El Comercio De La República - Ceuta ante la guerra híbrida

Lima -

Ceuta ante la guerra híbrida




Lo ocurrido en Ceuta entre el 30 y el 31 de julio de 2026 desborda la definición habitual de crisis migratoria. En un espacio urbano de apenas veinte kilómetros cuadrados, con una población cercana a las 85.000 personas, la llegada repentina de decenas de miles de ciudadanos procedentes de Marruecos alteró en pocas horas el funcionamiento de la ciudad, saturó los recursos de acogida, obligó a desplegar unidades militares y dejó una tragedia humana cuyo balance provisional supera las ocho decenas de fallecidos. Las autoridades españolas terminaron situando el volumen del episodio en torno a 72.000 entradas, mientras el Gobierno ceutí elevó la estimación y Marruecos ofreció una cifra considerablemente menor. La discrepancia estadística no cambia lo esencial: la frontera exterior de España y de la Unión Europea perdió temporalmente su capacidad de control.

La mayoría de quienes cruzaron regresó a Marruecos en los días siguientes, bien de forma voluntaria, bien mediante procedimientos de retorno. Aun así, entre 3.000 y 5.000 personas seguían en la ciudad al finalizar la primera semana de agosto, entre ellas alrededor de 1.100 menores no acompañados cuya situación exige garantías reforzadas, identificación individual y una evaluación basada en su interés superior. Ceuta no sólo tuvo que recuperar el perímetro. También hubo de atender a heridos, localizar desaparecidos, reforzar servicios forenses, habilitar espacios de emergencia y sostener una convivencia sometida a una presión excepcional.

La dimensión del episodio obliga a formular una pregunta incómoda. ¿Fue una concatenación espontánea de rumores, desesperación económica y fallos de coordinación, o se trató de una forma de presión deliberada sobre España? La respuesta rigurosa exige separar lo comprobado de lo que todavía pertenece al terreno de la sospecha.

Qué significa realmente hablar de guerra híbrida
La guerra híbrida no consiste simplemente en emplear medios distintos de los militares. Supone combinar instrumentos diplomáticos, económicos, informativos, jurídicos, tecnológicos y sociales para erosionar la capacidad de decisión de otro Estado sin declarar una guerra convencional. Su eficacia depende de la ambigüedad. El objetivo no es necesariamente conquistar territorio, sino generar desorden, dividir a la opinión pública, forzar concesiones, agotar recursos y colocar al adversario ante decisiones en las que cualquier respuesta tenga un coste elevado.

La instrumentalización de movimientos migratorios puede formar parte de ese repertorio. Pero para hablar con propiedad de una operación híbrida hacen falta tres elementos: intención política, coordinación y atribución. En el caso de Ceuta está acreditado que circularon mensajes falsos o engañosos sobre una supuesta apertura de la frontera, que determinadas cuentas difundieron rutas de acceso y datos sobre patrullas marítimas, y que miles de jóvenes se desplazaron con extraordinaria rapidez hacia la zona de Castillejos. También está acreditado que la respuesta marroquí fue insuficiente durante las horas decisivas y que, una vez restablecido un control más intenso al otro lado, el flujo se redujo con rapidez.
Lo que no se ha demostrado públicamente es la existencia de una orden directa del Gobierno marroquí para abrir el paso o promover la avalancha. Tampoco se conoce con certeza quién administraba todas las cuentas que propagaron los rumores, muchas de las cuales desaparecieron después. Atribuir una operación de esta naturaleza requiere pruebas técnicas, financieras, policiales y de inteligencia. Sin ellas, convertir una hipótesis plausible en una certeza política sería tan imprudente como descartar de antemano cualquier intervención organizada.

La formulación más exacta, por tanto, es que Ceuta sufrió un episodio con rasgos compatibles con la presión híbrida. La escala, la sincronización, la explotación de una vulnerabilidad jurídica, la propagación digital y la dependencia española del control marroquí componen un escenario propio de la zona gris. La autoría estatal, sin embargo, continúa sin estar probada de manera concluyente.

