El Comercio De La República - Guerra autónoma hunde crédito

Lima -

Guerra autónoma hunde crédito




La ofensiva lanzada por Washington y Tel Aviv contra Irán a finales de febrero marcó el inicio de la primera guerra autónoma de la historia moderna. Los ataques iniciales, coordinados bajo los nombres en clave Operación Rugido del León y Operación Furia Épica, supusieron casi 900 golpes en las primeras 12 horas. La combinación de drones, armas hipersónicas y plataformas de inteligencia artificial ha convertido el conflicto en un laboratorio de tecnología letal. Irán, alardeando de su misil Fattah‑2, pretende contar con un planeador hipersónico capaz de esquivar interceptores; Estados Unidos respondió con el misil de precisión PrSM y con el sistema LUCAS, un dron de combate de bajo coste desarrollado a partir del Shahed‑136 iraní capturado. Israel, por su parte, desplegó una bomba “antisubterránea” de 900 kg destinada a destruir la infraestructura oculta.

La guerra más automatizada de la historia
El elemento que diferencia al conflicto de 2026 de guerras anteriores es la integración de la inteligencia artificial en la cadena de decisiones. El Comando Central de EE. UU. utiliza la plataforma de inteligencia artificial de Palantir y el sistema Maven para analizar torrentes de datos del campo de batalla, mientras que el ejército israelí emplea sistemas propios como The Gospel para generar objetivos y Lavender para asignar “puntuaciones de sospecha” a individuos. Esta automatización ha permitido ejecutar más de 15 000 ataques en pocas semanas; sólo se ha reconocido públicamente un caso de objetivo mal identificado, aunque críticos del uso de IA recuerdan que en la invasión rusa de Ucrania ya se utilizaban drones y sistemas de análisis automático, lo que cuestiona la idea de “primera guerra con IA”.

La autonomía no se limita al aire. En el estrecho de Ormuz han aparecido enjambres de drones y lanchas no tripuladas cargadas de explosivos, capaces de atacar buques de carga sin intervención humana. Un buque petrolero con bandera de las Islas Marshall fue golpeado el 1 de marzo por una embarcación de este tipo, primer ataque estatal de drones navales contra el comercio mundial. El uso coordinado de satélites comerciales, como las constelaciones Starlink y Starshield, mantiene la comunicación con los drones incluso en entornos de interferencia. La Marina estadounidense hundió al buque iraní IRIS Dena con un solo torpedo Mark 48, demostrando cómo la automatización se extiende a la guerra submarina. A su vez, los sistemas antiaéreos se basan en procesadores de IA para calcular miles de trayectorias y lograr tasas de interceptación sin precedentes, aunque los láseres de energía dirigida han mostrado limitaciones por las condiciones ambientales.

Las campañas cibernéticas acompañan a los bombardeos. Unidades de guerra digital de Israel y EE. UU. inutilizaron las redes militares iraníes y hackearon aplicaciones como la de oración BadeSaba para difundir mensajes contra el régimen. Irán respondió con ataques de ransomware y virus destructivos. En suma, el conflicto combina dominio aéreo, naval, espacial y cibernético con sistemas autónomos, acelerando el ritmo de la guerra y levantando inquietudes morales. Muchos comentarios en línea expresan temor a una especie de “Skynet” real, señalan que la guerra se siente como un videojuego y cuestionan que la IA decida bombardear escuelas o determine quién debe morir. Otros comparan la situación con la invasión rusa de Ucrania, argumentando que allí ya se utilizaban drones y algoritmos, y piden que los humanos recuperen el control antes de que las máquinas los juzguen.

Un golpe para el mercado de crédito privado
Más allá del campo de batalla, la guerra ha desencadenado un terremoto financiero. El ataque inicial elevó el precio del petróleo a más de 110 dólares por barril y, aunque retrocedió, se mantiene por encima de los 90 dólares. Esta subida encarece la energía y deteriora la liquidez de muchas empresas, presionando un sector de 2 billones de dólares: el crédito privado. Este mercado, que financia a compañías medianas fuera de la bolsa, se vendía a inversores minoristas prometiendo rendimientos “estables” con liquidez comparable a la de los títulos públicos. Pero los préstamos tienen vencimientos de tres a siete años, y cuando miles de pequeños ahorradores pidieron retirar su dinero ante las noticias de guerra y recesión, los fondos se quedaron sin efectivo.

