El Comercio De La República - Trump ataca a Venezuela por petróleo

Lima -

Trump ataca a Venezuela por petróleo




Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha vuelto a meterle candela a su ofensiva contra Venezuela, esta vez apuntándole al petróleo de Nicolás Maduro. El 2 de abril, Trump anunció aranceles del 10% a las importaciones globales, 20% a la Unión Europea y 34% a China, pero le puso el ojo especialmente a los países que compren crudo venezolano, con un arancel del 25% pa’ castigarlos. Esto es parte de su plan pa’ apretar al régimen de Maduro, cortándole la plata que saca del petróleo, que es como el oxígeno pa’ esa economía.

El 30 de marzo, Trump le quitó los permisos a petroleras como Repsol pa’ sacar crudo de Venezuela, dándoles hasta mayo pa’ largarse. Chevron también se llevó su palo, perdiendo su licencia pa’ operar allá. Maduro dijo que esto es “una guerra económica” y que Venezuela va a pelear con todo. China, el mayor comprador del petróleo venezolano, ya siente la presión, y hasta España, con Repsol metida hasta el cuello, está buscando cómo zafarse. Los expertos dicen que esto puede ser un palo duro pa’ Maduro, pero también un riesgo pa’ la economía global si el crudo se pone más caro. ¿Guerra por el petróleo o jugada política?



