El Comercio De La República - Cuenta atrás con Irán

Lima -

Cuenta atrás con Irán




La crisis entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase de máxima tensión estratégica, con Israel siguiendo cada movimiento y una región entera calibrando el riesgo de una nueva espiral bélica. En los últimos días, la combinación de ultimátums diplomáticos, un despliegue militar inusualmente amplio y mensajes públicos cada vez más duros ha alimentado una pregunta que vuelve a circular con fuerza: ¿está cerca un bombardeo?

A diferencia de otras crisis recientes, la situación actual se mueve en un estrecho pasillo entre la negociación de última hora y una operación militar de gran escala. La propia Casa Blanca ha insistido en que “todas las opciones” siguen abiertas, mientras altos responsables del entorno presidencial han presentado el momento como una ventana final para forzar un acuerdo nuclear con Teherán. En paralelo, Israel, que ya vivió un choque directo con Irán en 2025, se prepara para un escenario en el que cualquier acción estadounidense —limitada o sostenida— pueda desencadenar represalias sobre su territorio.

Un reloj político que corre: Ultimátum y decisión “en días”
El elemento que marca el ritmo de la crisis es un calendario público. El presidente de Estados Unidos ha fijado un plazo corto para decidir si continúa con la vía diplomática o si autoriza una acción militar. En declaraciones recientes, dejó claro que su decisión se tomaría en un margen de “10 a 15 días”, condicionada al avance —o estancamiento— de las conversaciones con Irán sobre el programa nuclear.

Ese mensaje tiene dos efectos inmediatos. Primero, eleva la presión sobre Teherán para presentar una propuesta concreta, por escrito y con compromisos verificables. Segundo, aumenta la probabilidad de que cualquier incidente —un ataque con drones, un lanzamiento de misiles por parte de milicias aliadas, un sabotaje o incluso un error de cálculo— sea interpretado como la chispa que “acelera” el reloj.

El propio presidente estadounidense ha llegado a admitir que contempla “golpes limitados” si la negociación fracasa. Esa formulación —“limitado” frente a “campaña sostenida”— es clave: sugiere que la opción militar ya no se discute solo como un recurso extremo, sino como un instrumento escalable, con diferentes intensidades y objetivos.

Diplomacia bajo presión: La negociación nuclear y el punto de fricción del enriquecimiento
La negociación gira en torno a un núcleo técnico con consecuencias políticas enormes: el enriquecimiento de uranio en suelo iraní. Washington insiste en impedir que Irán alcance capacidad real de fabricar un arma nuclear; Teherán, por su parte, afirma que su programa es pacífico y reclama un marco de alivio de sanciones a cambio de medidas de transparencia y límites verificables.

En el centro del pulso aparece la exigencia estadounidense de “cero enriquecimiento” o, al menos, un esquema que bloquee de manera demostrable cualquier ruta hacia una bomba. Irán ha transmitido que puede proponer medidas de confianza, y en el debate público se ha mencionado la posibilidad de reducir la pureza del uranio altamente enriquecido bajo supervisión internacional. Sin embargo, persiste un desacuerdo decisivo: el destino y el control efectivo del material ya acumulado, así como el alcance de las inspecciones y la permanencia de los límites.

El lenguaje de ambos lados refleja la fragilidad de la mesa: hablan de diplomacia, pero también de preparación para la guerra. Esa doble vía —negociar con amenaza explícita de fuerza— es precisamente lo que convierte el momento en volátil: si una de las partes concluye que el otro bando solo busca ganar tiempo, la tentación de “mover primero” aumenta.

La señal más visible: un despliegue militar de gran tamaño
Los movimientos militares de Estados Unidos en la región han dejado de ser discretos. En cuestión de semanas, se ha consolidado una presencia marítima y aérea que busca ofrecer opciones reales de ataque y, al mismo tiempo, capacidad defensiva ante represalias.

