El Comercio De La República - Ataque conjunto sobre Irán

Lima -

Ataque conjunto sobre Irán




En la madrugada del sábado 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva militar coordinada dentro de Irán, un salto cualitativo que rompe el frágil equilibrio regional y eleva el conflicto a un escenario de guerra abierta entre potencias con capacidad de escalar rápidamente. En cuestión de horas, la secuencia de ataques, represalias y advertencias convirtió lo que hasta hace poco era presión diplomática y guerra indirecta en una confrontación directa, con consecuencias inmediatas para la seguridad de Oriente Medio, la estabilidad energética mundial y el orden internacional.

La operación —presentada por Washington como “grandes operaciones de combate” y por Jerusalén como una campaña conjunta para neutralizar una amenaza existencial— golpeó infraestructuras militares y puntos asociados al programa nuclear y al arsenal de misiles iraní. Fuentes oficiales estadounidenses y israelíes sostienen que el objetivo central es impedir que Teherán consolide capacidades estratégicas que, a su juicio, harían imposible la disuasión tradicional. Teherán, por su parte, denuncia una agresión contra un Estado soberano y acusa a ambos países de abrir deliberadamente una guerra con consecuencias imprevisibles, incluyendo víctimas civiles.

Un ataque planificado para maximizar el impacto
Más allá del número y la intensidad de los bombardeos, la elección del momento fue determinante. Irán no organiza su semana laboral como la mayoría de países occidentales: su fin de semana se concentra habitualmente en jueves y viernes, de modo que el sábado marca el arranque efectivo de la actividad en muchas instituciones y servicios. Lanzar una ofensiva a primera hora del sábado implica, en términos prácticos, impactar sobre un país que empieza su “lunes” operativo. Esa decisión, subrayan analistas militares, aumenta la probabilidad de daños reales sobre capacidades de mando, logística y defensa, y no solo sobre edificios vacíos o infraestructuras simbólicas.

Desde semanas antes, la región venía acumulando señales de tensión: movimientos navales, refuerzos de defensa aérea, advertencias sobre el riesgo para la aviación civil y la sombra de una ruptura definitiva de la negociación nuclear. La ofensiva llega, además, tras un periodo en el que los canales de diálogo —directos o indirectos— se mantenían abiertos al menos formalmente. De ahí que el giro haya sido percibido como abrupto incluso por actores que, hasta hace poco, apostaban por contener la crisis mediante presión y sanciones.

El giro de Washington: de la presión a la lógica del “cambio de régimen”
El elemento que más ha sacudido la escena diplomática no es únicamente el ataque, sino el tono político con el que la Casa Blanca lo acompaña. En un mensaje difundido pocas horas después del inicio de la ofensiva, el presidente estadounidense dejó atrás el lenguaje de “disuasión” y “negociación bajo presión” para dirigirse directamente a las fuerzas armadas, la Guardia Revolucionaria y los cuerpos policiales iraníes con un ultimátum inusual: deponer las armas a cambio de inmunidad, o enfrentarse a una respuesta letal.

Ese mensaje —interpretado en Teherán como una llamada explícita a fracturar la estructura del Estado— alimenta el temor a que la campaña no busque únicamente degradar capacidades militares, sino precipitar un escenario de colapso interno o transición forzada. Para los partidarios de una línea dura, el argumento es que el régimen iraní utiliza su aparato de seguridad para sostener una política regional agresiva y un programa de armamento que, si se consolida, multiplicaría el coste de cualquier contención futura. Para sus críticos, en cambio, el planteamiento empuja a la región hacia una espiral de caos en la que la población civil paga el precio inmediato y en la que la salida política se vuelve aún más improbable.

Israel se suma con su propia doctrina: “Rugido del León” y una guerra preventiva
Israel, que desde hace años sitúa el programa nuclear iraní y su red de milicias aliadas como el principal desafío estratégico, enmarca la ofensiva dentro de una lógica de guerra preventiva: golpear antes de que el adversario alcance un umbral irreversible. En su discurso, el primer ministro israelí presentó la operación conjunta como un intento de “poner fin a la amenaza” del régimen de los ayatolás, destacando la prioridad de neutralizar capacidades que podrían saturar defensas y alterar el equilibrio de poder regional.

