El Comercio De La República - Bolivia deja el Socialismo

Lima -

Bolivia deja el Socialismo




Veinte años después de que un proyecto político de inspiración socialista se instalara en el Palacio Quemado y convirtiera al Estado en el gran motor —y árbitro— de la economía, Bolivia está viviendo un viraje que, por su velocidad y alcance, ya no cabe en la palabra “ajuste”. El cambio tiene nombres, fechas y decretos: un nuevo mapa de poder tras las últimas elecciones, un Ejecutivo que se define con el lema “capitalismo para todos”, y un paquete de medidas que rompe con dos pilares del ciclo anterior: los subsidios generalizados y el control estatal sobre las reglas del juego para producir, importar, exportar, invertir y acceder a divisas.

No se trata solo de una discusión ideológica. En la práctica, el giro está empujado por la misma fuerza que ha reordenado a otros países dependientes de materias primas: la aritmética del dinero. Un Estado que durante años sostuvo estabilidad de precios, crecimiento y programas sociales gracias a la renta gasífera, hoy enfrenta escasez de dólares, caída de exportaciones energéticas, presión inflacionaria y un desgaste político que terminó por volcar el Parlamento hacia posiciones de centro y derecha. En ese contexto, lo que antes se resolvía con controles y gasto público empieza a resolverse con precios, incentivos y apertura.

Del “Estado empresario” al Estado en emergencia
El modelo que dominó el último cuarto de siglo boliviano —con su punto de inflexión a mediados de los 2000— se basó en un Estado fuerte, con empresas públicas en sectores estratégicos, y una redistribución apoyada en ingresos extraordinarios por recursos naturales. Durante el auge de las materias primas, esa fórmula fue eficaz: elevó el consumo, expandió el gasto social y mantuvo una inflación históricamente baja. El ancla fue doble: subsidios (especialmente a combustibles y alimentos) y un régimen cambiario fijo que, combinado con controles, abarató importaciones y contuvo precios.

Pero un modelo tan dependiente de un recurso estrella tiene una fragilidad simple: cuando el recurso se agota o pierde peso, la política queda sin margen. En Bolivia, la caída de la producción de hidrocarburos y el aumento de las importaciones de combustibles erosionaron la balanza externa. Al mismo tiempo, el déficit fiscal se volvió persistente y la financiación interna —incluido el apoyo del banco central— fue ganando protagonismo. Lo que por años fue una “estabilidad administrada” derivó en un escenario de reservas exiguas, distorsiones de precios y señales cada vez más claras de que la economía ya funcionaba con dos realidades: la oficial (tipo de cambio y precios administrados) y la real (costos de importación, escasez y mercados paralelos).

El punto de quiebre no fue un solo shock, sino una acumulación: falta de combustibles en momentos críticos, restricciones de acceso a divisas, aumento del costo de vida y una sensación de “fin de ciclo” que atravesó tanto al sector privado como a amplias capas urbanas. La política leyó la señal. Y la respuesta —esta vez— no fue reforzar los controles, sino desmontar parte de ellos.

El nuevo libreto: precios reales, inversión y reglas estables
El corazón del viraje se expresa en una norma de emergencia con objetivos explícitos: restablecer estabilidad macroeconómica, recuperar liquidez, fortalecer reservas, garantizar combustibles y energía, reactivar inversión y empleo, y desburocratizar el aparato estatal. El texto no es retórico: habilita un marco extraordinario para atraer capital, promete seguridad jurídica y señala que la crisis no se resuelve con más Estado, sino con un Estado que deje de “trancar” la producción.

El mensaje al mercado es directo: la inversión —nacional y extranjera— vuelve a ser una palabra central, ya no un complemento condicionado por licencias, cupos o discrecionalidad. En esa línea, se crea un régimen especial de promoción y protección de inversiones que ofrece previsibilidad regulatoria, trato no discriminatorio y estabilidad de normas e impuestos por un plazo prolongado. En el lenguaje boliviano, esto es una ruptura: durante años, el discurso dominante sostuvo que el Estado debía capturar la mayor parte de la renta y que el capital privado debía adaptarse a una arquitectura de control. Hoy, la norma invierte el principio: es el Estado el que se compromete a mantener reglas para que el inversionista se anime a entrar.