En el ámbito naval, al menos dos grupos de portaaviones y sus escoltas han sido mencionados como parte del dispositivo. Uno de ellos opera en el área de Oriente Medio; otro ha sido desplazado hacia el Mediterráneo tras atravesar rutas estratégicas. A la vez, se han añadido destructores, capacidades de defensa antiaérea y un refuerzo de aeronaves —incluyendo aviones de combate y reabastecimiento— que amplían el radio de acción de cualquier operación.

La lógica de esta arquitectura es clara: una campaña contra Irán, incluso si se presenta como “limitada”, requiere superioridad aérea regional, protección de bases y buques, inteligencia persistente, y la capacidad de sostener operaciones más de unos pocos días. Por eso, la palabra que aparece con frecuencia en la planificación actual no es “incursión”, sino “campaña”.

De “golpe puntual” a “campaña de semanas”: qué implica el cambio de escala
En 2025, Estados Unidos ya atacó instalaciones nucleares iraníes en una operación descrita entonces como puntual. Ese precedente pesa hoy como advertencia y como plantilla: demuestra que existe experiencia reciente, pero también que los resultados estratégicos pueden ser ambiguos.

Ahora, funcionarios estadounidenses han descrito escenarios de operaciones sostenidas de varias semanas si el presidente da la orden. Ese salto de escala no es un detalle técnico: cambia la naturaleza política del conflicto. Un ataque de horas o de un solo día puede venderse como “cirugía”; una campaña prolongada se parece mucho más a una guerra, con efectos acumulativos y un riesgo elevado de ampliación a otros teatros.

Además, en una campaña sostenida el abanico de objetivos tiende a expandirse. No se limitaría necesariamente a infraestructura nuclear: podrían entrar en la lista centros de mando, instalaciones de seguridad del Estado, defensas aéreas, nudos logísticos, producción y almacenamiento de misiles, y redes de apoyo regional.

El papel de Israel: Preparación defensiva y cálculo ofensivo
Israel observa la crisis desde una posición singular: combina una sensación de amenaza existencial —por la dimensión nuclear— con experiencia directa reciente de intercambio militar con Irán. En la lectura israelí, la cuestión no es solo si Teherán avanza hacia un arma, sino si logra una capacidad de “umbral” que lo proteja bajo la sombra de la disuasión nuclear.

Por eso, Israel ha elevado su nivel de alerta. Una parte esencial de su preparación no es ofensiva, sino defensiva: anticipa que cualquier golpe sobre Irán podría desencadenar oleadas de misiles balísticos, drones o ataques por parte de grupos aliados en la región. La protección de infraestructuras críticas, la coordinación de defensa aérea y la gestión del frente interno vuelven a ser prioridades inmediatas.

En paralelo, el debate sobre una acción conjunta o coordinada aparece como posibilidad. Israel, por sí solo, ha demostrado capacidad para penetrar defensas y golpear objetivos en Irán, pero destruir instalaciones profundamente enterradas o dispersas en múltiples puntos es otra escala de desafío. En ese terreno, la cooperación —directa o indirecta— con Estados Unidos adquiere una relevancia decisiva.

El antecedente de junio de 2025: una guerra corta que dejó secuelas largas
La memoria de la “guerra de 12 días” de 2025 sigue fresca. Israel lanzó entonces una ofensiva amplia contra objetivos nucleares y militares iraníes, acompañada de acciones contra mandos y especialistas. Estados Unidos terminó entrando en el conflicto con ataques contra instalaciones nucleares clave. Tras esa intervención, Irán respondió con una represalia medida contra una base estadounidense en Qatar, sin causar víctimas, después de transmitir avisos previos.

Aquel episodio dejó tres lecciones que influyen en el cálculo actual:
- La escalada puede ser rápida. Un conflicto que se pensaba improbable pasó a ser real en cuestión de días.

- La incertidumbre sobre daños es estructural. Incluso después de ataques significativos, la evaluación completa es difícil, especialmente en instalaciones subterráneas y en sistemas redundantes.

La disuasión iraní no depende de un solo vector. Si el programa nuclear se ve golpeado, Teherán puede responder por vías asimétricas: misiles, drones, ataques a bases, y presión indirecta a través de aliados regionales. A ello se suma un elemento de enorme peso político: tras 2025, Irán limitó el acceso o la cooperación con mecanismos de inspección internacional en momentos sensibles, dificultando verificaciones externas. En 2026, esa opacidad vuelve a agrandar el temor a errores de cálculo, porque cada bando opera con información incompleta.

