El Comercio De La República - Trump sepulta la OTAN

Lima -

Trump sepulta la OTAN




Cuando el presidente estadounidense decidió lanzar la operación militar contra Irán a finales de febrero de 2026, lo hizo sin consultar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte. El ataque buscaba abrir el estrecho de Ormuz y neutralizar infraestructuras iraníes. Pocas horas después, Trump exigió que sus aliados apoyaran el bloqueo naval y autorizasen el uso de sus bases militares. España, Italia, Francia y Alemania se negaron a involucrarse en una guerra que consideraban ilegal; Madrid y Roma impidieron que aviones estadounidenses utilizaran sus bases y espacios aéreos.

Los gobiernos europeo justificaron su negativa en el carácter unilateral de la operación y en el hecho de que la OTAN es una alianza defensiva, no un instrumento para emprender guerras de elección. El primer ministro español, Pedro Sánchez, reiteró públicamente el rechazo a la intervención y la calificó de “error extraordinario” que viola el derecho internacional. Recordó que entre aliados se debe ayudar cuando se tiene razón, pero también señalar cuando uno se equivoca. España subrayó su lema: “No a la guerra”, subrayando que la fuerza no resuelve conflictos. Italia, por su parte, comunicó que la base de Sigonella en Sicilia no se utilizaría para vuelos de combate porque esas operaciones no estaban contempladas en los tratados bilaterales. El ministro de Defensa italiano anunció que cualquier solicitud de uso de bases para operaciones ofensivas se sometería al Parlamento. Francia siguió la misma línea, prohibiendo el sobrevuelo de aviones estadounidenses, lo que provocó la ira de Washington.

Escalada verbal y amenazas de retirada
La reacción de Donald Trump fue furibunda. Calificó a los aliados de “cobardes” y tildó a la OTAN de “tigre de papel” sin Estados Unidos. Sostuvo que la Alianza no estuvo presente cuando EE. UU. la necesitó y advirtió que tampoco estaría si volvían a necesitarla. En sus redes sociales lanzó la amenaza: “lo recordaremos”. Incluso dijo que simpatizaba con los senadores estadounidenses que proponían retirar las tropas de las bases ubicadas en países “poco útiles” como España o Italia.

Las amenazas no quedaron en palabras. Fuentes de la Casa Blanca filtraron que se estudia una reubicación de tropas en países más alineados con Washington y Tel Aviv. La medida afectaría a España, Alemania, Italia y Francia, mientras que Polonia, Rumanía, Lituania y Grecia podrían beneficiarse del traslado de efectivos. Trump ha insistido también en que EE. UU. sólo permanecerá en la OTAN si los aliados “pagan sus facturas” y eleva la exigencia de gasto en defensa hasta el 5 % del PIB para 2035.

Durante los primeros meses de 2026, sus diatribas contra la alianza se intensificaron: propuso invocar el Artículo 5 para proteger la frontera sur de EE. UU., minimizó el papel de los aliados en Afganistán y volvió a calificar a la OTAN de “tigre de papel”. En varias ocasiones declaró que ya no necesitaba ni deseaba la ayuda de los miembros y aseguró que sin Estados Unidos la organización carecía de disuasión. En su cronología de reproches figuran declaraciones en las que acusa a los aliados de aprovecharse de Washington y advierte que su país podría salir de la alianza.

España e Italia: razones de una ruptura
Para España y su gobierno de coalición progresista, la negativa a participar en la ofensiva se explica por tres factores: su apuesta por soluciones diplomáticas, el respeto al derecho internacional y una opinión pública mayoritariamente pacifista. El Ejecutivo recordó la experiencia de la guerra de Irak de 2003 y aseguró que no repetiría “errores del pasado”. Aunque España autorizó el envío de una fragata a Chipre para misiones de rescate y defensa, insistió en que esa participación no equivalía a involucrarse en la guerra. Sánchez afirmó que los aliados deben corregirse entre sí cuando uno comete un error, reiterando que la guerra es “de todas todas ilegal”.

