El Comercio De La República - Industria militar en crisis

Lima -

Industria militar en crisis




En pleno cuarto año de la guerra contra Ucrania, la maquinaria de guerra rusa enfrenta su mayor prueba. Tras la euforia de 2023 y 2024, cuando el gasto estatal disparó la producción de armas y municiones, los datos de 2025 y principios de 2026 muestran un panorama distinto. La fabricación de equipo electrónico y óptico se estancó y, en algunos meses, cayó por debajo de los niveles del año anterior. La producción de tanques y vehículos acorazados apenas creció y la fabricación de metales para municiones se ralentizó. Analistas apuntan a tres factores: la falta de componentes importados debido a las sanciones, la escasez de mano de obra y la presión financiera que sufre un sector que opera con márgenes mínimos y préstamos a tipos superiores al 20 %.

Dependencia de la importación y cuellos de botella
Las sanciones occidentales y la ruptura de cadenas de suministro expusieron la dependencia rusa de materiales clave. Por ejemplo, los carburantes sólidos para misiles Iskander dependen del clorato de sodio importado; la producción local no estará lista hasta 2025‑2027, lo que deja al país vulnerable a las decisiones de exportación de China y Uzbekistán. Cada misil de crucero Kh‑101 incluye más de 50 componentes extranjeros, y las industrias de drones y maquinaria pesada siguen recurriendo a microelectrónica, motores y herramientas de precisión fabricados en Asia. Las fábricas eluden las restricciones comprando de forma encubierta centros de mecanizado japoneses a través de intermediarios, lo que muestra la incapacidad de sustituir la tecnología extranjera.

Un informe interno del Ministerio de Economía ruso admite que el país sigue siendo “críticamente dependiente” de equipos y microelectrónica importados. El documento reconoce que la falta de especialistas y la obsolescencia de la maquinaria dificultan la sustitución. Aumentar la inversión en investigación a un nivel comparable con las potencias occidentales exigiría más del 2 % del PIB, cuando el gasto de defensa ya consume entre el 6 % y el 7,5 %. Los economistas advierten de que ese nivel no es sostenible en una economía que crece alrededor del 1 %.

Despidos y producción fallida
La contracción se refleja en la principal fábrica de tanques. En febrero de 2026, el mayor fabricante de carros de combate anunció un recorte del 10 % de su plantilla y congeló nuevas contrataciones; algunos talleres perderán hasta la mitad de sus trabajadores. La compañía, que en 2024 celebraba aumentos récord de producción, justifica ahora los despidos por la caída de pedidos y las dificultades financieras. Otros gigantes industriales han reducido la semana laboral a cuatro días o han enviado a empleados a vacaciones forzosas. La principal fábrica de camiones del país, por ejemplo, volverá a una jornada de cuatro días a partir de junio porque el mercado interno de vehículos pesados se hundió un 40 % en los dos primeros meses de 2026; sus ventas cayeron un 11 % y la empresa acumuló pérdidas por 37 000 millones de rublos en 2025.

Las dificultades también se extienden al sector aeronáutico. La división de bombarderos estratégicos va muy por detrás de los objetivos: solo se entregaron dos de los cuatro bombarderos Tu‑160M previstos para 2022‑2023, y el programa de modernización del Tu‑22M3M apenas ha actualizado dos aviones desde 2018. Los retrasos han provocado litigios por miles de millones de rublos entre el Ministerio de Defensa y el fabricante, y una reorganización de la dirección de la empresa. Mientras tanto, el futuro bombardero PAK‑DA no empezará sus pruebas de vuelo hasta 2027, lo que aleja aún más la renovación de la flota.

Golpes de precisión a las fábricas
A la crisis interna se suma la ofensiva ucraniana contra la infraestructura militar rusa. En marzo de 2026, las fuerzas ucranianas atacaron cinco plantas estratégicas y diez refinerías dentro de Rusia. Uno de los objetivos fue la planta de microelectrónica “Kremniy El” en Briansk, un pilar de la industria de semiconductores. El ataque destruyó edificios de producción y un almacén, interrumpiendo durante al menos seis meses la cadena de suministro de microcircuitos para misiles Iskander y sistemas de defensa aérea. La misma semana, drones ucranianos dañaron hangares de aviones de transporte Il‑76 y un sistema estratégico de vigilancia A‑50 en la planta de reparación de aeronaves de Staraya Russa y provocaron un gran incendio en la planta metalúrgica de Alchevsk, donde se funden cuerpos de proyectiles y acero blindado. También alcanzaron el centro de servicio “Granit” en Sebastopol, único taller de mantenimiento de los sistemas S‑400 en Crimea.

El 10 de marzo, un ataque con misiles de crucero británicos Storm Shadow dejó en ruinas la fábrica Silicon El en Briansk, que producía semiconductores y microchips para drones y sistemas de misiles rusos, incluidos los complejos Pantsir e Iskander. La planta era el segundo mayor proveedor de microchips para el Ministerio de Defensa ruso y fabricaba entre 1 000 y 1 500 tipos de componentes. Los analistas señalan que la reconstrucción requerirá meses, pues la producción de microchips exige salas limpias y equipos específicos difíciles de reemplazar. Además, la destrucción de equipos de la era soviética, para los que ya no hay piezas de repuesto, agravará la escasez de misiles en el corto plazo.