En paralelo, el Gobierno busca liberar cuellos de botella en comercio exterior. Una decisión ilustrativa es la eliminación de requisitos administrativos que, en la práctica, funcionaban como llave política para exportar ciertos productos. En un país donde las autorizaciones previas y la lógica del “abastecimiento interno” se convirtieron en instrumentos de intervención, quitar esos filtros equivale a reconocer que el crecimiento necesita exportaciones, y que exportar no puede depender del humor del día.

La medida más simbólica: El golpe a los subsidios de combustibles
Si hay un punto que simboliza el fin de una época, es el combustible. Durante dos décadas, los precios subsidiados fueron parte del pacto social: gasolina y diésel baratos para contener inflación y sostener transporte, producción y consumo. El costo fiscal era alto, pero políticamente era “intocable”. No por casualidad, intentos de desmontar ese esquema en el pasado terminaron en protestas y marcha atrás.

Ahora, el Gobierno eligió el camino contrario: subir los precios y acercarlos al costo real. El nuevo cuadro fija valores para gasolina especial, diésel y otros derivados, rompiendo la idea de que el Estado puede seguir absorbiendo indefinidamente la factura energética. El diésel —clave para agro, logística y transporte— se convierte así en un termómetro de la transición: si el país tolera un diésel más caro, tolera también la idea de que la estabilidad ya no se compra con subsidios, sino con disciplina fiscal y productividad.

La decisión, sin embargo, tiene consecuencias inmediatas: presión sobre precios, malestar social y un riesgo de espiral inflacionaria si los salarios no acompañan. Para amortiguar el impacto, el Ejecutivo combina el ajuste con medidas laborales y sociales: incremento del salario mínimo y esquemas transitorios de alivio. Aun así, la efectividad de esa compensación choca con una realidad estructural: la alta informalidad. Cuando una gran parte de la fuerza laboral está fuera de la formalidad, el salario mínimo protege a menos gente de la que parece y el costo del ajuste se concentra en quienes viven del ingreso diario.

Austeridad selectiva: Menos gasto, menos crédito estatal y control de planillas
Otra ruptura con el modelo anterior está en el rol del Estado como financiador de sí mismo. La norma de emergencia apunta a racionalizar gastos, frenar nuevas contrataciones y limitar la expansión salarial del sector público. Más importante aún: se restringe la posibilidad de que el banco central alimente a empresas públicas con crédito interno, un mecanismo que en muchos países se convierte en vía indirecta de monetización del déficit.

Este detalle técnico define la orientación:
El Estado ya no quiere ser simultáneamente empresario, banquero y garante. Si la banca central deja de financiar empresas estatales, las empresas deberán demostrar eficiencia, reestructurarse o abrirse a alianzas. Es el tipo de decisión que, aunque no tenga titulares llamativos, cambia la estructura de poder económico: reduce el margen para sostener compañías deficitarias y empuja a una lógica más cercana a mercado.

El dólar como frontera: Hacia un nuevo régimen cambiario
La economía boliviana vivió años con un tipo de cambio prácticamente inmóvil, útil para contener inflación y dar previsibilidad. Pero un tipo de cambio fijo exige reservas y confianza; sin ellas, se convierte en una promesa difícil de sostener. La emergencia actual incluye una instrucción clara: transitar hacia un nuevo régimen cambiario, con medidas técnicas, coordinación con supervisores financieros y mecanismos de intervención que permitan ordenar el mercado.
El cambio cambiario es el corazón de cualquier abandono real del “socialismo económico” en América Latina, porque ahí se define si un país admite el precio de la moneda o lo fija por decreto. Si Bolivia avanza hacia mayor flexibilidad, estará aceptando una regla de mercado que durante años se evitó por su costo político. Si no avanza, el ajuste se cuela por otras vías: escasez, mercados paralelos y inflación reprimida.

Oro, liquidez y una economía que se defiende con reservas
La otra cara del problema cambiario es la caja: ¿de dónde salen los dólares cuando el gas ya no aporta como antes? En los últimos años, Bolivia se apoyó cada vez más en operaciones con oro para obtener liquidez y cumplir obligaciones externas. El mecanismo muestra un país que, sin acceso pleno a mercados internacionales y con reservas en divisas debilitadas, recurre a su activo más tradicional para ganar oxígeno.

