El Comercio De La República - La bomba fiscal de Petro

Lima -

La bomba fiscal de Petro




Colombia no está en suspensión de pagos, pero el deterioro de sus cuentas públicas ha convertido el cambio de Gobierno en una operación de alto riesgo. La factura no consiste solo en una deuda mayor, sino en un ajuste que todavía no tiene medidas aprobadas, ingresos seguros ni respaldo político.

La quiebra no es literal
Colombia no está quebrada. El Estado sigue atendiendo sus obligaciones, conserva acceso a los mercados, dispone de reservas internacionales y mantiene una economía en crecimiento. Hablar de quiebra como si el país estuviera a punto de dejar de pagar salarios, pensiones o bonos soberanos sería una exageración. Sin embargo, reducir el debate a esa corrección semántica también sería un error. Lo que recibe el próximo presidente es una combinación excepcionalmente delicada de déficit elevado, deuda costosa, inflación persistente, gasto rígido y poco tiempo para actuar.

El cierre fiscal de 2025 dejó una señal inequívoca. El déficit del Gobierno nacional central alcanzó el 6,4 por ciento del producto interno bruto y el déficit primario, que excluye los intereses de la deuda, se situó en el 3,5 por ciento. Este último dato es especialmente importante. Significa que el desequilibrio no nace únicamente del coste financiero acumulado, sino que los ingresos ordinarios tampoco alcanzan para cubrir el gasto antes de pagar intereses. Cuando un Estado mantiene un déficit primario tan amplio, necesita endeudarse no solo para refinanciar vencimientos, sino también para sostener su funcionamiento cotidiano.

La deuda neta del Gobierno nacional cerró 2025 en el 58,6 por ciento del producto interno bruto. Esa proporción no equivale por sí sola a insolvencia y permanece por debajo de la de numerosas economías avanzadas. El problema colombiano está en la relación entre deuda, crecimiento, tipos de interés y capacidad tributaria. Un país con ingresos fiscales relativamente bajos, una economía que avanza a un ritmo moderado y una elevada prima de riesgo puede soportar menos deuda que otro con mercados profundos, moneda de reserva y financiación barata. Por eso la discusión no puede limitarse a comparar porcentajes de manera aislada.

El agujero que cambia de tamaño
La controversia central aparece al comparar la senda oficial con una estimación técnica independiente. El Gobierno plantea reducir el déficit total a alrededor del 5,3 por ciento del producto interno bruto en 2026. El escenario alternativo lo sitúa en el 7,4 por ciento y calcula un déficit primario del 4,1 por ciento. La diferencia no es un matiz contable. Equivale a decenas de billones de pesos y altera por completo la trayectoria de la deuda. La proyección oficial presupone una reducción visible del gasto primario, aplazamientos efectivos y una ejecución mucho más contenida. El cálculo independiente considera que buena parte de ese gasto ya está comprometida, que el margen de recorte se ha estrechado y que las apropiaciones de funcionamiento e inversión están subestimadas en cerca de 39,6 billones de pesos. Bajo ese escenario, la deuda neta alcanzaría el 61 por ciento del producto interno bruto en 2026, el nivel más alto de la serie histórica reciente.

Esta brecha revela el problema político que se esconde detrás de las cifras. Un presupuesto puede presentar una meta de gasto inferior, pero esa meta solo adquiere valor cuando se traduce en decretos, recortes reales, menores compromisos y una ejecución compatible con el objetivo. Aplazar pagos tampoco elimina una obligación. Puede mejorar la caja durante unos meses y empeorar la herencia del ejercicio siguiente. En una transición presidencial, la tentación de desplazar facturas hacia el nuevo Gobierno es particularmente peligrosa, porque transforma un ajuste gradual en una urgencia concentrada.