El precedente de 2021 impide mirar hacia otro lado
La cautela no equivale a ingenuidad. En mayo de 2021, cerca de 8.000 personas entraron en Ceuta después de que Marruecos relajase sus controles en plena crisis diplomática por la hospitalización en España de Brahim Ghali, dirigente del Frente Polisario. Un miembro del Gobierno marroquí vinculó entonces públicamente la actitud de Rabat con la decisión española. Aquel episodio mostró que el control migratorio podía convertirse en un instrumento de presión bilateral y que la frontera respondía, en parte, al clima político entre ambos países.

Cinco años después, el volumen ha sido mucho mayor y la explicación oficial es distinta. Rabat atribuye el desbordamiento a la interpretación de una sentencia del Tribunal Supremo español y sostiene que había advertido a Madrid de sus posibles efectos. También recuerda que entre 2023 y 2025 impidió más de 227.000 intentos de cruce irregular y desmanteló más de un millar de redes de tráfico de personas. Es un argumento relevante: Marruecos soporta una presión migratoria considerable y su cooperación evita de manera cotidiana numerosas salidas.

Sin embargo, ese mismo dato revela el núcleo de la vulnerabilidad española. Si Marruecos dispone de una capacidad tan amplia para contener los flujos, cualquier retirada súbita, deliberada o no, produce consecuencias inmediatas en Ceuta. España ha externalizado una parte esencial de su seguridad fronteriza a un país que no reconoce su soberanía sobre la ciudad y con el que mantiene intereses comunes, pero también desacuerdos estructurales. La cooperación es necesaria. La dependencia, en cambio, es peligrosa.

Una relación estratégica sostenida por la interdependencia
Desde el giro español sobre el Sáhara Occidental en 2022, Madrid y Rabat reconstruyeron una relación marcada por la cooperación migratoria, policial, comercial y antiterrorista. España pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como la base más seria, realista y creíble para resolver el conflicto saharaui. Después llegaron la reapertura de los pasos fronterizos, el avance gradual de las aduanas de Ceuta y Melilla y una agenda económica cada vez más intensa.

El intercambio bilateral supera los 22.500 millones de euros anuales y más de 350 empresas españolas operan en Marruecos. Ambos países comparten, junto con Portugal, la organización del Mundial de fútbol de 2030. Sus puertos, cadenas industriales, conexiones energéticas, inversiones e intereses de seguridad están entrelazados. Una ruptura abierta dañaría a las dos orillas del Estrecho. Esa interdependencia explica la prudencia de Madrid, pero también delimita el poder de Rabat. Marruecos posee una palanca migratoria y geográfica evidente. España y la Unión Europea, por su parte, cuentan con instrumentos comerciales, financieros, diplomáticos y de visados de enorme peso para la economía marroquí. La respuesta inteligente no pasa por romper la cooperación ni por convertir cualquier incidente en una escalada verbal. Pasa por equilibrar la relación para que el cumplimiento fronterizo no dependa únicamente de la voluntad coyuntural de un socio.

Una alianza estable exige mecanismos verificables, protocolos automáticos de aviso, responsabilidades compartidas y consecuencias proporcionadas cuando se incumplen. La amistad entre Estados no puede basarse en la confianza personal ni en comunicados optimistas. Debe sostenerse sobre capacidades propias y compromisos comprobables.

España puede recuperar el control, pero no puede improvisar cada vez
La reacción española demostró que el Estado conserva capacidad para restablecer el orden. El Gobierno desplegó al Ejército de Tierra, recurrió al apoyo de la Armada, reforzó la presencia de la Guardia Civil y de la Policía Nacional y cifró en 400 el incremento conjunto de efectivos de ambos cuerpos. También instaló una barrera flotante de unos 500 metros junto al espigón del Tarajal, habilitó recursos temporales de atención y aceleró la tramitación de retornos.