Los gestores recurrieron a bloquear reembolsos. El HPS Corporate Lending Fund de BlackRock, con 26 000 millones de dólares, recibió solicitudes de retirada por valor de 1 200 millones (9,3 % del total) y sólo pagó el 5 %, aplazando 580 millones. El BCRED de Blackstone, con 82 000 millones, vio peticiones por 3 800 millones y respondió ampliando el límite de reembolsos e inyectando 400 millones de la propia firma. Blue Owl, otro actor destacado, bloqueó salidas y recompró participaciones. Esta presión ha disparado las tasas de impago en crédito privado hasta el 5,8 %, con advertencias de que podrían alcanzar el 15 % si sectores como el software sufren más. Al mismo tiempo, la economía estadounidense muestra signos de desaceleración: el indicador GDPNow de la Reserva Federal de Atlanta se recortó del 3,0 % al 2,1 % y el informe de empleo de febrero registró una contracción de 92 000 puestos. Esta combinación de energía cara y crecimiento lento está estrangulando a las compañías endeudadas y agrava la fuga de inversores.

Economistas y estrategas alertan de que la crisis no se originó en Irán, pero el shock geopolítico reveló la fragilidad del modelo. Bill Eigen, de JPMorgan, advierte que las malas noticias “suelen venir en oleadas” y que la falta de transparencia en el sector es inquietante. La reputación del crédito privado se ha deteriorado: un sondeo de PitchBook señala que el 35 % de los inversores considera que la percepción negativa es el mayor obstáculo, seguida por el riesgo de impago y la inestabilidad geopolítica. Lotfi Karoui, estratega de Pimco, afirma que este episodio es un “momento de despertar” para los inversores, obligándolos a evaluar mejor dónde colocan su capital. Algunas voces en Wall Street comparan la situación con los inicios de la crisis financiera de 2008, pero otros señalan que ahora no existe un apalancamiento masivo oculto y que el ciclo de impagos debería ser manejable.

Una economía global en vilo
El contexto internacional agrava la inestabilidad. Las interrupciones en el estrecho de Ormuz amenazan a un quinto del comercio mundial de petróleo y empujan a las navieras a desviar rutas, aumentando los costes logísticos. Mientras tanto, los gobiernos redirigen miles de millones hacia el esfuerzo bélico. Se estima que la guerra ha costado ya unos 25–30 mil millones de dólares a los contribuyentes estadounidenses, una suma que podría alcanzar los 200 000 millones si el conflicto dura seis meses. Es dinero que podría haber financiado programas de salud, educación, vivienda o infraestructuras.

En los comentarios públicos, una parte de la ciudadanía se muestra alarmada ante la automatización bélica: algunos ironizan diciendo que nunca volverán a criticar a la IA por miedo a que les lance un misil, otros comparan la situación con las películas de Terminator o lamentan que la guerra se haya convertido en un videojuego. También proliferan voces que piden a los gobiernos que se centren en las necesidades internas en lugar de gastar miles de millones en bombardear Oriente Próximo.

Conclusión
La guerra de 2026 entre Estados Unidos, Israel e Irán ha inaugurado una era en la que la inteligencia artificial y los sistemas autónomos determinan el rumbo de los combates. Drones de enjambre, misiles hipersónicos, ciberguerra y satélites trabajan al unísono, reduciendo la intervención humana y acelerando la destrucción. Estas innovaciones, lejos de quedarse en el ámbito militar, han desnudado la fragilidad de los mercados financieros. El pánico en los fondos de crédito privado revela que la interconexión entre geopolítica y finanzas es más profunda que nunca. Mientras los expertos debaten si estamos ante un nuevo tipo de conflicto, los inversores exigen transparencia y los ciudadanos se preguntan si la autonomía de las máquinas nos está llevando a un futuro aterrador.



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.