El Comercio De La República - IA amenaza la clase media

Lima -

IA amenaza la clase media




El auge de la inteligencia artificial (IA) ya no es una hipótesis académica; es un hecho que está dejando huella en la economía. Informes de organismos internacionales y centros de investigación muestran que las nuevas oleadas de automatización vinculadas a la IA generativa están sustituyendo tareas humanas a un ritmo acelerado. En sectores como la comida rápida, la enseñanza de apoyo o el transporte se calcula que hasta ocho de cada diez puestos podrían verse automatizados en la próxima década. Datos internos de empresas tecnológicas confirman que las grandes corporaciones ya han prescindido de decenas de miles de empleados, mientras que compañías de servicios prevén delegar más de la mitad de sus procesos en algoritmos. Este tipo de reestructuraciones empresariales afecta sobre todo a puestos de entrada y trabajos rutinarios, los mismos que tradicionalmente han alimentado a la clase media.

La velocidad del cambio tecnológico supera la de revoluciones anteriores. Estudios macroeconómicos apuntan que la inversión en IA contribuyó con aproximadamente cuatro décimas al crecimiento del producto interior bruto de Estados Unidos en 2025 y se espera que repita esa magnitud en 2026. El gasto en semiconductores, centros de datos y software mueve centenas de miles de millones de dólares, mientras que la adopción de herramientas de IA en las empresas apenas ronda una quinta parte de las organizaciones, aunque se acelera. Los beneficios se distribuyen de manera desigual: los altos ejecutivos ven cómo su productividad y sus ingresos crecen, mientras que muchos trabajadores temen quedar obsoletos.

¿Hacia el fin de la clase media?
El debate sobre la desaparición de la clase media no es nuevo, pero la irrupción de la IA ha reavivado el temor a una polarización sin precedentes. Estudios recientes sobre la evolución salarial señalan que, sin la automatización, la desigualdad salarial en algunos países europeos habría sido notablemente menor. En términos prácticos, ello habría significado una mayor participación salarial para los trabajadores con ingresos medios y bajos, y una menor cuota para el decil más privilegiado. Las nuevas tecnologías se han convertido en el factor más influyente de la desigualdad, superando a la deslocalización o al nivel educativo.

Análisis de organismos económicos internacionales llegan a una conclusión similar: la adopción de IA ensanchará las brechas de ingresos al trasladar rentas del trabajo al capital. Según estas estimaciones, los ingresos de los trabajadores de menores recursos podrían disminuir alrededor de un par de puntos porcentuales, mientras que los de salarios altos aumentarían cerca de un diez por ciento. La razón es que las tareas complementarias a la IA —aquellas que exigen capacidades cognitivas complejas— son más frecuentes entre profesionales altamente cualificados, por lo que estos se benefician más de los incrementos de productividad.

Para la clase media, la amenaza radica en la desaparición de trabajos rutinarios que fueron durante décadas un trampolín para el ascenso social. Economistas y analistas señalan que profesiones como contabilidad, soporte administrativo, programación básica o servicios legales repetitivos ya se realizan mediante algoritmos. Si las empresas sustituyen masivamente estos puestos, los jóvenes tendrán menos oportunidades de adquirir experiencia y avanzar hacia posiciones senior, preocupación que circula de forma insistente en foros y redes sociales. Algunos observadores temen que el trabajo se convierta en un privilegio para una minoría, mientras la mayoría sobreviva con ingresos de subsistencia, al estilo de la ciencia ficción distópica.

Ganadores y perdedores de la revolución cognitiva
La automatización afecta de manera desigual según la ocupación, la formación y la geografía. En los países ricos, la exposición a la IA es mayor en ocupaciones administrativas y profesionales; sin embargo, los trabajadores con títulos universitarios y las generaciones más jóvenes tienen más probabilidades de beneficiarse de ella. La adopción de sistemas de IA puede liberar a estos profesionales de tareas repetitivas y permitirles concentrarse en decisiones estratégicas o creativas, aumentando su productividad. Experimentos académicos demuestran que, en tareas de consultoría y atención al cliente, los trabajadores inicialmente menos eficientes mejoran mucho con el apoyo de asistentes de IA.

No obstante, en tareas complejas o de investigación científica, la brecha puede ampliarse: en un estudio sobre innovación en materiales, la productividad del grupo de investigadores más destacados creció significativamente gracias a la IA, mientras que el tercio menos productivo apenas mejoró. Este hallazgo sugiere que la tecnología puede multiplicar las capacidades de quienes ya están en la cima, reforzando las desigualdades. Además, la inteligencia artificial generativa es capaz de aprender y emitir juicios expertos, por lo que puede desplazar actividades reservadas a abogados, médicos o creativos publicitarios.

