El Comercio De La República - Bolivia deja el Socialismo

Lima -

Bolivia deja el Socialismo




Veinte años después de que un proyecto político de inspiración socialista se instalara en el Palacio Quemado y convirtiera al Estado en el gran motor —y árbitro— de la economía, Bolivia está viviendo un viraje que, por su velocidad y alcance, ya no cabe en la palabra “ajuste”. El cambio tiene nombres, fechas y decretos: un nuevo mapa de poder tras las últimas elecciones, un Ejecutivo que se define con el lema “capitalismo para todos”, y un paquete de medidas que rompe con dos pilares del ciclo anterior: los subsidios generalizados y el control estatal sobre las reglas del juego para producir, importar, exportar, invertir y acceder a divisas.

No se trata solo de una discusión ideológica. En la práctica, el giro está empujado por la misma fuerza que ha reordenado a otros países dependientes de materias primas: la aritmética del dinero. Un Estado que durante años sostuvo estabilidad de precios, crecimiento y programas sociales gracias a la renta gasífera, hoy enfrenta escasez de dólares, caída de exportaciones energéticas, presión inflacionaria y un desgaste político que terminó por volcar el Parlamento hacia posiciones de centro y derecha. En ese contexto, lo que antes se resolvía con controles y gasto público empieza a resolverse con precios, incentivos y apertura.

Del “Estado empresario” al Estado en emergencia
El modelo que dominó el último cuarto de siglo boliviano —con su punto de inflexión a mediados de los 2000— se basó en un Estado fuerte, con empresas públicas en sectores estratégicos, y una redistribución apoyada en ingresos extraordinarios por recursos naturales. Durante el auge de las materias primas, esa fórmula fue eficaz: elevó el consumo, expandió el gasto social y mantuvo una inflación históricamente baja. El ancla fue doble: subsidios (especialmente a combustibles y alimentos) y un régimen cambiario fijo que, combinado con controles, abarató importaciones y contuvo precios.

Pero un modelo tan dependiente de un recurso estrella tiene una fragilidad simple: cuando el recurso se agota o pierde peso, la política queda sin margen. En Bolivia, la caída de la producción de hidrocarburos y el aumento de las importaciones de combustibles erosionaron la balanza externa. Al mismo tiempo, el déficit fiscal se volvió persistente y la financiación interna —incluido el apoyo del banco central— fue ganando protagonismo. Lo que por años fue una “estabilidad administrada” derivó en un escenario de reservas exiguas, distorsiones de precios y señales cada vez más claras de que la economía ya funcionaba con dos realidades: la oficial (tipo de cambio y precios administrados) y la real (costos de importación, escasez y mercados paralelos).

El punto de quiebre no fue un solo shock, sino una acumulación: falta de combustibles en momentos críticos, restricciones de acceso a divisas, aumento del costo de vida y una sensación de “fin de ciclo” que atravesó tanto al sector privado como a amplias capas urbanas. La política leyó la señal. Y la respuesta —esta vez— no fue reforzar los controles, sino desmontar parte de ellos.

El nuevo libreto: precios reales, inversión y reglas estables
El corazón del viraje se expresa en una norma de emergencia con objetivos explícitos: restablecer estabilidad macroeconómica, recuperar liquidez, fortalecer reservas, garantizar combustibles y energía, reactivar inversión y empleo, y desburocratizar el aparato estatal. El texto no es retórico: habilita un marco extraordinario para atraer capital, promete seguridad jurídica y señala que la crisis no se resuelve con más Estado, sino con un Estado que deje de “trancar” la producción.

El mensaje al mercado es directo: la inversión —nacional y extranjera— vuelve a ser una palabra central, ya no un complemento condicionado por licencias, cupos o discrecionalidad. En esa línea, se crea un régimen especial de promoción y protección de inversiones que ofrece previsibilidad regulatoria, trato no discriminatorio y estabilidad de normas e impuestos por un plazo prolongado. En el lenguaje boliviano, esto es una ruptura: durante años, el discurso dominante sostuvo que el Estado debía capturar la mayor parte de la renta y que el capital privado debía adaptarse a una arquitectura de control. Hoy, la norma invierte el principio: es el Estado el que se compromete a mantener reglas para que el inversionista se anime a entrar.