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Cuba al borde del Colapso

Cuba entra en 2026 con una realidad que ya no se limita a la “crisis” como palabra de uso cotidiano: los indicadores esenciales de vida —luz, agua, comida, transporte y acceso a medicinas— se han vuelto frágiles y erráticos. La combinación de un sistema eléctrico al límite, la escasez de combustible, la contracción económica y el deterioro del poder adquisitivo está empujando a la población hacia un umbral peligroso: el de una emergencia humanitaria de baja intensidad pero sostenida, con picos agudos cada vez más frecuentes.No se trata de una catástrofe súbita, sino de un desgaste continuo. Y esa es precisamente la señal más inquietante: cuando la precariedad se normaliza, la sociedad pierde amortiguadores. En un país altamente urbanizado, dependiente de importaciones para sostener parte de su canasta alimentaria y con una infraestructura envejecida, el “día a día” se ha convertido en un ejercicio de supervivencia logística.La electricidad como punto de quiebreLa electricidad es hoy el eje que explica gran parte del deterioro. La red de generación termoeléctrica arrastra décadas de subinversión, una obsolescencia técnica cada vez más visible y una dependencia crítica del suministro de combustible. En los momentos de mayor demanda, las previsiones oficiales han llegado a contemplar interrupciones simultáneas que afectarían a una mayoría del país, con un déficit de generación cercano a los 2.000 megavatios y una capacidad disponible muy por debajo del consumo esperado.Cuando la electricidad falla, no se apaga únicamente la luz. Se apagan refrigeradores, se detienen bombas de agua, se ralentiza el transporte, se paraliza parte de la producción, se comprometen servicios médicos y se desconectan comunicaciones. En la práctica, un apagón masivo es un golpe transversal a la economía doméstica y a la operatividad del Estado.La estrategia de emergencia —reducir actividades, reorganizar horarios laborales, priorizar sectores críticos y restringir consumos— no resuelve el problema de fondo: el sistema necesita inversiones multimillonarias para modernizar centrales, redes, mantenimiento y generación distribuida. A corto plazo, el combustible es el cuello de botella. Sin combustible, incluso soluciones parciales como la generación distribuida quedan inutilizadas. Y sin energía estable, la economía se encoge.Combustible: el hilo que mueve (o frena) a todo el paísLa escasez de combustibles no solo golpea a la electricidad. Afecta directamente el transporte de alimentos, el movimiento interno de mercancías, la movilidad de trabajadores, la agricultura mecanizada y la logística de distribución. En un contexto donde muchas cadenas de suministro dependen de transporte terrestre y refrigeración, la falta de combustible multiplica pérdidas y encarece todo.El impacto ha llegado también al transporte aéreo, con ajustes y suspensiones de operaciones que evidencian un problema adicional: el acceso al combustible de aviación. Cuando un país con fuerte dependencia del turismo enfrenta restricciones de combustible que afectan vuelos y conectividad, el golpe es doble: se resentirá el ingreso de divisas y, al mismo tiempo, se encarecerá la logística interna de abastecimiento.De la energía a la mesa: escasez, colas y dieta en retrocesoLa inseguridad alimentaria no aparece de la nada: es el resultado de una economía con capacidad limitada para importar, de una producción nacional insuficiente para cubrir demanda y de un sistema de distribución tensionado. El deterioro del poder adquisitivo y la segmentación del mercado —con espacios donde el acceso a bienes depende del uso de divisas— han ampliado la brecha entre quienes tienen entrada a moneda fuerte y quienes dependen casi por completo de ingresos en moneda local.En ese entorno, los hogares hacen ajustes drásticos: priorizan calorías baratas, sustituyen proteínas, reducen variedad y, con frecuencia, alteran rutinas para conseguir lo que aparece “cuando aparece”. El costo oculto es nutricional. El otro costo es emocional: la vida se organiza alrededor de la búsqueda.La situación alcanzó un nivel simbólicamente crítico cuando las propias autoridades reconocieron dificultades para sostener entregas de alimentos específicos para la infancia, lo que abrió la puerta a mecanismos de apoyo alimentario internacional orientados a grupos vulnerables. Ese dato, más allá de su dimensión puntual, revela un quiebre: cuando un Estado admite que no puede garantizar un mínimo para niños pequeños, el problema deja de ser coyuntural y pasa a ser estructural.Salud: hospitales sin margen y farmacias desabastecidasEl sistema de salud cubano ha sido durante décadas un emblema de cobertura universal. Pero la cobertura no equivale a disponibilidad real cuando faltan insumos, reactivos, medicamentos y equipamientos básicos. La crisis actual se manifiesta en tres niveles: Farmacias y medicamentos: el faltante y la baja cobertura del cuadro básico se han convertido en un problema crónico. Para pacientes con hipertensión, diabetes, epilepsia u otras condiciones que dependen de tratamiento constante, la irregularidad en el acceso implica recaídas, complicaciones y, en algunos casos, descompensaciones evitables. La consecuencia inmediata es el crecimiento de mercados informales y redes de reventa: un mecanismo de supervivencia para algunos, una barrera económica para muchos. Hospitales y suministros: la falta de materiales consumibles (desde desinfectantes hasta gasas, piezas de equipos o reactivos) degrada el estándar de atención. Y cuando a eso se suman apagones, el problema se multiplica. Un hospital puede tener plantas eléctricas, pero no siempre combustible suficiente para sostenerlas durante cortes prolongados y repetidos. Personal y desgaste: la migración de profesionales —en especial de trabajadores de alta calificación— reduce capacidades en áreas clave. Además, el estrés operativo y la precariedad de recursos provocan un desgaste humano profundo dentro del propio sistema. La crisis sanitaria, por tanto, ya no se mide