Los ataques no se limitaron a la región de Briansk. A principios de abril de 2026, drones alcanzaron una planta de explosivos en la localidad de Morozova, en la región de Leningrado. Según los informes, la instalación forma parte de la cadena de producción de combustibles sólidos para misiles balísticos Topol‑M y componentes de propulsión para los misiles Iskander‑M. Aunque las autoridades rusas minimizaron los daños, el incidente evidencia la vulnerabilidad de instalaciones consideradas críticas. Asimismo, en marzo Ucrania dañó refinerías de petróleo y terminales en el Báltico, reduciendo temporalmente la exportación de combustible y lubricantes.

Accidente y envejecimiento de la infraestructura
La fragilidad de la industria militar rusa no solo se debe a los ataques. En agosto de 2025, una explosión en una planta de municiones en la región de Ryazán causó al menos veinte muertos y más de cien heridos. La investigación señaló que el siniestro se debió a un incendio en un taller y a graves violaciones de las normas de seguridad; la fábrica alquilaba espacio a una empresa de explosivos que ya había sido sancionada por su falta de medidas preventivas. Este y otros accidentes se repiten en instalaciones con infraestructura heredada de la Unión Soviética y equipos obsoletos.

Economía de guerra frente a recesión civil
Pese al deterioro, la industria militar rusa sigue aumentando la producción de munición. Servicios de inteligencia europeos calculan que en 2025 se produjeron más de siete millones de proyectiles, morteros y cohetes, un 55 % más que en 2024, y que la producción total se ha multiplicado por diecisiete desde el inicio de la guerra. Esta expansión se apoya en nuevas instalaciones y en la importación masiva de munición de Corea del Norte, que podría representar la mitad de los proyectiles disparados por Rusia en el frente. Sin embargo, expertos advierten que este ritmo contrasta con una economía civil en declive. Dieciocho de los veinticuatro subsectores manufactureros están en recesión; sectores como el automotriz, bienes de consumo y electrodomésticos reducen la jornada laboral y experimentan despidos. A principios de 2026, la producción industrial excluyendo la defensa cayó un 2 % y solo las industrias vinculadas al sector militar mostraron crecimiento. El mercado de camiones, crucial para el transporte y la logística, se contrajo un 40 %, obligando a los fabricantes a reducir horas y planeando expansionar en África.

La disparidad entre la economía de guerra y el resto del tejido productivo genera tensiones sociales. Muchos trabajadores jóvenes son movilizados y las fábricas tienen dificultades para cubrir puestos: el propio Gobierno reconoce un déficit de hasta 240 000 obreros y técnicos para 2026, con una plantilla envejecida cuyo promedio de edad supera los 45 años. Los sindicatos denuncian que el aumento de la producción militar se hace a costa de los salarios y condiciones laborales, mientras que el crédito caro y la inflación corroen los ingresos. La banca especializada en defensa registró pérdidas multimillonarias y tuvo que ser recapitalizada.

Debate público y estado de ánimo
Las dificultades de la industria militar rusa generan un intenso debate en las redes sociales y foros de opinión. Muchos ciudadanos expresan ironía ante las declaraciones oficiales que presumen de aumentos de producción; señalan que solo una fracción de los tanques anunciados son realmente nuevos y que la mayoría procede de la modernización de viejos T‑72 y T‑62. Los más críticos recuerdan cómo los obuses disparados al inicio de la guerra vaciaron rápidamente los arsenales y obligaron a emplear munición de Corea del Norte. Otros se preguntan por qué las fábricas no están mejor protegidas si son estratégicas o por qué se siguen produciendo armas con tecnología de los años ochenta cuando el enemigo emplea drones de última generación. También se multiplican las quejas sobre accidentes industriales y la incapacidad para reponer microchips, motores y otros componentes sancionados. En foros prorrusos, algunos blogueros afines al Kremlin reconocen que la escasez de misiles y la lenta reparación de sistemas de defensa aérea se deben a la falta de piezas y a las sanciones occidentales.

Al mismo tiempo, un sector de la población –movilizado por la propaganda estatal– defiende que el incremento de la producción de proyectiles demuestra la capacidad de Rusia para sostener una guerra prolongada. Alegan que las nuevas plantas y la importación de componentes de países aliados permiten sustituir las pérdidas en el frente. Sin embargo, incluso entre ellos cunde el temor a que la guerra se prolongue indefinidamente y que la economía de guerra acabe devorando los recursos necesarios para la reconstrucción. La combinación de sanciones, ataques a instalaciones estratégicas y problemas estructurales muestra que, a pesar de los avances temporales, la industria militar rusa se encuentra en un momento crítico. Mantener el ritmo bélico se hace cada vez más difícil cuando los cimientos tecnológicos y humanos se resquebrajan.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.