En paralelo, el Gobierno busca liberar cuellos de botella en comercio exterior. Una decisión ilustrativa es la eliminación de requisitos administrativos que, en la práctica, funcionaban como llave política para exportar ciertos productos. En un país donde las autorizaciones previas y la lógica del “abastecimiento interno” se convirtieron en instrumentos de intervención, quitar esos filtros equivale a reconocer que el crecimiento necesita exportaciones, y que exportar no puede depender del humor del día.

La medida más simbólica: El golpe a los subsidios de combustibles
Si hay un punto que simboliza el fin de una época, es el combustible. Durante dos décadas, los precios subsidiados fueron parte del pacto social: gasolina y diésel baratos para contener inflación y sostener transporte, producción y consumo. El costo fiscal era alto, pero políticamente era “intocable”. No por casualidad, intentos de desmontar ese esquema en el pasado terminaron en protestas y marcha atrás.

Ahora, el Gobierno eligió el camino contrario: subir los precios y acercarlos al costo real. El nuevo cuadro fija valores para gasolina especial, diésel y otros derivados, rompiendo la idea de que el Estado puede seguir absorbiendo indefinidamente la factura energética. El diésel —clave para agro, logística y transporte— se convierte así en un termómetro de la transición: si el país tolera un diésel más caro, tolera también la idea de que la estabilidad ya no se compra con subsidios, sino con disciplina fiscal y productividad.

La decisión, sin embargo, tiene consecuencias inmediatas: presión sobre precios, malestar social y un riesgo de espiral inflacionaria si los salarios no acompañan. Para amortiguar el impacto, el Ejecutivo combina el ajuste con medidas laborales y sociales: incremento del salario mínimo y esquemas transitorios de alivio. Aun así, la efectividad de esa compensación choca con una realidad estructural: la alta informalidad. Cuando una gran parte de la fuerza laboral está fuera de la formalidad, el salario mínimo protege a menos gente de la que parece y el costo del ajuste se concentra en quienes viven del ingreso diario.

Austeridad selectiva: Menos gasto, menos crédito estatal y control de planillas
Otra ruptura con el modelo anterior está en el rol del Estado como financiador de sí mismo. La norma de emergencia apunta a racionalizar gastos, frenar nuevas contrataciones y limitar la expansión salarial del sector público. Más importante aún: se restringe la posibilidad de que el banco central alimente a empresas públicas con crédito interno, un mecanismo que en muchos países se convierte en vía indirecta de monetización del déficit.

Este detalle técnico define la orientación:
El Estado ya no quiere ser simultáneamente empresario, banquero y garante. Si la banca central deja de financiar empresas estatales, las empresas deberán demostrar eficiencia, reestructurarse o abrirse a alianzas. Es el tipo de decisión que, aunque no tenga titulares llamativos, cambia la estructura de poder económico: reduce el margen para sostener compañías deficitarias y empuja a una lógica más cercana a mercado.

El dólar como frontera: Hacia un nuevo régimen cambiario
La economía boliviana vivió años con un tipo de cambio prácticamente inmóvil, útil para contener inflación y dar previsibilidad. Pero un tipo de cambio fijo exige reservas y confianza; sin ellas, se convierte en una promesa difícil de sostener. La emergencia actual incluye una instrucción clara: transitar hacia un nuevo régimen cambiario, con medidas técnicas, coordinación con supervisores financieros y mecanismos de intervención que permitan ordenar el mercado.
El cambio cambiario es el corazón de cualquier abandono real del “socialismo económico” en América Latina, porque ahí se define si un país admite el precio de la moneda o lo fija por decreto. Si Bolivia avanza hacia mayor flexibilidad, estará aceptando una regla de mercado que durante años se evitó por su costo político. Si no avanza, el ajuste se cuela por otras vías: escasez, mercados paralelos y inflación reprimida.