La respuesta probable de Irán: Represalia, asimetría y el factor Ormuz
Teherán ha sido explícito en su discurso: si es atacado, responderá. La forma exacta puede variar, pero el menú estratégico iraní está bien identificado.

- Misiles y drones contra objetivos en Israel o en bases estadounidenses en la región.

- Acciones de aliados y milicias en países vecinos, capaces de hostigar infraestructuras y tropas.

- Presión marítima y energética en el Golfo Pérsico, con el Estrecho de Ormuz como palanca geoeconómica.

El Estrecho de Ormuz es un punto crítico global: cualquier amenaza seria a su seguridad altera de inmediato el precio del petróleo, el coste del transporte marítimo, los seguros de carga y la percepción de riesgo para la economía mundial. Por eso, incluso sin “cerrarlo” formalmente, bastaría un aumento sostenido de incidentes para generar un shock de mercado.

Europa y la economía global: Energía, rutas y un riesgo de contagio
La crisis no es solo militar. Un choque directo entre Estados Unidos e Irán —y la posible implicación israelí— tendría efectos de segunda y tercera ronda:

- Energía: volatilidad del crudo y del gas, con impacto en inflación y costes industriales.

- Comercio marítimo: aumento de primas de seguro, desvíos de rutas y retrasos logísticos.

- Seguridad regional: presión migratoria, radicalización de frentes y reactivación de conflictos latentes.

- Diplomacia europea: tensión entre apoyar la no proliferación y evitar una guerra que desestabilice a largo plazo.

Para muchas capitales europeas, el escenario más temido no es un solo bombardeo, sino una cadena de represalias y contraataques que termine normalizando el conflicto y debilitando aún más las ya frágiles arquitecturas de seguridad regional.

La batalla interna en Estados Unidos: Autoridad para atacar y presión del Congreso
En Washington, el debate no se limita a la estrategia exterior. Ha vuelto con fuerza la discusión sobre el alcance legal y político de una operación contra Irán. Legisladores de distintas corrientes sostienen que un ataque de gran escala debería requerir autorización del Congreso, especialmente si no existe una amenaza inmediata e inminente contra el territorio estadounidense.

Se han anunciado iniciativas parlamentarias para limitar o encauzar el poder del Ejecutivo en materia de guerra, reflejando una preocupación que trasciende partidos: el temor a una intervención que se expanda y arrastre al país a un conflicto prolongado.

Al mismo tiempo, figuras influyentes cercanas al poder empujan en la dirección contraria: argumentan que la amenaza nuclear y el carácter del régimen iraní justifican una postura de fuerza. Esa tensión interna —halcones frente a defensores de la contención— influye en la lectura iraní: Teherán observa si la amenaza es creíble o si es, principalmente, un instrumento de negociación.

Una nota imprescindible: El video enlazado y la importancia de verificar
En medio de este clima, circulan titulares alarmistas y enlaces compartidos como prueba de un “bombardeo inminente”. Sin embargo, el contenido asociado al enlace facilitado no trata sobre Irán ni sobre un ataque estadounidense-israelí. El material vinculado se centra en Bolivia y analiza un giro político-económico del país, con énfasis en reformas, subsidios, banca central, atracción de inversión y la apuesta por el litio.

Este tipo de desajuste —un enlace que no corresponde al tema con el que se difunde— es un recordatorio de que, en crisis de alta tensión, la desinformación y la confusión se disparan. Precisamente por eso, el foco debe ponerse en hechos verificables: decisiones oficiales, movimientos militares confirmados, líneas rojas declaradas públicamente y el estado real de las negociaciones.

Entre la última oportunidad y el salto al vacío
A día de hoy, el elemento decisivo sigue siendo el mismo: si la diplomacia produce un texto concreto y verificable en cuestión de días, la probabilidad de un ataque puede disminuir, al menos temporalmente. Si no lo hace —o si una de las partes concluye que el otro bando solo busca tiempo—, el despliegue ya instalado reduce los obstáculos operativos para pasar del mensaje a la acción.