A ello se suma la rigidez presupuestaria. Pensiones, transferencias territoriales, salud, nóminas, servicio de la deuda y obligaciones protegidas por normas legales o constitucionales absorben la mayor parte del gasto. El componente verdaderamente flexible es mucho menor de lo que sugiere el tamaño total del presupuesto. Por eso los anuncios genéricos de austeridad suelen producir menos ahorro del prometido o terminan recayendo sobre la inversión pública, que es la partida más sencilla de frenar y una de las más necesarias para elevar el crecimiento futuro.

El verdadero detonador está en 2027
La bomba fiscal no tiene la forma de un impago inmediato. Su detonador es el tamaño del ajuste que debe comenzar en 2027 y consolidarse desde 2028. Para alcanzar la meta prevista de balance primario en 2027 sería necesario aumentar ingresos o reducir gastos por un monto equivalente a cerca del 3,7 por ciento del producto interno bruto. Es uno de los esfuerzos fiscales más exigentes de la historia reciente del país.

El plan oficial descansa en una reforma tributaria estructural que aportaría alrededor del 1,4 por ciento del producto interno bruto. El contenido concreto, la distribución de la carga y la viabilidad parlamentaria de esa reforma no están asegurados. Incluso si se aprobara íntegramente, seguiría quedando una parte sustancial del ajuste por resolver mediante recortes, eficiencia administrativa, lucha contra la evasión o nuevas fuentes de ingreso. El próximo presidente no heredará una solución, sino una meta construida sobre decisiones que todavía no existen. La cláusula de escape de la regla fiscal ofreció espacio temporal para administrar el deterioro, pero no borró la restricción presupuestaria. El retorno a una senda más estricta desde 2028 exige superávits primarios sostenidos. Sin medidas de política, la deuda neta podría subir al 66,6 por ciento del producto interno bruto en 2027 y acercarse con rapidez al límite legal del 71 por ciento. En un escenario inercial, ese umbral se superaría en 2028. No es una predicción inevitable, sino una advertencia sobre lo que ocurriría si el país continuara gastando y recaudando bajo las mismas condiciones.

La diferencia es crucial. Colombia todavía puede corregir el rumbo, pero cada trimestre de demora aumenta el coste. Un ajuste preventivo permite escoger prioridades, proteger a los hogares vulnerables y repartir el esfuerzo en varios años. Un ajuste impuesto por la pérdida de confianza llega acompañado de devaluación, tipos de interés más altos, menor crédito, caída de la inversión y recortes desordenados. En ese punto, el debate deja de ser ideológico y se convierte en una restricción financiera.

La deuda ya compite con el Estado
La presión no procede únicamente del volumen de la deuda, sino de su precio. Para 2027, los intereses internos previstos ascienden a unos 74,2 billones de pesos, un incremento cercano al 33 por ciento frente a 2026. Dentro del programa de financiación, esa carga representaría más de tres cuartas partes del déficit que debe cubrirse. Cuanto más dinero se destina a intereses, menos queda para seguridad, infraestructura, educación, salud o políticas sociales. La pérdida de calidad crediticia agrava esa dinámica. Dos de las tres principales agencias internacionales mantienen la deuda colombiana en grado especulativo, mientras la tercera la conserva en el último escalón del grado de inversión. Esto no cierra automáticamente los mercados, pero amplía la base de inversores que exige una rentabilidad mayor y reduce la tolerancia frente a errores fiscales. El soberano termina compitiendo con empresas y hogares por financiación a un coste elevado.

El presidente electo Abelardo de la Espriella ha planteado refinanciar y reperfilar parte de la deuda mediante conversaciones con bancos internacionales y organismos multilaterales. La estrategia puede ser razonable si alarga vencimientos, reduce picos de amortización y sustituye obligaciones caras por recursos más baratos. Pero el reperfilamiento no corrige un déficit primario. Cambiar el calendario de pagos compra tiempo; no crea ingresos ni elimina gastos. Sin un programa fiscal creíble, la operación solo trasladaría la presión hacia años posteriores.