Oro, liquidez y una economía que se defiende con reservas
La otra cara del problema cambiario es la caja: ¿de dónde salen los dólares cuando el gas ya no aporta como antes? En los últimos años, Bolivia se apoyó cada vez más en operaciones con oro para obtener liquidez y cumplir obligaciones externas. El mecanismo muestra un país que, sin acceso pleno a mercados internacionales y con reservas en divisas debilitadas, recurre a su activo más tradicional para ganar oxígeno.

El oro también revela una tensión: es un puente, no una solución estructural. Vender o monetizar oro sirve para atravesar meses críticos, pero no reemplaza un sector exportador robusto. Por eso el discurso oficial insiste en reactivar recursos naturales y atraer inversión para explotarlos con mayor eficiencia. El problema es que esa apuesta —históricamente— ha sido también el pecado original: confiar en un “nuevo gas”, ahora llamado litio.

Litio: El nuevo gas, con viejos dilemas
Bolivia posee uno de los mayores potenciales de litio del planeta. Pero entre potencial y producción hay un abismo de tecnología, infraestructura, agua, licencias sociales y gestión. Desde hace más de una década, el país promete industrializar el “oro blanco”; sin embargo, la industria no despega al ritmo de sus competidores regionales.

Los contratos y acuerdos con socios extranjeros reactivaron el debate, pero también encendieron resistencias: denuncias de opacidad, cuestionamientos ambientales y reclamos por consulta previa. En regiones donde el agua define la vida, el litio no es solo un mineral: es una amenaza si el proyecto llega sin garantías. Y el conflicto por el litio pone un límite político a la apertura: Bolivia puede querer inversión extranjera, pero si no logra legitimidad territorial, la inversión se vuelve inviable. El nuevo enfoque gubernamental busca reordenar esa ecuación: no necesariamente romper con socios previos, sino renegociar y “resetear” el marco, ofreciendo seguridad jurídica al inversor mientras intenta construir licencia social en el territorio. Es un equilibrio difícil: más mercado exige reglas; más reglas exigen confianza; y la confianza, en Bolivia, no se decreta.

La oposición que importa: La calle
Una paradoja recorre la coyuntura: el Parlamento se movió hacia la derecha del centro, pero la oposición con capacidad real de veto está en la calle. Sindicatos, organizaciones sociales, sectores del transporte y regiones productivas son actores que pueden paralizar rutas, ciudades y cadenas logísticas. La transición al capitalismo “para todos” puede tener mayorías legislativas, pero no necesariamente paz social. Esa presión ya obligó a ajustes de estrategia: negociación, replanteamiento normativo y concesiones para sostener el núcleo del plan sin incendiar el país. Es una lección histórica boliviana: las reformas económicas fracasan menos por falta de argumentos técnicos que por falta de coaliciones sociales capaces de sostenerlas.

¿Abandono del socialismo o pragmatismo de supervivencia?
Decir que Bolivia “abandona el socialismo” es una simplificación útil como titular, pero incompleta como diagnóstico. Lo que está ocurriendo es más preciso —y más duro—: Bolivia está abandonando la ilusión de que el Estado puede financiarlo todo y controlar los precios sin pagar costos. Está dejando atrás un conjunto de instrumentos (subsidios masivos, trabas a exportación, reglas cambiarias rígidas, crédito estatal a empresas públicas) que definieron su modelo de “Estado protector” durante dos décadas.

Eso no significa que el país renuncie a la protección social o al papel del Estado en sectores estratégicos. Significa que, bajo presión de reservas, inflación y escasez, el Estado cambia de rol: de empresario y fijador de precios, a árbitro que busca inversión, disciplina fiscal y mayor flexibilidad. El éxito de este giro dependerá de tres factores que Bolivia conoce bien y que, justamente, explican sus ciclos: capacidad de gestión, confianza institucional y diversificación productiva real. Si el cambio se limita a recortar y abrir sin construir instituciones, el país puede terminar en un nuevo péndulo político. Si logra estabilizar, atraer inversión con reglas creíbles y convertir recursos naturales en industria, el giro de 2025–2026 podría marcar el inicio de un nuevo ciclo: menos épico, más técnico y, sobre todo, más condicionado por la realidad.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Israel y su frente en Líbano