solo por indicadores clínicos, sino por la experiencia cotidiana: diagnósticos demorados, tratamientos incompletos y una dependencia creciente de soluciones “por fuera” del circuito formal.Contracción económica e inflación: el círculo que se cierraLa economía cubana ha mostrado señales de contracción sostenida. En 2025, las estimaciones más difundidas apuntan a una caída significativa del producto interno bruto, en un contexto donde la crisis energética se convirtió en un freno directo a la actividad productiva. Menos energía significa menos producción, menos servicios, menos transporte, menos comercio interno. Y eso, a su vez, reduce ingresos fiscales y limita la capacidad de importación.En paralelo, la inflación —aunque las mediciones oficiales reflejan una desaceleración en ciertos periodos— convive con una percepción social de encarecimiento constante, alimentada por escasez, por mercados segmentados y por un tipo de cambio que impacta importaciones y precios de referencia. En la práctica, incluso cuando el índice general baja, el ciudadano siente que compra menos.A esto se suma la dolarización parcial: una expansión del uso de divisas en tiendas y trámites, diseñada para captar moneda fuerte dentro del circuito estatal. El objetivo declarado es financiar oferta y sostener servicios. El efecto social, sin embargo, es una economía de dos velocidades: quien recibe remesas o tiene acceso a divisas vive una realidad de abastecimiento distinta a quien depende de salario y pensión en moneda local.La consecuencia más grave es la erosión del contrato cotidiano: trabajar ya no garantiza comer mejor; ahorrar ya no protege; y planificar se vuelve casi imposible.Turismo en mínimos y divisas cada vez más escasasEl turismo, tradicionalmente una fuente clave de divisas, atraviesa un momento delicado. Las cifras oficiales más recientes describen una caída interanual de visitantes internacionales en el arranque de 2026 y un nivel especialmente bajo para estándares de más de una década (excluyendo el periodo excepcional de la pandemia). El descenso se produce además en un contexto donde el país necesita desesperadamente ingresos externos para financiar importaciones de alimentos, combustible y medicamentos.Cuando el turismo cae, la economía pierde oxígeno. Y, al mismo tiempo, aumenta la presión para expandir mecanismos de captación de divisas dentro del país: más espacios en moneda fuerte, más servicios cobrándose en divisas, más segmentación.Protestas y fatiga social: cuando el apagón enciende la calleEn un país donde la protesta pública ha sido históricamente limitada por el control político, los estallidos vinculados a apagones, falta de agua y escasez alimentaria son un termómetro de tensión real. En los últimos años se han documentado episodios de manifestaciones en diversas ciudades, con respuestas que han incluido desde presencia policial disuasiva hasta detenciones y procesos judiciales.Estos eventos no suelen organizarse como movimientos estructurados; aparecen como explosiones comunitarias ante un colapso de la vida práctica: horas sin electricidad, falta de agua, alimentos inaccesibles. Su carácter espontáneo revela dos cosas: la pérdida de paciencia social y la ausencia de canales eficaces para tramitar demandas urgentes.Cuando una población protesta por “electricidad y comida”, el mensaje es directo: se está protestando por supervivencia, no por ideología.Éxodo y envejecimiento: el país que se vacíaLa crisis humanitaria también es demográfica. Cuba enfrenta una combinación explosiva: migración masiva, caída de nacimientos, aumento relativo de personas mayores y un mercado laboral debilitado. Las cifras oficiales y análisis demográficos recientes apuntan a que la población total ha descendido de forma notable en los últimos años, con un nivel inferior a los 10 millones y un envejecimiento acelerado. Este escenario tiene efectos en cadena: Menos personas en edad laboral para sostener producción y servicios. Más hogares con adultos mayores solos o dependientes. Mayor presión sobre pensiones y redes de cuidados. Comunidades enteras reorganizadas por ausencias. La migración opera como válvula de escape individual, pero como problema colectivo: el país pierde fuerza de trabajo, talento y capacidad de recuperación.¿Qué significa “desastre humanitario” en la Cuba de 2026?Hablar de “desastre humanitario” no implica necesariamente hambruna masiva o guerra. En Cuba, el riesgo se parece más a una suma de colapsos parciales que se encadenan: Apagones prolongados → fallas de agua, refrigeración, transporte y servicios. Escasez de combustible → parálisis productiva y logística. Menos divisas → menos importaciones de alimentos y medicinas. Sistema sanitario desabastecido → más complicaciones evitables. Dolarización parcial → exclusión de quienes no tienen moneda fuerte. Éxodo → pérdida de capacidades y redes familiares. Cuando estas variables se combinan, el país entra en una zona de vulnerabilidad extrema: cualquier choque adicional —un huracán, una nueva caída de suministros, otra falla masiva del sistema eléctrico— puede disparar una emergencia de mayor escala.El dilema inmediato: alivio urgente y reformas profundasCuba necesita medidas de choque para aliviar la emergencia cotidiana, pero también cambios estructurales para salir del ciclo. El alivio urgente pasa por asegurar combustible para servicios críticos, estabilizar generación eléctrica, proteger la cadena de frío de alimentos y medicamentos, y garantizar abastecimiento mínimo para población vulnerable (infancia, ancianos, enfermos crónicos).Las reformas profundas son más complejas: implican productividad, incentivos, transparencia, inversión en infraestructura y reglas estables para captar capital y sostener servicios. Sin cambios que devuelvan previsibilidad a la economía, cualquier mejora será frágil.Lo que está en juego no es solo el presente: es la capacidad del país de sostener una vida digna sin que cada día se convierta en una carrera de obstáculos. Cuba aún no ha cruzado el punto de no retorno, pero en 2026 se mueve peligrosamente cerca del borde.