Nadie con información completa afirma con certeza que el bombardeo sea inevitable. Lo que sí está claro es que el entorno está preparado para que ocurra: fuerzas posicionadas, discursos endurecidos, aliados en alerta y una ventana diplomática estrecha. En estas condiciones, el “inminente” no lo define solo un calendario, sino una cadena de decisiones y reacciones que puede acelerarse en cuestión de horas.



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Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Empleo en EE. UU. se enfría

Hay titulares que se sostienen por una sola cifra. Pero, en economía, el impacto real suele venir de otra cosa: la corrección silenciosa de lo que creíamos saber. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el último balance del mercado laboral estadounidense. Una revisión estadística de gran calado ha reescrito el guion de 2025 y, con ello, ha colocado al empleo en el centro de una inquietud que se venía acumulando desde hace meses: la creación de puestos de trabajo fue mucho más débil de lo estimado y deja a 2025 como el peor año de generación neta de empleo desde 2003, descontando periodos recesivos.El dato es más que simbólico. Es un cambio de perspectiva que afecta a consumidores, empresas, inversores y a la política monetaria. Porque un mercado laboral “frágil” no significa necesariamente una oleada inmediata de despidos; puede ser algo más sutil y, a la larga, igual de dañino: un entorno de contratación lenta, oportunidades escasas para quienes buscan cambiar de empleo, y una economía que avanza con el freno de mano puesto.1) El giro que cambia la lectura de 2025La imagen de un mercado laboral sólido se apoya, en Estados Unidos, en un termómetro concreto: la evolución de las nóminas no agrícolas y sus revisiones. Cada mes se publica una primera estimación, pero esa cifra no es definitiva. Se revisa —y, en ocasiones, se reescribe— a medida que entra más información. Y, una vez al año, llega el ajuste más importante: la actualización “ancla” que compara lo estimado con recuentos casi completos vinculados a registros administrativos.Esta vez, el ajuste no ha sido menor. La creación de empleo a lo largo de 2025 se ha recalculado con un resultado muy distinto: la economía habría añadido solo 181.000 empleos en todo 2025, frente a una cifra previamente más alta. Dicho de otro modo: apenas unos 15.000 puestos al mes de media. En una economía del tamaño de la estadounidense, ese ritmo no es “enfriamiento”; es casi parálisis. Y, además, el recorte no se limita a una cifra anual: la creación de empleo en los 12 meses hasta marzo de 2025 se redujo en 898.000 puestos frente a lo que se creía.La consecuencia es contundente: 2025 pasa a ser el año con peor creación de empleo fuera de una recesión desde 2003. No es una etiqueta hecha para el drama; es un recordatorio histórico. Porque 2003 fue un año en el que el país aún digería las secuelas del estallido tecnológico y una recuperación lenta. Que 2025 —en teoría, sin una recesión formal— se acerque a ese patrón dice mucho sobre la debilidad “por debajo de la superficie”.2) Enero de 2026 mejora el titular… pero no el diagnósticoEn medio de esa revisión, el arranque de 2026 ofrece una cifra que, en otro contexto, se celebraría con alivio: en enero, los empleadores añadieron 130.000 puestos de trabajo, muy por encima del consenso que apuntaba a un avance modesto. El contraste con diciembre es evidente: en ese mes se registraron 48.000 nuevos empleos.También el desempleo se movió en la dirección “correcta” en el corto plazo: la tasa de paro cayó al 4,3% desde el 4,4%, marcando su nivel más bajo desde el verano pasado. Pero el mensaje real no está solo en el total, sino en la composición: el crecimiento no fue amplio ni equilibrado.El grueso del empleo se concentró en un sector que lleva años actuando como “colchón” del mercado laboral: la sanidad, que sumó 137.000 puestos. Esa cifra, por sí sola, explica casi todo el avance neto del mes. Porque mientras la salud tiraba del carro, otros ámbitos se quedaban atrás o incluso retrocedían: hubo descensos en áreas como