También importa el lenguaje. Refinanciar de manera voluntaria y preventiva es una herramienta habitual de gestión de pasivos. Renegociar bajo presión o insinuar que las condiciones dejarán de cumplirse puede activar temores de reestructuración. En una economía sensible a los flujos de capital, unas pocas palabras mal calibradas pueden encarecer de inmediato los bonos, debilitar el peso y elevar el coste de toda la deuda nueva.

Inflación y tipos altos
El deterioro fiscal coincide con una inflación que volvió a alejarse de la meta. En junio de 2026, la variación anual de los precios alcanzó el 6,14 por ciento. La autoridad monetaria respondió elevando el tipo de intervención al 12 por ciento. Esa combinación restringe el margen del nuevo Gobierno: el ajuste fiscal necesita una economía resistente, pero los tipos elevados enfrían el crédito, encarecen la vivienda, dificultan la inversión empresarial y aumentan el servicio de la deuda pública. La política fiscal y la monetaria se encuentran así en direcciones opuestas. Cuando el gasto público mantiene una demanda superior a la capacidad productiva, el banco central necesita aplicar una postura más dura para contener precios y expectativas. El resultado puede ser un círculo costoso: el déficit obliga a emitir más deuda, la inflación obliga a mantener tipos altos y esos tipos elevan la factura de intereses, lo que a su vez amplía el déficit.

No todo el cuadro es recesivo. La economía creció un 2,6 por ciento en 2025 y avanzó un 2,2 por ciento interanual en el primer trimestre de 2026. La tasa de desempleo nacional bajó al 8 por ciento en mayo, y las reservas internacionales netas se situaban en 66.300 millones de dólares al cierre de 2025. Estos datos explican por qué no existe una quiebra inmediata. Colombia conserva amortiguadores, una estructura productiva diversificada y capacidad institucional para evitar un desenlace extremo. La dificultad es que un crecimiento cercano al 2 por ciento no basta para absorber con facilidad una deuda que aumenta mientras su coste real supera la expansión de la economía. La salida no puede descansar en esperar que el producto interno bruto resuelva por sí solo el desequilibrio. El crecimiento ayuda, pero necesita inversión, seguridad jurídica, infraestructura, energía fiable y un marco fiscal estable. Un ajuste mal diseñado podría hundirlo; la ausencia de ajuste también.

Qué parte corresponde a Petro
Atribuir toda la fragilidad actual a Gustavo Petro sería históricamente incorrecto. Colombia llegó a 2022 con una deuda elevada tras la pandemia, un sistema tributario complejo, fuertes obligaciones pensionales, gasto inflexible y una dependencia considerable de ingresos vinculados al petróleo. Varios de los problemas que hoy restringen al Estado fueron acumulados durante gobiernos anteriores y no admitían una solución rápida. Sin embargo, tampoco resulta defendible presentar la situación como una herencia ajena. Durante el mandato de Petro se ampliaron compromisos permanentes en un contexto de ingresos más débiles de lo esperado. El ajuste del gasto llegó tarde, las previsiones de recaudo fueron repetidamente optimistas y el recurso a operaciones de manejo de deuda mejoró algunos resultados de corto plazo sin resolver el desequilibrio estructural. La activación de la cláusula de escape evitó un recorte abrupto, pero trasladó al siguiente Gobierno una corrección mayor y políticamente más difícil.

La administración saliente puede exhibir avances reales. El empleo mejoró, la economía recuperó dinamismo frente al bajo crecimiento anterior y se redujo una parte de la presión asociada a los subsidios a los combustibles. También hubo una expansión de políticas sociales que sus defensores consideran necesaria para reducir desigualdad. El problema no es la existencia de objetivos sociales, sino la falta de financiación permanente para sostenerlos sin deteriorar la solvencia.