El oro también revela una tensión: es un puente, no una solución estructural. Vender o monetizar oro sirve para atravesar meses críticos, pero no reemplaza un sector exportador robusto. Por eso el discurso oficial insiste en reactivar recursos naturales y atraer inversión para explotarlos con mayor eficiencia. El problema es que esa apuesta —históricamente— ha sido también el pecado original: confiar en un “nuevo gas”, ahora llamado litio.

Litio: El nuevo gas, con viejos dilemas
Bolivia posee uno de los mayores potenciales de litio del planeta. Pero entre potencial y producción hay un abismo de tecnología, infraestructura, agua, licencias sociales y gestión. Desde hace más de una década, el país promete industrializar el “oro blanco”; sin embargo, la industria no despega al ritmo de sus competidores regionales.

Los contratos y acuerdos con socios extranjeros reactivaron el debate, pero también encendieron resistencias: denuncias de opacidad, cuestionamientos ambientales y reclamos por consulta previa. En regiones donde el agua define la vida, el litio no es solo un mineral: es una amenaza si el proyecto llega sin garantías. Y el conflicto por el litio pone un límite político a la apertura: Bolivia puede querer inversión extranjera, pero si no logra legitimidad territorial, la inversión se vuelve inviable. El nuevo enfoque gubernamental busca reordenar esa ecuación: no necesariamente romper con socios previos, sino renegociar y “resetear” el marco, ofreciendo seguridad jurídica al inversor mientras intenta construir licencia social en el territorio. Es un equilibrio difícil: más mercado exige reglas; más reglas exigen confianza; y la confianza, en Bolivia, no se decreta.

La oposición que importa: La calle
Una paradoja recorre la coyuntura: el Parlamento se movió hacia la derecha del centro, pero la oposición con capacidad real de veto está en la calle. Sindicatos, organizaciones sociales, sectores del transporte y regiones productivas son actores que pueden paralizar rutas, ciudades y cadenas logísticas. La transición al capitalismo “para todos” puede tener mayorías legislativas, pero no necesariamente paz social. Esa presión ya obligó a ajustes de estrategia: negociación, replanteamiento normativo y concesiones para sostener el núcleo del plan sin incendiar el país. Es una lección histórica boliviana: las reformas económicas fracasan menos por falta de argumentos técnicos que por falta de coaliciones sociales capaces de sostenerlas.

¿Abandono del socialismo o pragmatismo de supervivencia?
Decir que Bolivia “abandona el socialismo” es una simplificación útil como titular, pero incompleta como diagnóstico. Lo que está ocurriendo es más preciso —y más duro—: Bolivia está abandonando la ilusión de que el Estado puede financiarlo todo y controlar los precios sin pagar costos. Está dejando atrás un conjunto de instrumentos (subsidios masivos, trabas a exportación, reglas cambiarias rígidas, crédito estatal a empresas públicas) que definieron su modelo de “Estado protector” durante dos décadas.

Eso no significa que el país renuncie a la protección social o al papel del Estado en sectores estratégicos. Significa que, bajo presión de reservas, inflación y escasez, el Estado cambia de rol: de empresario y fijador de precios, a árbitro que busca inversión, disciplina fiscal y mayor flexibilidad. El éxito de este giro dependerá de tres factores que Bolivia conoce bien y que, justamente, explican sus ciclos: capacidad de gestión, confianza institucional y diversificación productiva real. Si el cambio se limita a recortar y abrir sin construir instituciones, el país puede terminar en un nuevo péndulo político. Si logra estabilizar, atraer inversión con reglas creíbles y convertir recursos naturales en industria, el giro de 2025–2026 podría marcar el inicio de un nuevo ciclo: menos épico, más técnico y, sobre todo, más condicionado por la realidad.