En los países en desarrollo la situación es aún más delicada. Documentos de organismos internacionales advierten que muchos países corren el riesgo de sufrir perturbaciones antes de beneficiarse de la IA. La brecha digital y la composición de tareas explican la diferencia: los puestos administrativos y de oficina —que permiten acceso al empleo decente para mujeres y jóvenes— son más vulnerables a la automatización en los países pobres, pero solo una pequeña proporción de trabajadores dispone de internet y habilidades para aprovechar la tecnología. La consecuencia es que podrían perderse empleos relativamente bien remunerados en estos contextos mientras que la productividad no crece porque las infraestructuras y competencias son insuficientes.

En América Latina se estima que sólo entre el siete y el catorce por ciento de los trabajadores puede delegar tareas a la IA generativa. Estos empleos se concentran en el sector formal urbano y están ocupados por personas con mayor educación, es decir, la clase media urbana. Además, la desigualdad de acceso a tecnologías digitales provoca que los trabajadores del quintil más rico tengan varias veces más probabilidades de beneficiarse de la IA que los más pobres. Sectores como la banca, el sector público y el servicio al cliente son especialmente sensibles a la automatización y están ocupados en gran medida por mujeres y jóvenes.

Descontento social y perspectivas de adaptación
La rápida difusión de la IA suscita sentimientos encontrados. Comentarios populares en foros y redes sociales reflejan indignación por el desplazamiento de jóvenes profesionales y la creciente dificultad para iniciar carreras en tecnología. Muchos usuarios señalan que las empresas utilizan la IA para reducir costos y maximizar beneficios, al tiempo que los salarios de trabajadores de base se estancan o caen. Otros ironizan con que aún hay tareas manuales —como vender comida en la calle— que la IA no puede realizar, mientras que algunos opinan que la eliminación de puestos júnior impedirá a la siguiente generación adquirir experiencia. Estas percepciones revelan un creciente sentimiento de injusticia y un temor a que la IA beneficie solo a una élite.

Sin embargo, también existen voces que recuerdan la capacidad de adaptación humana. A lo largo de la historia, la automatización ha destruido empleos pero también ha creado otros, y quienes se han reciclado han logrado prosperar. Investigadores señalan que la IA generativa puede ser una herramienta de capacitación que iguala a trabajadores menos cualificados en tareas de redacción o atención al cliente. Además, en sectores como la educación y la salud, la IA podría facilitar un acceso más equitativo a servicios de calidad si se abordan las brechas digitales y se forman a los profesionales.

Propuestas para una transición justa
Ante el riesgo de que la IA profundice la desigualdad y erosione a la clase media, múltiples instituciones y líderes han planteado respuestas. Economistas galardonados con el Premio Nobel proponen políticas públicas robustas: programas de protección social, ayudas a la búsqueda de empleo y sistemas fiscales que graven las grandes fortunas. También sugieren mecanismos para compartir la propiedad de las empresas con los trabajadores y reducir la semana laboral sin bajar salarios. Estas medidas buscan distribuir los beneficios de la automatización y dar tiempo para la reconversión profesional.

Otras propuestas incluyen la creación de impuestos específicos a los robots o a las empresas que sustituyen trabajadores por algoritmos, así como la modernización del seguro de desempleo. Organismos internacionales subrayan la necesidad de ampliar la conectividad digital, desarrollar habilidades tecnológicas y fortalecer las instituciones del mercado laboral y los sistemas de protección social. En muchos países se debate también la idea de una renta básica universal o de dividendos tecnológicos, financiados con los beneficios de la automatización, para asegurar un mínimo vital a quienes queden desplazados.

Conclusión y perspectivas para el futuro próximo
La inteligencia artificial no es intrínsecamente destructiva, pero su impacto depende de cómo se integre en la economía y la sociedad. Las evidencias disponibles indican que, sin intervención, la automatización favorece a los trabajadores cualificados y al capital, ensanchando las desigualdades y erosionando la base de la clase media. Para evitarlo, se requieren políticas públicas que redistribuyan los beneficios de la innovación, inversiones en educación y competencias digitales, y una regulación que incentive usos complementarios de la IA en lugar de la sustitución masiva de trabajadores.

El futuro no está escrito. La misma tecnología que amenaza con destruir empleos puede multiplicar la productividad de millones de personas, mejorar servicios públicos y ampliar el acceso al conocimiento. La respuesta colectiva —desde empresas responsables hasta gobiernos previsores y ciudadanos dispuestos a adquirir nuevas habilidades— determinará si la IA se convierte en un catalizador de prosperidad compartida o en el motor de una era de desigualdad y precariedad laboral.  U.Sellmer



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.