Desde una perspectiva estrictamente militar, Marruecos no puso en riesgo el dominio territorial de Ceuta. España dispone de unidades permanentes en la ciudad, capacidad naval y aérea, fuerzas policiales y medios logísticos suficientes para responder a una agresión convencional. Un ataque armado tendría además un coste político, económico y militar descomunal para Rabat. No es el escenario más probable. El problema es otro. Una entrada masiva de población civil no puede afrontarse como una incursión militar. Quienes cruzan no son combatientes y el Estado debe respetar el derecho de asilo, la protección de menores, la prohibición de expulsiones colectivas y las obligaciones de salvamento. La fuerza puede asegurar zonas, proteger infraestructuras y apoyar la logística, pero no resuelve por sí sola la identificación, la acogida, la información pública, los procedimientos jurídicos ni la cooperación internacional.

Ahí reside la ventaja de una presión híbrida. Obliga al Estado afectado a movilizar recursos excepcionales sin ofrecerle un adversario visible contra el que actuar. Si responde con dureza indiscriminada, se expone a vulnerar derechos y perder legitimidad. Si actúa con lentitud, transmite debilidad. Si acusa sin pruebas, deteriora la relación diplomática. Si guarda silencio, alimenta la percepción de impunidad. La defensa eficaz consiste precisamente en reducir esas opciones negativas antes de que estalle la crisis.

El agujero jurídico y la batalla de la desinformación
La sentencia del Tribunal Supremo conocida en julio confirmó que el régimen especial de rechazo en frontera no podía aplicarse automáticamente a quienes fueran interceptados mientras intentaban llegar a nado, al no haber superado una barrera física terrestre. Eso no concedía un derecho a permanecer en España, pero obligaba a utilizar procedimientos ordinarios con mayores garantías y tiempos de tramitación.

La complejidad jurídica fue convertida en un mensaje mucho más simple y falso: la frontera estaba abierta y quien llegase por mar no podría ser devuelto. La propagación se aceleró mediante vídeos, mapas, grupos de mensajería y cuentas que ofrecían información sobre rutas, horarios y movimientos de vigilancia. El fenómeno mostró que una sentencia técnicamente precisa puede transformarse, en cuestión de horas, en un incentivo masivo cuando se combina con frustración social y comunicación digital.
España reaccionó con una barrera flotante para delimitar físicamente el paso marítimo y reforzar el encaje administrativo de los rechazos. La medida puede ayudar a ordenar la vigilancia, pero no sustituye una reforma coherente. La legislación debe ofrecer seguridad jurídica, respetar los derechos fundamentales y permitir una respuesta rápida ante entradas masivas. La improvisación normativa después de cada crisis crea nuevas lagunas y favorece interpretaciones interesadas.

También es necesaria una capacidad permanente de alerta digital. No se trata de censurar conversaciones ni de criminalizar a quienes buscan una vida mejor, sino de detectar campañas coordinadas, identificar cuentas que difunden instrucciones peligrosas, cooperar con las plataformas y publicar desmentidos en árabe, árabe marroquí, francés y español antes de que el rumor se convierta en movimiento físico. La frontera empieza hoy en una pantalla, muchas horas antes de llegar al espigón.

Europa no puede seguir tratando Ceuta como un asunto periférico
Ceuta es territorio español y frontera exterior de la Unión Europea. Sin embargo, la crisis volvió a mostrar que la respuesta europea llega con frecuencia después del colapso. La Comisión reconoció que la Unión queda expuesta cuando el control depende de la buena voluntad de un solo país vecino y planteó utilizar de forma más estratégica los instrumentos comerciales y de visados para garantizar una cooperación efectiva.

La europeización de la frontera no debe limitarse a financiar a Marruecos. Requiere medios propios de vigilancia, análisis de riesgos, equipos de Frontex cuando sean solicitados, una reserva operativa de acogida, capacidad de traslado de menores, apoyo forense y un sistema común de alerta temprana. También exige que los socios europeos comprendan el régimen específico de Ceuta y Melilla y eviten convertir una crisis local en acusaciones improvisadas sobre el espacio Schengen. En el plano militar existe otra zona gris. El Tratado del Atlántico Norte limita geográficamente la aplicación automática de su cláusula de defensa colectiva y no menciona de forma expresa a Ceuta y Melilla, situadas en el continente africano. Una agresión armada contra la ciudad provocaría con toda probabilidad una respuesta política aliada, pero la ambigüedad jurídica reduce el valor disuasorio. La Unión Europea dispone, además, de una cláusula de asistencia mutua para el caso de agresión armada contra el territorio de un Estado miembro.