En la práctica, la campaña israelí se apoya en tres ejes: degradar la defensa aérea iraní, reducir la capacidad de lanzamiento de misiles y drones, y golpear nodos de mando, control y logística. El objetivo no es menor: Irán ha invertido durante años en una doctrina de disuasión basada menos en fuerzas aéreas convencionales y más en misiles balísticos, drones y redes de aliados armados fuera de sus fronteras. Para Israel, esa combinación constituye una amenaza existencial; para Irán, es el núcleo de su supervivencia estratégica.

Teherán responde: represalias regionales y advertencia de escalada
La reacción iraní no tardó en llegar. En las primeras horas tras los bombardeos, se registraron ataques con misiles contra intereses estadounidenses en distintos puntos de la región y alertas de seguridad en varios países. También se activaron sirenas y protocolos de emergencia en Israel, con la población llamada a mantenerse cerca de refugios ante posibles oleadas de represalias.

Aunque el alcance exacto de los daños iniciales ha sido objeto de declaraciones contrapuestas, el patrón es claro: Teherán busca demostrar capacidad de respuesta sin cerrar de inmediato todas las vías de escalada, manteniendo la opción de aumentar la intensidad si la campaña continúa. En otras palabras, la represalia funciona como señal militar y política: Irán quiere evitar que se consolide la idea de que puede ser golpeado sin coste.

Al mismo tiempo, dentro de Irán el impacto político es profundo. A las tensiones internas acumuladas en los últimos meses —marcadas por protestas, represión y una economía bajo presión— se suma ahora el shock de un ataque directo. La pregunta que domina el cálculo interno es si el país se agrupará en torno al poder por instinto de supervivencia o si, por el contrario, la presión militar externa acelerará fracturas y luchas internas.

La dimensión más explosiva: el liderazgo iraní bajo ataque
En medio de la ofensiva, informaciones procedentes de canales oficiales iraníes difundieron la muerte del líder supremo, Ali Jameneí, un acontecimiento de enorme gravedad que, de confirmarse plenamente en todos sus extremos, abriría un escenario de sucesión sin precedentes en el contexto de una guerra. La desaparición del máximo referente político y religioso de la República Islámica implicaría reconfiguraciones inmediatas en el aparato de poder, disputas entre facciones, y riesgos de decisiones precipitadas con tal de demostrar control.

La eliminación de figuras de máxima jerarquía —si se traduce en una decapitación real del mando— puede producir dos efectos opuestos: debilitar la coordinación militar o, por el contrario, radicalizarla, con dirigentes buscando legitimidad a través de una respuesta más dura. En escenarios así, el peligro no reside solo en el intercambio de ataques, sino en la volatilidad de la cadena de mando y en la presión interna por “no parecer débil”.

La ONU entra en escena: condena, choque diplomático y presión para frenar la espiral
La magnitud de la operación y el riesgo de contagio regional llevaron a una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La sesión se convirtió en un choque directo entre delegaciones, con acusaciones de violación del derecho internacional y advertencias sobre una conflagración mayor.

El secretario general de la ONU condenó tanto los ataques como las represalias y advirtió del riesgo de un conflicto más amplio, reclamando una desescalada inmediata y el retorno a la diplomacia. En el Consejo, Washington defendió su operación como una acción para impedir que Irán alcance capacidades nucleares militares; Israel insistió en la idea de amenaza existencial; Irán denunció crímenes de guerra y la muerte de civiles. Rusia y China elevaron el tono contra la ofensiva, subrayando que un ataque de este calibre puede desencadenar desastres humanitarios y económicos, además de riesgos asociados a instalaciones sensibles.

La diplomacia europea, atrapada entre el temor a la proliferación y la alarma por la guerra abierta, presiona para reactivar canales de negociación y contener la escalada. Sin embargo, el margen de maniobra se estrecha: cuando las operaciones militares se presentan explícitamente como un impulso al cambio de régimen, la lógica de compromisos se vuelve políticamente tóxica para todas las partes.