Destacados


Rusia y el terrorismo contra Ucrania

Rusia es un estado terrorista, algo que todo el mundo sabe desde el 24 de febrero de 2022. ¡Desde febrero de 2022, el estado terrorista ruso comete a diario crímenes de guerra, violaciones, asesinatos, saqueos, tomas de rehenes y otros crímenes bestiales!La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, continúa generando incertidumbre sobre su desenlace. Mientras algunos analistas apuntan a que Moscú ha alcanzado ciertos objetivos estratégicos, otros señalan que aún no puede hablarse de una victoria rotunda, dado el prolongado conflicto y la resistencia ucraniana, respaldada en gran medida por la ayuda militar y financiera de Occidente. En este contexto, surgen preguntas fundamentales: ¿ha ganado Rusia la guerra? ¿Qué escenarios se plantean para el futuro de Ucrania?Estancamiento y guerra de desgaste:Uno de los panoramas más mencionados por los expertos es el de un conflicto prolongado, caracterizado por escaramuzas en puntos clave y por un avance lento y costoso para ambas partes. La dinámica de esta «guerra de desgaste» implica que Ucrania mantenga un alto nivel de movilización, con el apoyo técnico y diplomático de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que Rusia trataría de afianzar su control sobre las zonas que ya ocupa, reforzando sus posiciones militares y logísticas.Posibles consecuencias: desgaste económico para ambas naciones, mayor dependencia de Ucrania de la asistencia occidental y riesgo de crisis humanitaria en las regiones más afectadas.Negociaciones y acuerdo de paz parcial:Otro posible desenlace reside en un eventual acuerdo de paz que no necesariamente implicaría una restauración total de las fronteras ucranianas previas a la invasión. Con la mediación de potencias internacionales, se ha especulado sobre la posibilidad de un alto el fuego y la fijación de nuevas líneas de demarcación.Posibles consecuencias: consolidación de facto del control ruso en territorios disputados, alivio temporal de la tensión, pero persistencia de un conflicto latente que podría reactivarse si no se abordan las causas de fondo.Escalada y riesgo de confrontación mayor:A pesar de que numerosos países han abogado por la vía diplomática, existe el temor de que el conflicto pueda escalar. Un escenario extremo contemplaría un aumento de la presión militar por parte de Rusia o la intervención más directa de otras potencias, lo que elevaría significativamente el peligro para la estabilidad europea e internacional.Posibles consecuencias: agravamiento de la crisis humanitaria, mayor número de desplazados y potencial expansión del conflicto a otros Estados de la región.Victoria ucraniana con apoyo internacional:No se descarta, por otra parte, un escenario favorable a Ucrania. La combinación de la resistencia local y la asistencia militar extranjera podría permitirle recuperar parte de los territorios ocupados o, al menos, defender con éxito las zonas aún bajo su control.Posibles consecuencias: reposicionamiento geopolítico de Ucrania como aliado firme de Occidente, fortalecimiento de sus fuerzas armadas y la posible redefinición del equilibrio de poder en Europa del Este.¿Ha ganado Rusia la guerra?Por ahora, no existe un consenso definitivo sobre si Rusia puede considerarse vencedora. Si bien ha obtenido algunas ganancias territoriales y ha forzado a Ucrania y a Europa a una respuesta militar y económica de gran calado, los costes —tanto para el Kremlin como para la población ucraniana— se han disparado. El conflicto ha puesto de relieve la determinación de Kiev y el compromiso de la OTAN y la UE en sostener la defensa ucraniana.En última instancia, el futuro de Ucrania dependerá de la capacidad de ambas partes para mantener o intensificar el esfuerzo militar, la voluntad política de negociar y el respaldo de la comunidad internacional. La guerra, lejos de haberse resuelto, sigue definiendo un nuevo orden geopolítico, cuyas repercusiones marcarán el curso de Europa y del mundo durante los próximos años.