gobierno, finanzas y transporte y almacenamiento. La fotografía es la de un mercado laboral que crea empleo, sí, pero de forma cada vez más estrecha y dependiente de islas de demanda relativamente estables.Incluso donde hubo mejora, fue más una señal de respiración que de impulso: la manufactura añadió 5.000 empleos, su primer aumento desde noviembre de 2024. Es un dato positivo, pero insuficiente para afirmar que la industria esté entrando en una fase expansiva. Más bien sugiere que el deterioro podría estar tocando fondo en algunos segmentos, mientras el conjunto sigue limitado por la incertidumbre y los costes financieros.3) Por qué “la peor cifra desde 2003” importa más que el titularLa referencia a 2003 no es solo un golpe emocional. Funciona como umbral histórico porque subraya un elemento clave: la diferencia entre “no destruir empleo” y “crear suficiente empleo”. En una economía grande, el empleo debe crecer no solo para mejorar, sino para absorber el crecimiento de la población y de la fuerza laboral. Cuando el ritmo de creación de puestos se reduce a una cifra tan baja como la que ahora se atribuye a 2025, aparecen tres efectos prácticos:- Se alarga el tiempo de búsqueda para quienes están desempleados o quieren cambiar de trabajo. Menos vacantes y menos contrataciones significan menos oportunidades reales, aunque el paro no se dispare de inmediato.- Se frena la movilidad laboral, lo que tiende a reducir el poder de negociación de los trabajadores. Si la rotación cae, la competencia por talento se suaviza.- Aumenta la vulnerabilidad ante cualquier shock. Cuando el empleo avanza con lo justo, cualquier golpe —un frenazo del consumo, un ajuste en inversión, un repunte de costes— puede empujar la tasa de paro al alza con rapidez.- Por eso, aunque enero muestre un rebote, la revisión de 2025 actúa como una alarma: indica que el mercado laboral llegó a 2026 con menos “colchón” del que se creía.4) El corazón técnico del ajuste: cómo se reescriben las nóminasPara entender la magnitud del cambio hay que entrar en la cocina estadística. Las estimaciones mensuales del empleo se publican con información incompleta, porque miles de empresas aún no han respondido o lo hacen con retraso. Por eso, el cálculo inicial se revisa durante los dos meses siguientes, a medida que se incorporan respuestas adicionales y se recalculan ajustes estacionales.Además, una vez al año se realiza el ajuste más relevante: la revisión de referencia que “reancla” las estimaciones a recuentos administrativos casi completos, construidos a partir de registros asociados a impuestos y seguros de desempleo. Esa operación reduce errores de muestreo y de modelización. En la práctica, es una auditoría estadística: lo que parecía cierto con encuestas parciales se contrasta con datos más completos.Estas revisiones no son un fallo; son el mecanismo estándar para mejorar la precisión. Pero cuando el cambio es grande, el impacto sobre la narrativa es inevitable: no se trata de una décima aquí y allá, sino de una reinterpretación del pulso real del empleo durante todo un año.5) Un mercado “de baja combustión”: pocas vacantes, pocas contrataciones, pocas salidasEl empleo no se mide solo por lo que se crea. El estado de salud del mercado laboral también se ve en el volumen de vacantes, en la facilidad para cambiar de trabajo y en la velocidad de contratación. Y aquí el mensaje ha sido consistente: la economía se mueve en un régimen de “bajo fuego”.En las últimas semanas han aparecido señales de advertencia más allá de las nóminas: por ejemplo, una caída pronunciada de las vacantes laborales a finales de 2025. Cuando las vacantes bajan, las empresas no necesariamente despiden al instante; primero dejan de publicar ofertas, congelan procesos y alargan reemplazos. El resultado es un mercado que parece estable por fuera, pero se endurece por dentro: el trabajador que quiere un salto de salario o de sector se encuentra con puertas cerradas; el desempleado ve cómo el número de opciones se reduce y la búsqueda se prolonga.Esa dinámica explica una contradicción que se ha vuelto habitual: índices financieros