El Comercio De La República - Rebelión armada en Bolivia

Lima -

Rebelión armada en Bolivia




Bolivia atraviesa uno de los momentos más tensos de su historia reciente. El Gobierno de Rodrigo Paz, que asumió hace seis meses con un discurso conciliador y promesas de estabilidad económica, se enfrenta a un movimiento de protesta creciente. En las últimas semanas, el país ha sido escenario de marchas multitudinarias, bloqueos de carreteras y enfrentamientos en las calles de La Paz y El Alto. Lo que comenzó como una movilización sindical por aumentos salariales y el rechazo a la Ley 1720 terminó convirtiéndose en un desafío directo al Ejecutivo: los manifestantes exigen la renuncia del presidente y algunos grupos han tomado las armas para forzar su salida.

Aparición de grupos armados e irregulares
En medio de la escalada de movilizaciones, videos difundidos en redes sociales muestran a hombres encapuchados en una zona del altiplano de Oruro que marchan en formación y portan fusiles antiguos. Se identifican como indígenas de los ayllus y corean consignas como “ahora sí, guerra civil”. Las autoridades atribuyen estas imágenes a la facción aymara conocida como los Ponchos Rojos, un grupo campesino ligado históricamente a Evo Morales. José Luis Gálvez, portavoz del Gobierno, denunció que algunos de sus líderes instaron a los manifestantes a acudir con “todas las armas posibles” y señaló a Bernabé Gutiérrez Paucara, exfuncionario del Ministerio de Defensa, como la cabeza del llamado “comité de conflicto”.

Los Ponchos Rojos surgieron en la provincia de Omasuyos y se hicieron visibles durante las protestas de 2003. Sus miembros se caracterizan por vestir el tradicional poncho rojo con bordes negros y por portar chicotes como símbolo de autoridad. Durante los años del Movimiento al Socialismo (MAS) fueron un brazo de apoyo al expresidente Morales, aunque analistas bolivianos señalan que no son una milicia centralizada, sino una red de comunidades que se autoconvocan cuando perciben amenazas a sus derechos. La presencia de armas en sus movilizaciones, según el antropólogo Pedro Portugal, se debe más a la tradición de autodefensa con fusiles viejos que a una capacidad bélica moderna.

A los Ponchos Rojos se suman videos de otros grupos que exhiben armas de alto calibre y amenazan con tomar cuarteles. El Ministerio de Defensa advirtió sobre la presencia de “grupos irregulares” en las protestas y prometió actuar dentro de la ley para garantizar la seguridad. Estas imágenes provocaron alarma en La Paz y reavivaron el fantasma del golpe militar de 2024, cuando un sector de las Fuerzas Armadas intentó derrocar al entonces presidente Luis Arce. Sin embargo, en esta ocasión la amenaza no proviene del Ejército sino de organizaciones civiles que combinan reivindicaciones económicas con consignas de guerra.

Un conflicto con raíces económicas y políticas
Las protestas no son un fenómeno aislado. Bolivia arrastra desde 2025 una severa crisis económica. El Gobierno de Rodrigo Paz eliminó los subsidios a los combustibles para estabilizar las finanzas públicas, lo que disparó los precios casi un 90 % y generó malestar entre transportistas, campesinos y trabajadores. También aprobó la polémica Ley 1720, que regulaba el uso de recursos naturales, y una reforma laboral que sectores sindicales consideran regresiva. Aunque el Ejecutivo ofreció bonos para familias vulnerables, aumentó el salario mínimo y derogó parcialmente la norma, el desencanto creció.

A ese contexto se sumó la ruptura dentro del MAS, partido que dominó la política boliviana durante dos décadas. Evo Morales, refugiado en el Chapare para eludir una orden de arresto por un caso de trata de menores, acusa a Luis Arce y a Rodrigo Paz de traicionar las bases populares. Morales promueve la idea de convocar nuevas elecciones y sus seguidores han convertido las protestas en una batalla por el liderazgo de la izquierda. La Central Obrera Boliviana, federaciones campesinas y sindicatos de maestros y mineros se aliaron a las marchas, mientras que otros sectores han pactado con el Gobierno. Las divisiones internas avivaron la sensación de vacío de poder y alimentan la narrativa de un supuesto golpe en marcha.

Enfrentamientos y bloqueo de ciudades
El departamento de La Paz quedó prácticamente aislado durante más de dos semanas debido a los bloqueos de carreteras. Camiones con alimentos, combustible y oxígeno para hospitales quedaron varados, provocando desabastecimiento y la muerte de al menos cuatro personas —entre ellas un niño de doce años— por falta de atención médica. En El Alto, manifestantes cortaron el acceso al aeropuerto y quemaron neumáticos. Las marchas que bajaron a la sede de Gobierno estuvieron integradas por más de diez mil personas y derivaron en choques con la policía: los manifestantes lanzaron dinamitas y petardos; los agentes respondieron con gases lacrimógenos. Hubo saqueos y ataques contra el Tribunal Departamental de Justicia, estaciones del teleférico y comercios privados. Al menos dos periodistas resultaron heridos mientras cubrían los disturbios.

Las fuerzas de seguridad han detenido a decenas de personas y liberado posteriormente a algunas de ellas. El Gobierno se ha resistido a declarar un estado de excepción y ha apostado por el diálogo, aunque ha advertido que no tolerará la violencia. Pese a ello, el discurso oficial endurece su tono: el viceministro de Régimen Interior, Hernán Paredes, calificó la marcha de los seguidores de Morales como un “intento conspirativo” y afirmó que los movilizados están librando “una batalla final” para desestabilizar al Ejecutivo. La plaza Murillo, sede de los poderes del Estado, permanece cercada por cordones policiales y barricadas.

¿Golpe de Estado o rebelión social?
La pregunta que recorre los titulares es si Bolivia está frente a un nuevo golpe de Estado. Para muchos analistas, comparar la actual crisis con la asonada militar de 2024 es exagerado. No hay un sector del Ejército sublevado ni un liderazgo claro que aspire a tomar el poder por la fuerza. Sin embargo, la combinación de violencia en las calles, la presencia de grupos armados y los llamamientos a la guerra civil crean un clima de inestabilidad que puede erosionar el orden constitucional. La oposición denuncia un posible “autogolpe” del propio Gobierno para justificar medidas represivas, mientras que el oficialismo responsabiliza a Morales de alentar una insurrección para regresar al Palacio Quemado.

El desenlace de esta crisis dependerá de la capacidad de las partes para negociar. Rodrigo Paz ha recibido el respaldo de gobiernos conservadores de América del Sur y de Estados Unidos, que consideran las protestas una amenaza a la democracia. En contraste, el presidente colombiano, Gustavo Petro, y otros líderes de izquierda han expresado simpatía por los manifestantes, lo que ha generado tensiones diplomáticas. Internamente, la negociación con sindicatos y organizaciones sociales podría aliviar los bloqueos, pero el factor más imprevisible sigue siendo el rol de los grupos armados. Si éstos deciden escalar la confrontación, el riesgo de que la violencia se desborde aumenta.

Por ahora, Bolivia se encuentra atrapada entre el desgaste económico y la pugna política. La acusación de “golpe de Estado” es un reflejo de ese clima polarizado donde cada bando intenta apropiarse de la narrativa. Lo cierto es que el país necesita urgentemente un acuerdo que restablezca la paz social y evite que la rebelión de grupos armados se convierta en una tragedia mayor.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.