EE. UU.: Trump y la crisis sanitaria

En un movimiento sorpresivo que ha generado intensos debates en el panorama político de Estados Unidos, el expresidente Donald J. Trump ha designado a un nuevo referente para encarar la compleja crisis de salud que atraviesa el país. Se trata del doctor Jonathan H. Miller, un reputado especialista en políticas sanitarias y exasesor de la Organización Mundial de la Salud.Según fuentes cercanas al círculo de Trump, Miller tendrá plenos poderes para rediseñar el sistema de atención médica a fin de reducir costes, agilizar procesos y ampliar la cobertura para millones de estadounidenses que aún carecen de seguro. Su nombramiento, sin embargo, no está exento de controversia. Mientras algunos sectores conservadores aplauden la decisión por considerar a Miller un experto en optimización de recursos y recortes presupuestarios, grupos progresistas y diversas organizaciones de derechos civiles temen que las futuras reformas puedan perjudicar a las poblaciones más vulnerables.“Miller se ha destacado por su enfoque pragmático y su afán de eficiencia, pero su historial en la implantación de programas de salud pública es limitado”, señala la analista política Michelle Ortiz. “Por un lado, Trump busca una solución rápida y contundente; por otro, no está claro hasta qué punto se priorizarán las necesidades de quienes históricamente han estado al margen del sistema”.Durante su breve comparecencia ante los medios, Miller se comprometió a “revisar de inmediato” las leyes que rigen el acceso a la salud y a proponer un plan de acción que contemple la modernización de los hospitales y clínicas rurales, así como la incorporación de tecnología punta en la gestión de historias clínicas. No obstante, evitó entrar en detalles sobre la posible derogación de normativas vigentes, incluido el polémico Affordable Care Act, emblema de la administración Obama.La comunidad médica observa con cautela el rumbo que podría tomar el sistema sanitario bajo esta nueva iniciativa. Mientras algunos doctores y especialistas en salud pública reconocen la necesidad de cambios profundos para hacer frente al envejecimiento de la población, el encarecimiento de los medicamentos y la disparidad en el acceso a seguros, otros temen que una visión excesivamente economicista arriesgue el principio de universalidad.Por el momento, el futuro de la reforma sanitaria estadounidense permanece incierto. Lo que sí parece seguro es que la apuesta de Trump por el doctor Miller como adalid del cambio marcará un nuevo capítulo en la incesante pugna entre quienes defienden un mayor rol del Estado en la protección de la salud y quienes abogan por iniciativas privadas y la desregulación del sector. Queda por ver si este nuevo liderazgo será capaz de generar consensos duraderos o si se sumará a la larga lista de intentos fallidos por reparar un sistema que, a juicio de muchos, lleva décadas en crisis.