Italia atraviesa una situación similar. La primera ministra Giorgia Meloni se ha distanciado de Estados Unidos tras la ofensiva. Su gobierno se negó a renovar el memorándum de defensa con Israel y suspendió la cooperación militar tras un ataque israelí que mató a cascos azules italianos. En el contexto de la guerra de Irán, Italia priorizó el respeto a sus tratados y a la opinión pública interna, que rechaza mayoritariamente la participación en conflictos exteriores. Solo un 12 % de los italianos tiene una opinión favorable de Trump y en España apenas llega al 15 %.

El distanciamiento con Washington también obedece a la defensa de la soberanía europea. Ambos gobiernos, junto con Francia y Alemania, defienden que Europa debe avanzar hacia una autonomía estratégica que le permita tomar decisiones sin depender exclusivamente de Estados Unidos. Sus Fuerzas Armadas participan en operaciones de defensa y evacuación, pero rechazan ser cómplices de una escalada que consideran ajena a sus intereses y a la legalidad internacional.

Un impacto geopolítico más amplio
La ruptura con España e Italia tiene implicaciones para el equilibrio militar en Europa. La posibilidad de que Estados Unidos cierre bases en Rota, Morón o Sigonella alteraría la arquitectura de defensa del sur de Europa y podría reforzar la presencia estadounidense en el flanco oriental, particularmente en Polonia. Varsovia y otros aliados del este han apoyado la coalición para vigilar el estrecho de Ormuz y están dispuestos a acoger más tropas, reforzando así su papel dentro de la alianza. Esto profundiza una división entre un sur europeo renuente a la guerra y un este más dependiente del escudo estadounidense, pero también interesado en aprovechar la ocasión para aumentar su peso.

Sin embargo, incluso en Estados Unidos la pertenencia a la OTAN conserva un amplio apoyo: encuestas recientes muestran que más de dos tercios de los ciudadanos desean mantener o aumentar el compromiso con la alianza, incluyendo una mayoría de republicanos. Esta brecha entre la opinión pública y el discurso del presidente complica los planes de retirada. Según expertos citados por analistas internacionales, Trump ha erosionado la credibilidad de la cláusula de defensa mutua y sembrado dudas que persistirán más allá de su mandato.

Opinión pública y comentarios ciudadanos
Las reacciones ciudadanas ante la disputa son diversas. Muchos europeos celebran que sus gobiernos se mantengan al margen de una guerra que ven como un error estratégico y moral. Comentarios en redes sociales y foros expresan que Europa debe dejar de ser “buenista” y aprender a defenderse sola. Otros señalan con ironía que, al negarse a facilitar las bases, España e Italia provocarán que la flota estadounidense se marche, lo que obligará a ambos países a asumir mayor responsabilidad en su propia seguridad energética. Algunos internautas critican a Pedro Sánchez por buscar alianzas con potencias emergentes en lugar de respaldar a Washington, mientras otros sostienen que ser enemigo de Trump se ha convertido en un activo electoral.

Hay también voces que se lamentan de la debilidad europea y consideran que la Alianza Atlántica es vital para la protección del continente frente a amenazas como Rusia; temen que la fractura derive en un vacío estratégico que países adversarios podrían aprovechar. En conjunto, la opinión pública refleja tanto cansancio ante la guerra como preocupación por las repercusiones económicas —desde el encarecimiento del combustible tras el cierre de Ormuz hasta la posibilidad de perder inversiones militares— y la necesidad de preservar la seguridad colectiva sin renunciar a los principios de legalidad internacional y soberanía.

Perspectivas
La ofensiva contra Irán y la respuesta europea han abierto la mayor crisis en la OTAN desde su creación. Donald Trump ha multiplicado las amenazas y exigencias, condicionando la permanencia de Estados Unidos en la alianza al aumento del gasto europeo y a la colaboración en su agenda militar. España e Italia, apoyadas por Francia y Alemania, han optado por la desobediencia pacífica: retirarse de operaciones ofensivas, defender el derecho internacional y buscar una autonomía estratégica.

Si la Casa Blanca cumple sus amenazas de retirar bases, la reconfiguración del despliegue podría beneficiar a Polonia y otros países del este, pero también erosionar el tejido político que sostiene la Alianza. Mientras tanto, la opinión pública europea sigue desconfiando de un presidente que muchos consideran impredecible y belicoso. La historia de la OTAN enseña que su fuerza radica en la unidad y la confianza mutua; sin ellas, la alianza corre el riesgo de quedar, como dijo el propio Trump, en un “tigre de papel”.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.