Ninguna de esas cláusulas está concebida para responder automáticamente a una avalancha migratoria, una campaña de desinformación o una retirada temporal de controles fronterizos. La defensa frente a la presión híbrida corresponde en primer término a España y a la Unión Europea mediante inteligencia, policía, diplomacia, legislación, resiliencia civil y capacidad económica. Invocar la OTAN como solución inmediata confunde una crisis de zona gris con una guerra convencional.

La defensa de Ceuta debe ser permanente, no episódica
España necesita un mando estable de coordinación para Ceuta y Melilla que reúna inteligencia, Guardia Civil, Policía Nacional, Fuerzas Armadas, Salvamento Marítimo, aduanas, protección civil, servicios sanitarios y autoridades autonómicas. Ese órgano debe trabajar con escenarios de saturación realistas, disponer de reservas logísticas y poder activar refuerzos antes de que la frontera se desborde.

También resulta imprescindible culminar el plan integral de seguridad anunciado para ambas ciudades. La estrategia nacional ya reconocía desde 2021 su singularidad geográfica y la necesidad de una atención específica. Cinco años después, la crisis ha demostrado el coste de mantener ese instrumento incompleto. No basta con elevar vallas o instalar sensores. Hace falta una arquitectura que conecte vigilancia terrestre y marítima, inteligencia digital, atención humanitaria, capacidad judicial y comunicación estratégica. La relación con Marruecos debe incorporar un mecanismo bilateral de crisis con intercambio de información en tiempo real, indicadores verificables y una cadena clara de responsabilidades. Cuando existan señales de concentración de personas, campañas virales o movimientos anómalos de transporte, la alerta no puede quedar dispersa entre informes inconexos. Madrid debe saber qué está ocurriendo al otro lado y Rabat debe conocer las consecuencias diplomáticas y económicas de una falta grave de cooperación.

Al mismo tiempo, Ceuta necesita más que seguridad. Una ciudad vulnerable económicamente, dependiente de decisiones externas y sometida a ciclos de cierre y apertura fronteriza ofrece un terreno fértil para la presión. La conexión eléctrica con la Península, la modernización del puerto, la diversificación empresarial, la vivienda, la sanidad, la educación y la estabilidad comercial forman parte de la defensa nacional. La resiliencia no se construye únicamente con uniformes.

Sí, España puede defenderse, pero debe cambiar el modelo
España puede defender Ceuta y mantener su soberanía. Posee fuerzas, recursos jurídicos, respaldo europeo, capacidad económica y una posición internacional muy superior a la que sugiere la imagen de una frontera colapsada. Lo que no puede hacer es confiar en que la cooperación marroquí funcionará siempre, reaccionar cuando la crisis ya está en las calles y presentar cada refuerzo de emergencia como una solución estructural.

La principal amenaza no es una invasión convencional. Es la repetición de episodios ambiguos que desgasten la confianza de los ceutíes, polaricen a la sociedad española, enfrenten a los socios europeos y conviertan a miles de personas desesperadas en piezas de una negociación que no controlan. Evitarlo exige firmeza sin estridencias, cooperación sin dependencia, vigilancia sin arbitrariedad y una política exterior que combine diálogo con capacidad de presión. Ceuta no necesita gestos teatrales ni alarmismo permanente. Necesita que España y Europa asuman que su frontera sur es un espacio estratégico de primer orden. La lección de julio de 2026 es clara: una frontera custodiada por otro Estado puede parecer estable durante años y deshacerse en una tarde. La defensa comienza cuando esa posibilidad deja de sorprender.



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.