Empleo en EE. UU. se enfría

Hay titulares que se sostienen por una sola cifra. Pero, en economía, el impacto real suele venir de otra cosa: la corrección silenciosa de lo que creíamos saber. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el último balance del mercado laboral estadounidense. Una revisión estadística de gran calado ha reescrito el guion de 2025 y, con ello, ha colocado al empleo en el centro de una inquietud que se venía acumulando desde hace meses: la creación de puestos de trabajo fue mucho más débil de lo estimado y deja a 2025 como el peor año de generación neta de empleo desde 2003, descontando periodos recesivos.El dato es más que simbólico. Es un cambio de perspectiva que afecta a consumidores, empresas, inversores y a la política monetaria. Porque un mercado laboral “frágil” no significa necesariamente una oleada inmediata de despidos; puede ser algo más sutil y, a la larga, igual de dañino: un entorno de contratación lenta, oportunidades escasas para quienes buscan cambiar de empleo, y una economía que avanza con el freno de mano puesto.1) El giro que cambia la lectura de 2025La imagen de un mercado laboral sólido se apoya, en Estados Unidos, en un termómetro concreto: la evolución de las nóminas no agrícolas y sus revisiones. Cada mes se publica una primera estimación, pero esa cifra no es definitiva. Se revisa —y, en ocasiones, se reescribe— a medida que entra más información. Y, una vez al año, llega el ajuste más importante: la actualización “ancla” que compara lo estimado con recuentos casi completos vinculados a registros administrativos.Esta vez, el ajuste no ha sido menor. La creación de empleo a lo largo de 2025 se ha recalculado con un resultado muy distinto: la economía habría añadido solo 181.000 empleos en todo 2025, frente a una cifra previamente más alta. Dicho de otro modo: apenas unos 15.000 puestos al mes de media. En una economía del tamaño de la estadounidense, ese ritmo no es “enfriamiento”; es casi parálisis. Y, además, el recorte no se limita a una cifra anual: la creación de empleo en los 12 meses hasta marzo de 2025 se redujo en 898.000 puestos frente a lo que se creía.La consecuencia es contundente: 2025 pasa a ser el año con peor creación de empleo fuera de una recesión desde 2003. No es una etiqueta hecha para el drama; es un recordatorio histórico. Porque 2003 fue un año en el que el país aún digería las secuelas del estallido tecnológico y una recuperación lenta. Que 2025 —en teoría, sin una recesión formal— se acerque a ese patrón dice mucho sobre la debilidad “por debajo de la superficie”.2) Enero de 2026 mejora el titular… pero no el diagnósticoEn medio de esa revisión, el arranque de 2026 ofrece una cifra que, en otro contexto, se celebraría con alivio: en enero, los empleadores añadieron 130.000 puestos de trabajo, muy por encima del consenso que apuntaba a un avance modesto. El contraste con diciembre es evidente: en ese mes se registraron 48.000 nuevos empleos.También el desempleo se movió en la dirección “correcta” en el corto plazo: la tasa de paro cayó al 4,3% desde el 4,4%, marcando su nivel más bajo desde el verano pasado. Pero el mensaje real no está solo en el total, sino en la composición: el crecimiento no fue amplio ni equilibrado.El grueso del empleo se concentró en un sector que lleva años actuando como “colchón” del mercado laboral: la sanidad, que sumó 137.000 puestos. Esa cifra, por sí sola, explica casi todo el avance neto del mes. Porque mientras la salud tiraba del carro, otros ámbitos se quedaban atrás o incluso retrocedían: hubo descensos en áreas como gobierno, finanzas y transporte y almacenamiento. La fotografía es la de un mercado laboral que crea empleo, sí, pero de forma cada vez más estrecha y dependiente de islas de demanda relativamente estables.Incluso donde hubo mejora, fue más una señal de respiración que de impulso: la manufactura añadió 5.000 empleos, su primer aumento desde noviembre de 2024. Es un dato positivo, pero insuficiente para afirmar que la industria esté entrando en una fase expansiva. Más bien sugiere que el deterioro podría estar tocando fondo en algunos segmentos, mientras el conjunto sigue limitado por la incertidumbre y los costes financieros.3) Por qué “la peor cifra desde 2003” importa más que el titularLa referencia a 2003 no es solo un golpe emocional. Funciona como umbral histórico porque subraya un elemento clave: la diferencia entre “no destruir empleo” y “crear suficiente empleo”. En una economía grande, el empleo debe crecer no solo para mejorar, sino para absorber el crecimiento de la población y de la fuerza laboral. Cuando el ritmo de creación de puestos se reduce a una cifra tan baja como la que ahora se atribuye a 2025, aparecen tres efectos prácticos:- Se alarga el tiempo de búsqueda para quienes están desempleados o quieren cambiar de trabajo. Menos vacantes y menos contrataciones significan menos oportunidades reales, aunque el paro no se dispare de inmediato.- Se frena la movilidad laboral, lo que tiende a reducir el poder de negociación de los trabajadores. Si la rotación cae, la competencia por talento se suaviza.- Aumenta la vulnerabilidad ante cualquier shock. Cuando el empleo avanza con lo justo, cualquier golpe —un frenazo del consumo, un ajuste en inversión, un repunte de costes— puede empujar la tasa de paro al alza con rapidez.