Lo que está ocurriendo en Oriente Próximo ya no puede explicarse como una cadena de represalias aisladas. La ofensiva abierta contra Irán ha terminado por reactivar con toda crudeza la frontera libanesa, y el frente de Hezbolá ha dejado de ser un teatro periférico para convertirse en una pieza central del cálculo israelí. La gran pregunta que domina ahora el análisis regional es si Israel pretende no solo golpear hasta el límite la capacidad estratégica de Irán, sino también dejar a Hezbolá sin una capacidad real de amenaza sobre su frontera norte.La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Tras el arranque de la campaña sobre territorio iraní, Hezbolá volvió a lanzar cohetes y drones desde Líbano, y la respuesta israelí no se quedó en una represalia puntual ni en un simple castigo táctico. Los bombardeos alcanzaron Beirut y amplias zonas del sur y del este libanés, acompañados por órdenes de evacuación, ataques contra depósitos, centros de mando, estructuras logísticas y posiciones vinculadas tanto a Hezbolá como a la red iraní desplegada en suelo libanés. El mensaje es claro: para Israel, el frente iraní y el frente libanés forman ya parte de una misma operación estratégica.El ataque de este domingo en Beirut, dirigido contra mandos iraníes vinculados a la estructura de la Guardia Revolucionaria presente en Líbano, ha reforzado todavía más esa percepción. Israel no está actuando como si combatiera dos crisis separadas, sino como si estuviera desmontando una sola arquitectura regional: la que conecta a Teherán con sus milicias aliadas, sus canales de transferencia de armas, sus redes de asesoramiento militar y sus plataformas de presión sobre Israel desde distintos puntos del mapa.No es casual que esta fase haya llegado ahora. Se ha instalado la percepción de que Israel cree haber encontrado una ventana de oportunidad para aprovechar la debilidad actual de Hezbolá. Esa lectura parte de varios factores acumulados. El grupo llega a esta nueva etapa después de un largo desgaste, con pérdidas severas en su cadena de mando, bajo vigilancia constante, con parte de su libertad operativa erosionada y, sobre todo, con Irán obligado a concentrarse en su propia supervivencia militar y política. A eso se suma un dato especialmente delicado: el propio Estado libanés ha endurecido el tono frente a cualquier decisión de guerra tomada fuera de sus instituciones, una señal de que el margen político interno de Hezbolá también se ha estrechado.Desde la lógica israelí, dejar intacto a Hezbolá mientras se golpea a Irán tendría un límite evidente. Teherán podría perder instalaciones, mandos y capacidad industrial, pero conservaría a escasos kilómetros de la frontera israelí una fuerza armada con potencial para reconstituir la presión mediante misiles, drones, infiltraciones y hostigamiento prolongado. Por eso la campaña no parece orientarse solo a castigar un lanzamiento o a responder a una jornada de fuego. Apunta a degradar la estructura que convierte a Hezbolá en el brazo regional más valioso de Irán.Eso explica también el cambio de escala. Las operaciones ya no buscan únicamente contener la frontera norte, sino alterar el equilibrio futuro. La insistencia israelí en que Hezbolá debe quedar desarmado y sin capacidad de amenaza efectiva sugiere un objetivo más ambicioso: impedir que, cuando baje la intensidad del choque con Irán, el movimiento libanés pueda presentarse otra vez como la gran baza disuasoria del eje proiraní. En otras palabras, la guerra no solo se ha extendido geográficamente; también se han ampliado sus fines políticos y militares.Sin embargo, hablar de un golpe definitivo contra Hezbolá sería todavía prematuro. El grupo ha quedado dañado, pero no borrado. Conserva arraigo social en parte de Líbano, experiencia de combate, cuadros intermedios, redes clandestinas y una capacidad probada de adaptación bajo presión. La historia del sur libanés demuestra que destruir arsenales o eliminar mandos no equivale automáticamente a liquidar una organización insertada en el territorio, en una base social y en una lógica regional de alianzas. Cuanto más se profundice la operación, mayor será el riesgo de una guerra