La responsabilidad fiscal no se mide por la popularidad de un programa, sino por la correspondencia entre derechos, promesas e ingresos duraderos. Un gasto financiado con deuda puede ser justificable durante una emergencia o para una inversión que eleve la productividad. Se vuelve peligroso cuando cubre obligaciones recurrentes sin una fuente estable de recaudo. Esa es la parte más pesada de la herencia de Petro: no un país quebrado, sino un Estado con promesas crecientes y una caja que no creció al mismo ritmo.

El margen del nuevo presidente
De la Espriella asumirá el 7 de agosto con un mandato electoral estrecho y un Congreso fragmentado. Su programa de reducción del tamaño del Estado tendrá que enfrentarse a contratos, leyes, transferencias y derechos adquiridos que no desaparecen mediante una orden presidencial. Al mismo tiempo, una reforma tributaria amplia puede chocar con la promesa de aliviar la carga sobre empresas y contribuyentes. La aritmética fiscal obligará a escoger entre compromisos de campaña incompatibles. La primera tarea será establecer una línea de base creíble. El país necesita saber cuánto gasto está comprometido, qué cuentas quedaron aplazadas, cuáles son los vencimientos relevantes y qué ingresos pueden considerarse permanentes. Sin esa radiografía, cualquier cifra de ahorro será propaganda. La segunda tarea será presentar un paquete plurianual que combine recortes selectivos, revisión de subsidios, mejor focalización social, lucha contra la evasión, fortalecimiento de la administración tributaria y una reforma de ingresos que distribuya el esfuerzo sin destruir inversión.

El orden del ajuste importa tanto como su tamaño. Recortar primero la inversión puede mejorar el déficit de un año y empeorar la relación entre deuda y producto en los siguientes. Subir impuestos de forma improvisada puede aumentar el recaudo nominal y acelerar la informalidad. Congelar pagos a proveedores puede maquillar la caja y asfixiar empresas. Un programa serio debe proteger proyectos con alto retorno, eliminar duplicidades, revisar beneficios tributarios ineficientes y concentrar el gasto social en quienes realmente lo necesitan.

La credibilidad también dependerá de la relación con el Banco de la República. Presionar a la autoridad monetaria para abaratar artificialmente el crédito produciría el efecto contrario si eleva las expectativas de inflación y debilita el peso. La coordinación adecuada no significa subordinación, sino consistencia: un Gobierno que reduce el déficit facilita que los tipos bajen de forma sostenible y libera recursos para el sector privado.

Una carrera contra la confianza
Las crisis fiscales rara vez comienzan el día en que se publica una cifra alarmante. Suelen incubarse durante años de aparente normalidad y estallan cuando los acreedores dejan de creer que el Estado corregirá a tiempo. El cambio puede ser brusco. Una subasta de deuda que antes encontraba demanda suficiente empieza a exigir más rentabilidad, el tipo de cambio se deprecia, los inversores acortan plazos y el Tesoro descubre que cada refinanciación cuesta más que la anterior. Colombia todavía está antes de ese punto. Tiene reservas, instituciones económicas, un mercado local de deuda y una sociedad acostumbrada a debatir reformas difíciles. Pero la ventana se estrecha. La diferencia entre el escenario oficial y el escenario técnico independiente muestra que no basta con prometer disciplina. Las medidas deben aprobarse, ejecutarse y ser verificables.

La llamada bomba que Petro deja al nuevo presidente no es un artefacto oculto ni una fecha predeterminada para la quiebra. Es una factura visible compuesta por déficit primario, deuda más cara, gasto rígido, inflación y reformas aplazadas. Puede desactivarse, pero exige decisiones que tendrán costes políticos inmediatos y beneficios que solo aparecerán con el tiempo.

El próximo Gobierno deberá elegir entre administrar ese coste de manera ordenada o permitir que los mercados lo impongan de forma caótica. Esa es la verdadera frontera fiscal de Colombia. No la quiebra de hoy, sino el riesgo de perder mañana la capacidad de decidir cómo, cuándo y sobre quién recaerá el ajuste.



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.