- Por eso, aunque enero muestre un rebote, la revisión de 2025 actúa como una alarma: indica que el mercado laboral llegó a 2026 con menos “colchón” del que se creía.4) El corazón técnico del ajuste: cómo se reescriben las nóminasPara entender la magnitud del cambio hay que entrar en la cocina estadística. Las estimaciones mensuales del empleo se publican con información incompleta, porque miles de empresas aún no han respondido o lo hacen con retraso. Por eso, el cálculo inicial se revisa durante los dos meses siguientes, a medida que se incorporan respuestas adicionales y se recalculan ajustes estacionales.Además, una vez al año se realiza el ajuste más relevante: la revisión de referencia que “reancla” las estimaciones a recuentos administrativos casi completos, construidos a partir de registros asociados a impuestos y seguros de desempleo. Esa operación reduce errores de muestreo y de modelización. En la práctica, es una auditoría estadística: lo que parecía cierto con encuestas parciales se contrasta con datos más completos.Estas revisiones no son un fallo; son el mecanismo estándar para mejorar la precisión. Pero cuando el cambio es grande, el impacto sobre la narrativa es inevitable: no se trata de una décima aquí y allá, sino de una reinterpretación del pulso real del empleo durante todo un año.5) Un mercado “de baja combustión”: pocas vacantes, pocas contrataciones, pocas salidasEl empleo no se mide solo por lo que se crea. El estado de salud del mercado laboral también se ve en el volumen de vacantes, en la facilidad para cambiar de trabajo y en la velocidad de contratación. Y aquí el mensaje ha sido consistente: la economía se mueve en un régimen de “bajo fuego”.En las últimas semanas han aparecido señales de advertencia más allá de las nóminas: por ejemplo, una caída pronunciada de las vacantes laborales a finales de 2025. Cuando las vacantes bajan, las empresas no necesariamente despiden al instante; primero dejan de publicar ofertas, congelan procesos y alargan reemplazos. El resultado es un mercado que parece estable por fuera, pero se endurece por dentro: el trabajador que quiere un salto de salario o de sector se encuentra con puertas cerradas; el desempleado ve cómo el número de opciones se reduce y la búsqueda se prolonga.Esa dinámica explica una contradicción que se ha vuelto habitual: índices financieros fuertes y crecimiento económico, pero sensación social de estancamiento. Cuando la contratación se estrecha, la economía puede “crecer” sin que la mayoría lo perciba como mejora.6) La Reserva Federal observa un empleo “frío, pero estable”En este contexto, la política monetaria es un actor central. La autoridad monetaria mantuvo recientemente el tipo de referencia en un rango del 3,5% al 3,75%, una decisión que refleja el delicado equilibrio entre inflación y empleo: el mercado laboral no parece estar en colapso, pero sí en enfriamiento.De hecho, en su evaluación más reciente se percibe un matiz: si antes se hablaba con más insistencia de riesgos a la baja para el empleo, ahora se interpreta que el mercado puede estar en una fase de estabilización, aunque con ganancias de empleo reducidas. Dicho de forma simple: no hay señales de pánico, pero tampoco de fortaleza.Para empresas y familias, el mensaje es claro: mientras el empleo aguante “lo suficiente” y la inflación siga siendo un foco, el margen para abaratar el crédito no es automático. Y eso importa porque el coste del dinero condiciona decisiones de inversión, contratación, vivienda y consumo durable. Un mercado laboral ya “enfriado” puede verse aún más presionado si el crédito sigue restringido durante demasiado tiempo.7) Qué sectores sostienen el empleo y cuáles muestran desgasteLa concentración del empleo en la sanidad no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más decisivo. Cuando el crecimiento neto depende de uno o dos sectores, el mercado se vuelve menos resiliente: cualquier desaceleración en ese motor puede afectar al total.Por el contrario, los retrocesos en ámbitos como transporte y almacenamiento son consistentes con una economía donde el consumo de bienes se normaliza y las cadenas logísticas, tras años de ajustes, operan con mayor prudencia. La debilidad en finanzas puede reflejar una mezcla de factores: digitalización, ajustes de costes y una demanda de crédito que no despega con fuerza en un entorno de tipos altos.La manufactura, por su parte, ofrece una señal pequeña pero simbólica. El retorno a terreno positivo tras más de un año sin aumentos sugiere que el ajuste industrial puede estar acercándose a un punto de inflexión. Aun así, un dato mensual aislado no define una tendencia.8) El riesgo no es un desplome súbito: es una erosión lentaHablar de “hundimiento” del empleo no necesariamente significa un derrumbe inmediato de millones de puestos. En el ciclo actual, el riesgo más plausible es otro: una erosión lenta, donde las nóminas avanzan poco, las revisiones restan confianza y, con el tiempo, el desempleo empieza a subir por falta de absorción.En otras palabras: la economía puede seguir “funcionando” mientras el mercado laboral se va endureciendo. Y eso tiene efectos sociales y políticos: más personas atrapadas en empleos que no les satisfacen, menos cambios de carrera, más jóvenes encontrando barreras de entrada, y una sensación general de que el progreso se concentra en pocos segmentos.La revisión que relega 2025 al peor registro desde 2003 fuera de recesión es una señal de advertencia precisamente por eso: no describe un golpe puntual, sino un año entero de debilidad que ahora se reconoce con datos más completos.9) Qué mirar en los próximos mesesCon el nuevo marco estadístico, el foco se desplaza a tres preguntas:- ¿Se amplía la creación de empleo más allá de la sanidad? Si el crecimiento vuelve a diversificarse, la estabilización ganará credibilidad.- ¿Rebotan las vacantes y la contratación? Sin un repunte de ofertas y de entradas, el empleo puede sostenerse pero el mercado seguirá “congelado”.- ¿Qué pasa con el desempleo si el crecimiento del empleo se mantiene por debajo de lo necesario? Un alza gradual del paro sería el síntoma de que el bajo crecimiento ya no basta.Por ahora, el dato de enero aporta oxígeno, pero la revisión de 2025 impone prudencia. En un entorno donde el empleo se corrige a la baja con el paso del tiempo, la pregunta ya no es solo cuántos puestos se crean hoy, sino cuántos de los creados ayer siguen siendo ciertos en el recuento definitivo.