larga, fragmentada y extremadamente costosa.El precio humano ya es devastador. El balance en Líbano se acerca a los 400 muertos y el número de desplazados vuelve a dispararse, con familias huyendo de los suburbios del sur de Beirut, del valle de la Bekaa y de numerosas localidades sometidas a bombardeos o advertencias de evacuación. Niños, hospitales tensionados, refugios saturados y barrios enteros bajo pánico describen un escenario que recuerda una verdad elemental: cada ampliación militar multiplica la vulnerabilidad civil. En Israel, la continuidad de las alertas y de los ataques misilísticos mantiene a la población bajo amenaza constante. Y en Irán, la ofensiva ha golpeado no solo instalaciones estratégicas, sino también la vida cotidiana de millones de personas.La dimensión regional de esta crisis ya no admite eufemismos. La guerra está salpicando a más de una decena de Estados, con consecuencias sobre infraestructuras críticas, aviación, posiciones militares extranjeras y enclaves energéticos sensibles. La presión sobre el Golfo, sobre las rutas de abastecimiento y sobre instalaciones clave introduce un factor económico y geopolítico que agrava el conflicto. Cuando los ataques alcanzan nodos energéticos, sistemas esenciales o corredores de transporte, el efecto deja de ser únicamente militar y pasa a sentirse en los mercados, en la logística internacional y en la percepción global del riesgo.También por eso la expansión hacia Hezbolá tiene una lógica que va mucho más allá de la frontera libanesa. Israel intenta reducir la capacidad de Irán para responder de manera indirecta, encarecer cualquier reconstrucción futura de su red de aliados y dejar a Teherán sin una plataforma robusta de presión en el Levante. El cálculo es duro y, desde el punto de vista israelí, parece coherente: si Irán sale debilitado pero Hezbolá conserva masa crítica, la guerra podría reanudarse en cualquier momento bajo otra forma. Si, en cambio, ambos quedan simultáneamente degradados, Israel cree que puede ganar años de margen estratégico.El problema es que esa lógica militar no garantiza una salida política. Incluso una Hezbolá severamente golpeada puede mantener capacidad de sabotaje, reconstrucción y desgaste. Incluso un Irán castigado puede optar por dispersar sus respuestas y arrastrar a más actores. Y un Líbano sometido otra vez a una devastación masiva difícilmente saldrá reforzado institucionalmente por el mero retroceso de uno de sus actores armados. La destrucción puede debilitar a una organización, pero no reconstruye por sí sola un Estado ni cura una fractura regional.A eso se añade una realidad incómoda: cada parte sigue convencida de que ceder ahora equivale a perder mañana. Israel interpreta este momento como una oportunidad excepcional para rediseñar el mapa de amenazas que lo rodea. Irán lo vive como una batalla existencial. Y Hezbolá, atrapado entre el deber de sostener el eje proiraní, su desgaste interno y la presión sobre la sociedad libanesa, trata de no quedar reducido a una irrelevancia estratégica. Esa combinación hace que la desescalada sea hoy más difícil que hace solo unos días.Por eso la cuestión de fondo ya no es solo si Israel quiere ir también contra Hezbolá. Los hechos indican que ya lo está haciendo de forma abierta, intensiva y sistemática. La verdadera incógnita es si esta nueva fase persigue una neutralización limitada o una redefinición completa del mapa de seguridad en Oriente Próximo. A día de hoy, la dirección de los ataques, la amplitud de los objetivos y el lenguaje de la cúpula militar israelí apuntan más a lo segundo que a lo primero.En ese contexto, la fórmula más precisa para describir el momento no es que la guerra se amplía, sino que cambia de naturaleza. Lo que empezó como una ofensiva contra Irán se está convirtiendo en un intento de desmontar, al mismo tiempo, el sistema regional de presión que Teherán ha construido durante años. Si esa apuesta prospera, Oriente Próximo entrará en una etapa nueva, profundamente inestable y marcada por reacomodos forzados. Si fracasa, el resultado puede ser todavía peor: una guerra más larga, más descentralizada y con más frentes abiertos que nunca.