El Estrecho de Ormuz: el cuello de botella que puede incendiar la economía global
Si existe un punto capaz de convertir esta guerra en una crisis mundial, es el Estrecho de Ormuz. Tras los ataques, se multiplicaron los reportes sobre una interrupción de la navegación o restricciones severas, con compañías navieras y actores del mercado energético reaccionando con suspensiones y desvíos. El motivo es evidente: por ese corredor marítimo pasa una porción crítica del comercio global de petróleo y gas.

El cierre total o parcial, aunque fuera temporal, actúa como arma estratégica. Para Irán, Ormuz es una palanca de presión: si su territorio es bombardeado, puede elevar el coste global de la ofensiva. Para el resto del mundo, es un recordatorio de que la guerra no se queda en Oriente Medio: se traduce en energía más cara, inflación, inestabilidad financiera y problemas de abastecimiento. Y cuanto más se prolongue la incertidumbre, más se encarecerán seguros, fletes y rutas alternativas.

Cielos cerrados, rutas desviadas: el impacto inmediato en la aviación civil y la movilidad
En paralelo, los cielos de la región comenzaron a “apagarse”. Las alertas de seguridad y los cierres preventivos de espacio aéreo obligaron a aerolíneas a evitar corredores sobre Irán y zonas limítrofes. La aviación comercial, extremadamente sensible al riesgo de misiles o errores de identificación en contextos de guerra, tiende a reaccionar con rapidez: desvíos masivos, cancelaciones y un aumento notable de tiempos de vuelo y costes operativos.

La interrupción de rutas no es un detalle menor. En conflictos regionales anteriores, el cierre de espacios aéreos ha fragmentado el mapa de conexiones entre Europa y Asia, encareciendo billetes, saturando aeropuertos de escala y afectando cadenas logísticas. En una escalada como la actual, el efecto se multiplica.

El núcleo estratégico: misiles, drones y el programa nuclear
El debate sobre Irán suele concentrarse en su programa nuclear, pero la guerra actual revela que el verdadero centro de gravedad estratégico puede estar en los misiles. Irán ha construido una arquitectura de disuasión basada en la capacidad de lanzar oleadas que saturen defensas, con un componente adicional: drones más baratos, abundantes y difíciles de neutralizar de forma completa.

La ofensiva conjunta busca degradar esa capacidad antes de que crezca aún más y antes de que instalaciones sensibles se vuelvan inaccesibles. En los últimos meses, se había intensificado la preocupación por la modernización de infraestructuras subterráneas y por la posibilidad de que Irán preservara reservas significativas de uranio enriquecido, a la vez que avanzaba en capacidades de vectores (misiles) que amplían su alcance de amenaza.

Desde Teherán, la lectura es opuesta: renunciar a misiles o a capacidades de disuasión equivaldría a quedar indefenso ante potencias superiores en fuerza aérea y tecnológica. Por eso, cualquier negociación que exija “cero” en misiles o un desmantelamiento total tiende a estrellarse contra la lógica de supervivencia del régimen. ¿Qué viene ahora? Tres escenarios posibles

La escalada abre, al menos, tres escenarios:
Campaña corta y coercitiva: Estados Unidos e Israel sostienen ataques durante días o semanas con el objetivo de destruir capacidades clave, buscando que Irán acepte condiciones nuevas o se repliegue regionalmente. En este escenario, Teherán responde sin escalar al máximo, preservando margen para una salida negociada.

Guerra regional prolongada:
Irán intensifica ataques contra bases y aliados de Washington, y contra Israel, mientras redes aliadas y milicias actúan en varios frentes. Se multiplican los golpes y la región entra en un conflicto de desgaste con alto impacto económico. Colapso político y caos interno: si el liderazgo iraní entra en una crisis de sucesión bajo bombardeo y con tensiones sociales previas, la guerra podría catalizar una ruptura del orden interno. Este escenario no garantiza una transición estable; podría derivar en fragmentación, represión extrema o violencia interna.

A 1 de marzo de 2026, el mundo asiste a un punto de inflexión: la confrontación ya no es una posibilidad teórica, sino una realidad operativa. Mientras continúan los ataques y las represalias, la pregunta decisiva es si la comunidad internacional podrá abrir una vía de contención antes de que la lógica militar, una vez desatada, convierta esta guerra en el epicentro de una crisis global.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.