenarios impensables para un gobierno que basa su autoridad en la estabilidad interna. Además, el agotamiento de acuíferos y el hundimiento del suelo amenazan patrimonios históricos y la viabilidad de ciudades enteras. La emigración masiva del campo a las metrópolis por falta de agua exacerba el desempleo y empuja a los jóvenes a protestar. Sin reformas profundas, la combinación de cambio climático, mala gestión y desgaste social podría desencadenar una crisis política aún mayor que la surgida por la represión de las mujeres en 2022.¿Hay solución?Revertir la sed iraní requiere medidas estructurales. Los expertos recomiendan reorientar la agricultura hacia cultivos menos intensivos en agua y mejorar sistemas de riego para reducir las pérdidas por evaporación. También es imprescindible reparar las redes urbanas, reducir las filtraciones y abandonar proyectos de presas que dañan ecosistemas. Se propone rescatar el antiguo sistema de qanats —galerías subterráneas que aprovechan acuíferos de forma sostenible— y combinarlo con tecnologías modernas. Igualmente importante es reformar la gobernanza del agua: acabar con la corrupción y la opacidad, crear organismos independientes que gestionen recursos de manera transparente y fomentar la participación ciudadana en la toma de decisiones. La comunidad internacional podría ofrecer asistencia tecnológica y financiera, pero la voluntad política debe partir de las autoridades iraníes. Sin una respuesta integral, la amenaza de la sed seguirá creciendo. El agua podría ser el factor que decida el futuro del país y determine si los ayatolás conservan su poder o se ven superados por una crisis que ya no pueden controlar.