fuertes y crecimiento económico, pero sensación social de estancamiento. Cuando la contratación se estrecha, la economía puede “crecer” sin que la mayoría lo perciba como mejora.6) La Reserva Federal observa un empleo “frío, pero estable”En este contexto, la política monetaria es un actor central. La autoridad monetaria mantuvo recientemente el tipo de referencia en un rango del 3,5% al 3,75%, una decisión que refleja el delicado equilibrio entre inflación y empleo: el mercado laboral no parece estar en colapso, pero sí en enfriamiento.De hecho, en su evaluación más reciente se percibe un matiz: si antes se hablaba con más insistencia de riesgos a la baja para el empleo, ahora se interpreta que el mercado puede estar en una fase de estabilización, aunque con ganancias de empleo reducidas. Dicho de forma simple: no hay señales de pánico, pero tampoco de fortaleza.Para empresas y familias, el mensaje es claro: mientras el empleo aguante “lo suficiente” y la inflación siga siendo un foco, el margen para abaratar el crédito no es automático. Y eso importa porque el coste del dinero condiciona decisiones de inversión, contratación, vivienda y consumo durable. Un mercado laboral ya “enfriado” puede verse aún más presionado si el crédito sigue restringido durante demasiado tiempo.7) Qué sectores sostienen el empleo y cuáles muestran desgasteLa concentración del empleo en la sanidad no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más decisivo. Cuando el crecimiento neto depende de uno o dos sectores, el mercado se vuelve menos resiliente: cualquier desaceleración en ese motor puede afectar al total.Por el contrario, los retrocesos en ámbitos como transporte y almacenamiento son consistentes con una economía donde el consumo de bienes se normaliza y las cadenas logísticas, tras años de ajustes, operan con mayor prudencia. La debilidad en finanzas puede reflejar una mezcla de factores: digitalización, ajustes de costes y una demanda de crédito que no despega con fuerza en un entorno de tipos altos.La manufactura, por su parte, ofrece una señal pequeña pero simbólica. El retorno a terreno positivo tras más de un año sin aumentos sugiere que el ajuste industrial puede estar acercándose a un punto de inflexión. Aun así, un dato mensual aislado no define una tendencia.8) El riesgo no es un desplome súbito: es una erosión lentaHablar de “hundimiento” del empleo no necesariamente significa un derrumbe inmediato de millones de puestos. En el ciclo actual, el riesgo más plausible es otro: una erosión lenta, donde las nóminas avanzan poco, las revisiones restan confianza y, con el tiempo, el desempleo empieza a subir por falta de absorción.En otras palabras: la economía puede seguir “funcionando” mientras el mercado laboral se va endureciendo. Y eso tiene efectos sociales y políticos: más personas atrapadas en empleos que no les satisfacen, menos cambios de carrera, más jóvenes encontrando barreras de entrada, y una sensación general de que el progreso se concentra en pocos segmentos.La revisión que relega 2025 al peor registro desde 2003 fuera de recesión es una señal de advertencia precisamente por eso: no describe un golpe puntual, sino un año entero de debilidad que ahora se reconoce con datos más completos.9) Qué mirar en los próximos mesesCon el nuevo marco estadístico, el foco se desplaza a tres preguntas:- ¿Se amplía la creación de empleo más allá de la sanidad? Si el crecimiento vuelve a diversificarse, la estabilización ganará credibilidad.- ¿Rebotan las vacantes y la contratación? Sin un repunte de ofertas y de entradas, el empleo puede sostenerse pero el mercado seguirá “congelado”.- ¿Qué pasa con el desempleo si el crecimiento del empleo se mantiene por debajo de lo necesario? Un alza gradual del paro sería el síntoma de que el bajo crecimiento ya no basta.Por ahora, el dato de enero aporta oxígeno, pero la revisión de 2025 impone prudencia. En un entorno donde el empleo se corrige a la baja con el paso del tiempo, la pregunta ya no es solo cuántos puestos se crean hoy, sino cuántos de los creados ayer siguen siendo ciertos en el recuento definitivo.